Hay algo en la campaña de Juanma Moreno que no encaja con el relato triunfalista que la derecha intenta vender cada día. Si uno escucha determinadas encuestas, parecería que el presidente andaluz camina hacia una victoria cómoda, tranquila y casi inevitable. Pero basta observar sus gestos, su tono y su manera de actuar en los debates para llegar a una conclusión muy distinta: Moreno Bonilla está nervioso. Mucho más nervioso de lo que aparenta. Y cuando un político que supuestamente va sobrado actúa con ansiedad, comete errores y empieza a utilizar cualquier cosa para rascar votos, la pregunta es inevitable: ¿qué está ocurriendo realmente dentro del PP andaluz que no nos están contando?
Porque no es normal lo que estamos viendo en esta recta final de campaña. No es normal que un presidente de la Junta, después de casi ocho años gobernando Andalucía, llegue al primer debate electoral con el atril lleno de papeles y chuletas, transmitiendo la sensación de que no domina los asuntos fundamentales de la comunidad que dirige. Y tampoco es normal que en el segundo debate abandone el tono impostado de supuesta institucionalidad del que presume para entrar en una dinámica más agresiva, más faltona y más impropia de alguien que aspira a seguir siendo presidente de todos los andaluces. Cuando alguien que se supone favorito pierde la serenidad, normalmente es porque sabe que las cosas no están tan controladas como dicen sus propios titulares.
La demostración más evidente llegó con Adamuz. Sacar una tragedia así en pleno debate electoral, a pocos días de que los andaluces voten, retrata muchas cosas. Pero, sobre todo, retrata nerviosismo. Mucho nerviosismo. Moreno Bonilla decidió utilizar el accidente ferroviario para atacar políticamente a María Jesús Montero, abriendo una herida todavía reciente para decenas de familias. Y la reacción no tardó en llegar.
El alcalde de Adamuz, Rafael Moreno, una persona que había mantenido hasta ahora una actitud absolutamente institucional, se vio obligado a romper su silencio. El regidor acusó directamente a Moreno Bonilla de utilizar políticamente una tragedia “para racanear cuatro votos”, denunciando una “manipulación torticera” del accidente.
No es un detalle menor. Cuando un alcalde que había evitado la confrontación pública durante meses decide responder así al presidente de la Junta, es porque considera que se ha cruzado una línea. Rafael Moreno llegó a afirmar que no esperaba “esta utilización política de algo tan doloroso” y recordó que aquella noche los vecinos de Adamuz tuvieron que actuar prácticamente solos durante horas mientras la ayuda organizada, que dependía de Moreno Bonilla, tardaba en llegar.
Además, el momento elegido por la Junta para aprobar ayudas económicas a las víctimas ha generado todavía más polémica. El Gobierno andaluz aprobó el decreto apenas horas después de que Moreno Bonilla sacara el tema en el debate electoral. Y claro, mucha gente se pregunta: ¿Por qué ahora? ¿Por qué justo en plena campaña y a pocos días de las elecciones? En política, los tiempos importan. Y cuando las decisiones coinciden sospechosamente con las necesidades electorales del momento, es lógico que surjan dudas.
Incluso las propias víctimas han mostrado su indignación. La Asociación de Víctimas del Descarrilamiento de Adamuz calificó de “deleznable” el uso político de la tragedia durante el debate electoral y pidió expresamente que no se utilice su dolor para sacar rédito partidista. Un toque de atención muy serio hacia Moreno Bonilla y su estrategia de campaña.
Todo esto refleja algo que el PP intenta ocultar bajo una montaña de encuestas favorables: el presidente andaluz no transmite tranquilidad. Transmite preocupación. Y cuando un líder empieza a recurrir a cualquier asunto, incluso los más delicados, para intentar movilizar votos, normalmente es porque percibe que algo se mueve bajo sus pies.
Quizá Moreno Bonilla sabe que existe un desgaste real después de ocho años de gobierno. Quizá sabe que la situación de la sanidad andaluza, el deterioro de los servicios públicos, los problemas de vivienda o el malestar creciente en muchas zonas rurales están teniendo más impacto del que algunos sondeos reflejan. O quizá simplemente teme que una parte del electorado moderado ya no compre aquella imagen amable y centrista que durante años intentó proyectar.
Porque esta campaña ha mostrado a un Moreno Bonilla distinto. Más bronco. Más irritable. Más acelerado. Muy lejos de aquella figura moderada que intentaba situarse por encima del ruido político nacional. Ahora parece un dirigente atrapado por la tensión de una campaña que no está resultando tan cómoda como esperaba.
Y eso explica muchas cosas. Explica el tono crispado de los debates. Explica los ataques constantes. Explica la necesidad de convertir cualquier asunto en munición electoral. Y explica también por qué el PP necesita insistir tanto en que todo está ganado. A veces, quien más repite que va sobrado es precisamente quien más miedo tiene a perder terreno.
La política tiene algo curioso: los ojos muchas veces dicen más que las encuestas. Y la mirada de Moreno Bonilla durante esta campaña no es la mirada de alguien completamente seguro de sí mismo. Es la mirada de alguien preocupado. La de un dirigente que percibe que algo está cambiando en Andalucía.
Puede que las encuestas publiquen una realidad. Pero las campañas electorales también revelan otra verdad: la emocional. Y emocionalmente el PP andaluz no transmite euforia precisamente. Transmite inquietud. Mucha inquietud.
Los andaluces llevan semanas viendo a un presidente más alterado de lo habitual, más dispuesto a utilizar cualquier cosa y más incómodo en los debates. Y eso suele ocurrir cuando los datos internos no son tan buenos como se intenta aparentar públicamente.
Quizá por eso Moreno Bonilla ha decidido tensar tanto esta campaña. Porque sabe que una parte importante del electorado andaluz empieza a cuestionarse si realmente Andalucía está mejor después de ocho años de PP. Y porque sabe que cuando la ciudadanía empieza a hacerse preguntas, ningún relato propagandístico basta por sí solo.
El próximo domingo saldremos de dudas. Entonces sabremos si este nerviosismo era simplemente tensión electoral o si, efectivamente, había algo que la derecha andaluza prefería no contar antes de abrirse las urnas.
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