Confieso que he dudado mucho antes de titular este artículo. No sabía si centrarme en el derecho a la muerte digna, si tirar por dar vueltas al calvario judicial, ser incisiva sobre la repercusión mediática o si decir lo que pienso sobre quienes hasta el último momento estuvieron imponiendo su intolerancia por encima de todo.
Al final, como no me decidía, opté por el nombre de la protagonista, aun a su pesar. Sin ella quererlo, ha conseguido que su nombre evoque algo más que aquella canción de Nino Bravo que forma ya parte de la memoria colectiva.
Y es que esta semana se hizo, por fin, efectivo el derecho de Noelia a tener la muerte digna por la que tanto había luchado. O, mejor dicho, por la que tanto le obligaron a luchar ya que, por más que ella lo único que pretendía era ejercitar ese derecho de acuerdo con la ley, fueron muchas las personas que trataron de impedírselo.
El vía crucis -nunca mejor dicho ahora que es Semana Santa- de Noelia empezó cuando, después de quedar parapléjica tras un intento de suicidio, aquejada de grandes dolores y con un estado irreversible, solicitó que le fuera practicada la eutanasia de acuerdo con lo que prevé la ley. Lo tenía todo para que se le reconociera, y así lo certificaron los hasta casi veinte médicos que a lo largo de todo este tiempo la han examinado, pero su propio padre, espoleado por un grupo de abogados que se hace llamar “cristiano”, recurrió hasta la extenuación todas las resoluciones que daban la razón a Noelia. Y a Noelia, por si no hubiera tenido suficiente, se le incrementaba su dolor cada vez más, mientras se convertía, a su pesar, en un símbolo y casi un personaje mediático.
Son varios los factores que han convertido este caso en algo con tanta repercusión, además, por supuesto del empecinamiento del padre y sus acólitos en impedirlo. De una parte, la juventud de Noelia, muy diferente del estereotipo que se viene a la cabeza cuando se piensa en la eutanasia. De otro, que se trata de alguien en pleno uso de sus facultades, no de una persona postrada e impedida de hablar, sin conexión a tubos ni a aparatos de los que dependa la continuación de su vida. Aquí no hacía falta testamento vital, porque ella misma es la que, cada día, daba testimonio de lo que era quería, ejercitar su derecho.
Pero, por si no fuera suficiente, sus últimos días se han convertido en un verdadero circo mediático. Las tertulias al respecto, las horas de televisión destinadas al tema sin toda la seriedad que sería deseable y, sobre todo, el apostarse hasta el último momento en el propio hospital donde se había de practicar la eutanasia, han convertido un hecho que debería haberse realizado en la intimidad en un espectáculo mediático que hace sonrojarse a cualquiera. O a cualquiera que tenga vergüenza, mejor dicho.
Buen viaje, Noelia. Ojalá consigas, por fin, el descanso en paz que mereces.
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus)