Si deseas conocer la grandeza real de una persona, observa la forma en que trata a los seres más vulnerables, no a sus superiores o a sus iguales, dice J.K.Rowling, la maravillosa autora de la serie de libros de Harry Potter. Me recuerda mucho esta idea a otra de Ann Landers que viene a decir lo mismo: “El verdadero valor de una persona se mide según trata a quienes no pueden beneficiarle en nada”. Es decir, la verdadera y única superioridad humana debe medirse por la calidad moral de nuestro trato a los demás.
Porque todos somos diferentes, pero, a la vez, todos somos lo mismo. El racismo lo primero que es, en el fondo, es ignorancia. Ignorancia y enorme mediocridad. Quien se cree superior a otros (por especie, por raza, por cultura, por sexo, por posición económica o social …, por lo que sea) es mezquino y profundamente pobre de espíritu, como diría la abuela materna de mi madre, mi bisabuela Soledad, muy dada, según me han contado siempre, a “filosofar”, a traspasar la superficie para buscar la explicación profunda de las cosas.
Es muy largo y extenso, y a la vez muy sencillo, demostrar que la esencia de la vida es la diversidad. Sin ella la vida se extingue. Diversidad de especies, animales y vegetales, diversidad de razas, de culturas, de paisajes, de pensamientos, de colores, de ideas, de convicciones. Justo lo contrario de ese monolitismo y de ese pensamiento único que ostenta una parte de la humanidad; y que tanto daño ha hecho al mundo en toda la historia humana: racismo, clasismo, especismo, fascismo; en esencia es odio al diferente, muy promovido, por cierto, por la intolerancia religiosa, que seguramente sea una de las peores perversiones de la estupidez humana, y que es muestra clara del narcisismo que mueve a una buena parte de la especie humana.
Todos hemos sido adoctrinados en ideas que promueven el egocentrismo, la confrontación, la hostilidad, la competitividad como algo necesario para la supervivencia; todos hemos oído frases como “sobrevive el más fuerte”, “la sensibilidad es debilidad”, etc.; y no sólo no tenían razón los adoctrinadores, sino que sus argumentos están absolutamente errados. La maravillosa antropóloga americana Margaret Mead puso sobre la mesa una anécdota que es fundamental para entender la historia: cuando los arqueólogos encontraron un fémur roto y sanado se consideró el primer signo verdadero de civilización.
En los tiempos prehistóricos un hueso roto suponía la muerte inminente. Un fémur sanado significaba que había habido un acto de empatía, de solidaridad, de hermandad, porque alguien había acompañado, alimentado y había cuidado a esa persona herida durante meses hasta su curación. Ese hueso sanado representa el nacimiento de la empatía y del cuidado mutuo; y demuestra que en cierto momento nuestros antepasados dejaron de regirse por la ley del más fuerte, que les abocaba a la muerte en múltiples circunstancias. La antropología ha demostrado cómo la empatía (la bondad, el amor, la solidaridad) dio inicio a la civilización humana.
El racismo, el considerar a otras razas como inferiores, o considerar la propia como superior es una de las formas más vergonzosas de la maldad y la estupidez humanas. Y, además, está muy pasado de moda. Acabaron los tiempos, afortunadamente, de la esclavitud. Sólo recordemos el nazismo, para actualizar en nuestras neuronas lo que son las posiciones racistas actuales de las carcas derechas en España.
Hace pocos días ha sido motivo de muchos dimes y diretes el mensaje del ex presidente Rajoy aludiendo al equipo de fútbol francés (“una plantilla de altísimo nivel pero sin franceses). El racismo y el odio al diferente de la frase es tan grande que, lógicamente, ha suscitado una oleada de críticas que le han dejado muy mal parado al ex presidente español, aunque quiero creer que esa idea provenía de un automatismo ideológico, y no de una convicción.
Desde la plana mayor del gobierno Macron, varios ministros han condenado el racismo de Rajoy; el titular de Exteriores y portavoz, Jean Noël Barrot, al igual que diversos líderes políticos de diferentes partidos han denunciado el odio y el racismo que perciben en esas palabras. Barrot ha afirmado en un canal francés de televisión que Francia no tiene color de piel y “cualquier afirmación en contra es racismo o estupidez, o ambas cosas a la vez”. Es notable que incluso desde el partido de la extrema derecha francesa se le ha tachado de xenófobo y racista. La embajada francesa ha recordado que todos los jugadores del equipo son franceses, 23 de ellos nacidos en Francia.
Los conflictos que suelen estar asociados con la inmigración en Francia, en donde llevan casi dos siglos recibiendo a ciudadanos de sus colonias africanas, y en general en toda Europa, no provienen del color de la piel de nadie, sino casi siempre del choque de las religiones y de los conflictos que los fundamentalismos religiosos generan. Porque, parafraseando a la escritora canadiense Margaret Atwood, sólo existe una raza, la humana. Toda percepción distinta es prejuicio o ignorancia; o las dos cosas. La superioridad, de haberla, no está, como decía Beethoven, en ningún otro lugar que no sea en la bondad del corazón.
Coral Bravo es Doctora en Filología
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