En una galería de arte o en la sala de un museo el abigarramiento es un defecto o un pecado que impide apreciar la belleza de cada obra expuesta. Lo mismo ocurre con el abuso del tatuaje corporal. Lo que en un principio fue el deseo de plasmar una diferenciación, un símbolo de rebeldía, se ha convertido en un revoltijo de imágenes yuxtapuestas que confunde al observador y emborrona el supuesto mensaje a transmitir.
En este siglo XXI del exhibicionismo digital, ya no basta con ser, hay que mostrar por tierra, mar y aire. Como en las redes sociales, la piel se convierte en el muro de un perfil de usuario donde se cuelgan los traumas, las filias y las fobias de una manera casi infantil. La biografía ya no se cuenta, se exhibe grafiteada.
Cuando casi el 48% de la población de un país como Italia o el 42% en España está tatuada, el verdadero acto de resistencia es mantener la piel limpia. El tatuaje masivo ya no es un acto de soberanía individual, sino de asimilación. Es la confirmación del sometimiento a una industria multimillonaria que ha mercantilizado hasta el cuerpo. La paradoja está servida: buscando ser únicos, todos terminan vistiendo el mismo uniforme de tinta.
El mercado global de la industria del tatuaje está valorado aproximadamente en 2.660 millones de dólares y se prevé que alcance los 6.000 millones de dólares en 2034, con una tasa de crecimiento anual superior al 10%. Cerca de un 28% de las personas tatuadas se arrepiente de alguno de sus tatuajes con el tiempo. Esto ha propulsado la industria de los tratamientos láser para la eliminación de tinta, que ya crece a un ritmo similar al de la creación de nuevos tatuajes.
La necesidad de cubrir cada centímetro de la piel demuestra el horror al vacío de una sociedad líquida y ansiosa, que practica el exceso como norma y se conforma con un consumo compulsivo en todos los ámbitos. No deja de ser un peaje masoquista el refugiarse en el dolor y la penetración de la aguja.
El capitalismo, como siempre, hace un negocio redondo: primero te vende la necesidad de identidad indeleble para apaciguar tu ansiedad; años después, te vende el borrado láser para calmar tu aburrimiento.
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