Hay frases que no se escriben para gustar. Se escriben para que algo duela. La sangre trabajadora no cotiza en el IBEX 35 es una de ellas. Tiene la dureza de las verdades que no caben en una nota institucional ni en un minuto de silencio. Resume una vergüenza demasiado conocida: cuando muere un trabajador, casi nunca se detiene nada. Se detiene una familia. Se detiene una casa. Se detiene una vida. Pero el resto sigue.
Abre la Bolsa. Abren las obras. Abren las naves. Abren las fábricas. Abren los tajos. Alguien habla de productividad, de márgenes, de licitaciones, de costes laborales, de competitividad. Alguien firma un contrato. Alguien ajusta una plantilla. Alguien presume de crecimiento. Y, mientras tanto, en una vivienda cualquiera de Toledo, de Talavera, de Illescas, de Seseña, de Ocaña o de cualquier pueblo de nuestra provincia, hay una silla que ya no volverá a ocuparse.
Esa es la obscenidad.
No hablamos de mala suerte. No hablamos de fatalidad. No hablamos de "cosas que pasan". La siniestralidad laboral no cae del cielo como una tormenta. Tiene causas. Tiene responsables. Tiene omisiones. Tiene máquinas que no se revisan. Tiene obras apretadas por los plazos. Tiene calor insoportable. Tiene turnos que no caben en un cuerpo humano. Tiene subcontratas que diluyen la responsabilidad. Tiene miedo. Mucho miedo. El miedo del trabajador que sabe que algo no está bien, pero también sabe que tiene alquiler, hipoteca, hijos, facturas y una necesidad concreta de no perder el empleo.
Por eso conviene cuidar el lenguaje. No todo lo que llamamos accidente merece ese nombre. Accidente es lo que ocurre después de haber hecho todo lo posible para evitarlo. Lo demás tiene otros nombres: negligencia, desprecio, ahorro indecente, abandono, violencia económica. Son palabras duras, sí. Pero más duro es que alguien salga de casa para ganarse el pan y termine convertido en expediente, informe, pésame y fotografía sobre una mesa.
Una sociedad decente no puede acostumbrarse a eso. No puede leer los accidentes laborales como si fueran una sección menor de la actualidad. No puede aceptar que la muerte de un trabajador ocupe menos espacio que cualquier vaivén financiero. No puede permitir que la prevención sea una carpeta bien ordenada mientras el tajo real funciona con otras normas. La prevención, si quiere merecer ese nombre, tiene que mandar. Tiene que parar una obra. Tiene que incomodar a una empresa. Tiene que proteger al que denuncia. Tiene que sancionar al que incumple. Tiene que costar dinero, tiempo y vigilancia. Porque lo que no se invierte antes se paga después con sangre.
También hay que decir algo por justicia: existen empresas que sí lo hacen bien. Empresas que no tratan la seguridad como una molestia, sino como una obligación moral. Empresas que forman, escuchan, revisan, paran cuando hay que parar y entienden que ningún beneficio vale más que una vida. Precisamente por ellas hay que ser más contundentes contra las otras. Porque quien cumple no puede competir en desventaja frente a quien abarata donde jamás debería abaratarse. La irresponsabilidad empresarial no solo mata. También ensucia la competencia y degrada el trabajo digno.
Y junto a esas empresas responsables están quienes no permiten que el olvido cierre el expediente. En Toledo hay que reconocer el trabajo de AVALTO y de tantas entidades, asociaciones, sindicatos, profesionales de la prevención y colectivos que denuncian, acompañan y proponen. Su tarea no es hacer ruido. Es impedir que el silencio sea cómplice. Donde otros ven cifras, ellos recuerdan nombres. Donde otros despachan una tragedia con una nota, ellos preguntan lo esencial: ¿se pudo evitar?
Esa pregunta debería perseguirnos. A las empresas. A las administraciones. A la inspección. A los responsables políticos. A todos. Porque cada muerte laboral es una acusación. Contra quien incumplió. Contra quien no vigiló. Contra quien miró hacia otro lado. Contra una cultura que ha normalizado que algunos cuerpos sean material fungible del crecimiento.
La sangre trabajadora no cotiza en el IBEX 35, pero sostiene lo que ningún índice sabe medir: el pan, el cansancio, la dignidad, el miedo, la familia, la esperanza de volver a casa. Y esa debería ser la primera cláusula de cualquier contrato social: volver vivo a casa.
Lo demás viene después. La rentabilidad, después. El beneficio, después. La productividad, después. Porque ningún país es moderno si levanta su prosperidad sobre trabajadores desprotegidos. Ninguna economía es fuerte si necesita cuerpos débiles. Ningún crecimiento merece ese nombre si deja muertos en el camino.
Toledo no puede mirar esta realidad de perfil. Ni Castilla-La Mancha. Ni España. Cada trabajador muerto nos pregunta qué clase de sociedad estamos dispuestos a ser. Y la respuesta no puede ser otro minuto de silencio.
Tiene que ser justicia. Tiene que ser inspección. Tiene que ser sanción. Tiene que ser prevención real. Tiene que ser vida.
Porque nadie debería salir de casa para ganarse la vida y encontrar la muerte en el lugar donde otros ganan dinero.