La avalancha del 30 de julio en Ceuta ha sido un experimento, un test para comprobar el impacto de las operaciones híbridas en el contexto de la geopolítica actual y, sobre todo, la evidencia palpable del problema de fondo: la presión migratoria va a seguir aumentando mientras no se cambien las políticas eurocéntricas respecto al continente africano.

Sin olvidarnos de que los estrechos se han convertido en los puntos neurálgicos del planeta para las estrategias expansionistas de Trump, Putin, Xi, Netanyahu y sus réplicas en Japón, Chile, Argentina y otros muchos países donde triunfan las propuestas de la ultraderecha. Tras el de Ormuz y el de Gibraltar (hay que recordar que lo de Ceuta ha ocurrido al mes de la supresión de la valla en el istmo gibraltareño), ya se habla del estrecho de Magallanes que ha sido en estos días motivo del primer enfrentamiento entre Chile y Argentina desde que están gobernados ambos por líderes ultras. 

Del estrecho de Bering en el círculo polar ártico se hablará pronto si Trump no pierde las elecciones de medio mandato de noviembre, como ya hizo con el Canal de Panamá, porque el inquilino naranja de la Casa Blanca quiere dominar el continente americano desde Alaska al Cono Sur, incluyendo a Groenlandia, Canadá y el resto de países de los que solo se salvan, por ahora, Brasil y México.

Pero volvamos al meollo de la cuestión que no es otro que el aumento incesante de los flujos migratorios desde África hacia Europa. Ahora es Ceuta y el año pasado fue Canarias, mañana pueden ser las islas Baleares o la costa mediterránea española más cercana a Argelia, como antes lo fueron Lampedusa o las islas griegas del Egeo.

Los mismos capitalistas que deslocalizaron las empresas europeas y norteamericanas para convertir a China en la fábrica del mundo, discursean ahora sobre la reindustrialización del norte, pero se olvidan una vez más de África, a quien han reducido escandalosamente la ayuda al desarrollo. Para más inri, niegan el cambio climático producido por el calentamiento global, e insisten en seguir depredando y fomentando la desigualdad a costa de la precariedad de la mayoría de la población.

Ninguna de las recetas que están sobre la mesa en Bruselas y en las capitales de los estados europeos para contener la migración van a resolver el problema. Las derechas solo quieren derechos para los ricos y los no nacidos, a los pobre vivos que los zurzan y se busquen la vida como puedan. Eso sí, lejos de nuestras fronteras y controlados por dictaduras a las que subcontratamos el blindaje de los muros y vallas con tecnología israelí ensayada contra los palestinos.

Ahora que tanto se debate sobre la crisis de la vivienda en la Unión Europea y en los países del Norte, hay que señalar que para los que arriesgan su vida en una patera o nadando hasta una playa ceutí es un sueño poder compartir un piso patera en un suburbio de cualquier gran ciudad de la UE.

Nadie emigra por gusto o el placer de la aventura, quien lo hace es porque no encuentra en su tierra un trabajo, una vivienda digna y unos derechos garantizados. Los países africanos no necesitan créditos para armamento o inversiones extractivas de sus recursos, requieren inversiones para lograr lo que ya tenemos aquí: agua corriente, redes de saneamiento, suministro eléctrico garantizado, carreteras e infraestructuras, salud y educación.

Pero lo que hemos visto en los últimos años es el recorte drástico de las ayudas, e incluso la criminalización de la labor humanitaria de las ONGs con fantasiosos relatos, expandidos por partidos tipo Vox, que hablan de supuestas prácticas mafiosas, como ha sucedido en Ceuta con la Cruz Roja. Según esta nueva escala de valores, los parámetros clásicos del bien (la bondad, la generosidad, el respeto y el amor al prójimo) se han trastocado en malignos y repudiables; y los del mal (rechazo y marginación de los que menos tienen, odio y violencia), en los del bien. Una inversión de nefastas consecuencias.

Para cerrar estas reflexiones, la recomendación de un libro muy oportuno: El latir de un continente. Civilizaciones, resistencias y esperanzas de una África eterna (Plaza y Janés, 2026) del camerunés afincado en España Sani Ladan con prólogo de Joseph Nkongo.

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