De nuevo, una vez más, un brote de ébola. De nuevo en África Subsahariana. El pasado 15 de mayo se declaraba oficialmente un nuevo brote de ébola. Las luces rojas se encendía en esta ocasión por la variante “Bundibugyo” en la República Democrática del Congo (RDC).
De nuevo, también, volvemos a tener encima de la mesa la necesidad de una evaluación del modelo de respuesta humanitaria global. Si bien de forma rápida la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaraba como Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional (ESPII) otra cuestión es lo que esto ha permitido en términos de respuesta sanitaria y humanitaria global.
Recuerdo bien, que hace 11 años cogía un vuelo hacia Sierra Leona, un 25 de marzo de 2015, mientras una inmensa nevada en la montaña palentina despedía al abuelo Mariano. Por entonces, Sierra Leona, era el país con mayor número de personas contagiadas, con casi la mitad de los cerca de 25 mil enfermos de ébola en los 3 países, y de los 10.000 muertos, en total 3.700 fallecidos por esas fechas.
Algunas cosas han cambiado, otras siguen igual. La inmediatez en la Declaración de Emergencia de Salud Internacional (ESPII) por parte de la OMS ha sido la correcta. Algunos obstáculos derivados del miedo y la irracionalidad han queda diluidos y controlados por la objetividad y porque las decisiones que afectan a un país se toman principalmente por los datos y criterios de ese país. Esto ha permitido que muchos países vecinos hayan activado los mecanismos de detección temprana y al menos 10 países de la región estén en alerta, otra cuestión es que tengan los medios y recursos sanitarios especializados mínimos y suficientes para enfrentar un empeoramiento súbito.
Si bien aún no estamos, en el escenario de una emergencia pandémica, conviene tener en cuenta algunos elementos estructurales, y las consecuencias de no tomar medidas adicionales y de no aprobar recursos extraordinarios. Conviene recordar que ya se comprometieron recursos extraordinarios hace más de una década y que tanto el incumplimiento de las promesas como los recortes de la ayuda internacional posteriores hagan que estemos donde estamos en este nuevo brote de Ébola en 2026.
En la segunda quincena de junio de 2026 están confirmados algo más de 900 casos y se han superado las 230 muertes. El epicentro de este brote está situado en la provincia de Ituri en la República Democrática del Congo donde el conflicto late con intensidad desde hace años y la extrema debilidad de las infraestructuras sanitarias hacen que sea más que probable que el brote se haga mucho más fuerte. En esta zona las organizaciones internacionales y las humanitarias tienen casi imposible aplicar protocolos efectivos de rastreo de contactos o sepelios seguros sin tener garantizados accesos humanitarios seguros, lo que aumenta la probabilidad de una expansión del brote.
El segundo elemento, es que la cepa actual (registrada desde 2007) del brote de Ébola, Bundibugyo, no tienen ni tratamiento probado ni una vacuna en fase de investigación aunque sea muy inicial. Es evidente que los esfuerzos con otras enfermedades han acumulado mucha inversión, pero las cepas de Ébola (y otras enfermedades calificadas como “olvidadas”) de África acumulan entre muy poca o ninguna inversión. Sobre atención internacional pasa algo parecido. Basta recordar el brote de Hantavirus dentro de un crucero hace unas semanas y recordar el despliegue nacional e internacional nos puede servir como vara de medir y comparar esa atención.
Un tercer elemento, es el escuálido sistema de recursos financieros multilaterales para situaciones como este brote de Ébola que hacen inviable una suficiente vigilancia epidemiológica en fronteras de los países afectados. A esto se suma la asfixia económica a la que se ha sometido a la Organización Mundial de la Salud junto con la retirada de la organización del Gobierno de los Estados Unidos. Esta ecuación tiene como primer resultado hacer imposible tener unas condiciones mínimas y dignas para el personal sanitario local que son la primera línea imprescindible para reducir las tasas de contagio y de mortalidad.
Aún es pronto, pero innegable es, que los parámetros sobre los que transcurren las emergencias de salud que tienen raíz global exigen un cambio de paradigma. Las alertas no pueden estar blindadas a decisiones bilaterales. Las fronteras físicas, administrativas, documentales y los sofisticados escáneres con inteligencia artificial incorporada son permeables al ébola y a muchas otras enfermedades. La seguridad sanitaria debe conformarse y definirse globalmente. De nada servirá sistemas blindados y bien dotados en un número limitado de países si no van acompañados de un sistema de cooperación global y horizontal que fortalece de forma permanente las estructuras de los sistemas nacionales y regionales, especialmente en África.
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