Lo he contado más de una vez. Mi primera vocación no fue la de jurista, sino la de periodista. En realidad, fueron las circunstancias las que acabaron decidiendo por mí, aunque después nunca me he arrepentido de emprender el camino del Derecho y, cuando decidí apostar por la carrera fiscal, lo hice con una vocación que siempre me ha acompañado.

Aunque también su verdad que nunca me dejó del todo ese gusanillo, y lo alimento desde estas páginas, donde dejo caer mis reflexiones, mis emociones, y alguna que otra cosa. Y que así siga por mucho tiempo.

No obstante, también he dicho más de una vez que, una vez conocí más de cerca el mundo real del periodismo, la realidad se parecía mi poco a lo que me imaginaba. Supongo que, como la de tantas otras personas, mi imaginación se había nutrido de aquella imagen romántica de películas como Primera plana o series como Lou Grant y, desde luego, del conocimiento que nos llegaba del caso Watergate, en que dos periodistas habían hecho saltar por los aires los cimientos de la Casa Blanca.

De otra parte, tampoco tiene nada que ver el periodismo que conocí en mis primeros años de portavoz de la fiscalía de Valencia, en el año 2008, a la situación actual. Sin ir más lejos, todos los periódicos entonces tenían sus propios especialistas en tribunales, cuando hoy en día son excepción los que no tienen que compartir esta exigente materia con otras muchas, y eso en el caso de que, directamente, no se haya eliminado la delegación correspondiente en tal o cual ciudad. Y es que la irrupción de las redes sociales y la digitalización ha hecho mucho daño al periodismo tradicional.

No obstante, y al lado de ello, sigue existiendo la figura del reportero o reportera de guerra, de todos esos hombres y mujeres que arriesgan su vida para seguir contando al mundo lo que de otro modo no se sabría. Por desgracia, podemos verlo cada día en nuestras pantallas porque la profusión de conflictos bélicos que nos atenaza en esos tiempos equivale a un despliegue proporcional de profesionales de los medios de comunicación.

Y esto no sale gratis. No hace mucho sabíamos del asesinato de una periodista en Gaza, pero no era la única. A poco que consultemos, las estadísticas nos ponen los peos de punta.  Se estima que en 2025 fueron asesinados 129 periodistas, la mayoría en Gaza, y que los asesinatos de profesionales de la prensa por parte de Israel en Gaza, Líbano, Yemen e Irán ascienden a 260. Por otro lado, los asesinatos de periodistas en Latinoamérica durante 2026 han sido 12, una cifra que, sin llegar a las anteriores, no es nada despreciable, a la que habrá que sumar los periodisticidios -término empleado en X por John Simpson, veterano de la BBC- ocurridos en otros puntos del mundo de los que ni siquiera tenemos noticia.

Y es que, a pesar de los cambios en los medios de comunicación, cada día sigue habiendo muchos profesionales dispuestos a todo con tal de que la ciudadanía pueda ejercer su derecho a tener una información veraz. Que no es fácil, en los tiempos de bulos y fake news que nos ha tocado vivir.

Susana Gisbert
Fiscal y escritora (@gisb_sus) 

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