Espero que este capítulo lo estéis viendo desde la playa, que vuestro jefe os haya dejado descansar y no esté abusando de vosotros y vosotras estos días. Con un mojito se entiende mejor todo.
Dicho esto, ¿qué está pasando? No nos está dejando descansar la derecha. Sí a nosotros, pero sobre todo a nosotras. En las últimas semanas hemos visto cómo cargos del Partido Popular – diputados, consejeras e incluso presidentes autonómicos – han llamado a mujeres de la izquierda, del Gobierno y que ocupan cargos públicos, feas, guarras, malolientes y prostitutas. Este es el vocabulario que utilizan políticos del PP y de la derecha.
El problema es una sociedad que lo permite, que con comentarios así no se incendien las calles. El problema es que hayamos normalizado la violencia contra las mujeres, el señalamiento, las campañas de desprestigio, el acoso… El problema viene cuando ya no diferenciamos el comentario vulgar que puede hacer un ultra en la calle al de un cargo público al que, por desgracia o por suerte, las mujeres también le pagamos el sueldo. Incluso algunas les votan.
El problema es que esto no tenga ningún tipo de penalización o castigo; que puedas insultar día, tarde y noche a mujeres, que puedas señalarlas, humillarlas y vejarlas, y que esto no sirve de nada. Son los mismos que dicen que el feminismo ha llegado demasiado lejos y que molesta. Les molesta para las campañas. Lo podemos ver en sus insultos, pero no ha llegado tan lejos como ellos creen porque, de ser así, hoy no estarían en su puesto de trabajo.
Qué pena que una sociedad normalice que el insulto puede ser herramienta política y que se normalice que las mujeres estamos aquí para ver, oír, callar y soportar a machistas en las instituciones y espacios públicos que cada día nos machacan.
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