En estos días en que toda España habla, comenta y reflexiona -o no- sobre el resultado de las elecciones de Castilla León, la tercera de la cabalgata de elecciones autonómicas, me voy a permitir girar la vista a otra comunidad que todavía no ha entrado en este desfile electoral. Me refiero, cómo no, a la mía, la Comunidad Valenciana, y en concreto a nuestras fiestas más famosas, las Fallas. Y conste que soy consciente de que las fiestas falleras son propias de la provincia de Valencia, pero también se celebran en algunas localidades de Castellón y Alicante, y no podía dejarlas fuera.
Dicho esto, que nadie se alarme. No voy a dar la chapa haciendo exaltación de la pirotecnia, la música, las flores y la gastronomía, encabezada por nuestra archiconocida paella. Eso lo dejo para otro momento. Porque hoy quería hablar de los monumentos y, más concretamente, de su mensaje.
Hay diversas teorías sobre el origen de las fallas, pero todas ellas tienen algo en común. Estos monumentos que empezaron siendo una pila de trastos viejos y se han convertido en auténticas obras de arte siempre tenían un componente de sátira y crítica hecha desde el sentido del humor que se ha mantenido incluso cuando la censura campaba por sus fueros. Primero fue la crítica al vecino del barrio donde se plantaba la falla y se fue evolucionando hasta la actualidad, donde la globalización hace posible cualquier tema de cualquier punto del mundo. Nade estaba a salvo. Hasta el punto de que hoy día seguimos diciendo cada vez que alguien mete la pata eso de “cuidado, que vas a salir en la falla”.
No obstante, en los últimos tiempos tenía la sensación de que ese espíritu crítico había cedido dejando paso a un preciosismo que, aunque daba lugar a verdaderas maravillas de cartón piedra, corría el riesgo de perder su original espíritu de sátira, y del mensaje correlativo.
Sin embargo, este año tengo una sensación contraria, y me congratulo de ello. El ninot indultat, esa figura que se salva del fuego por votación popular tras una exposición en la que cada una de las más de 300 fallas lleva su mejor representación, es una imagen maravillosa sobre los devastadores efectos de la guerra. Sin perder un ápice de calidad artística -es más, todo lo contrario- se trata de una niña con una expresión de tristeza infinita que vive un mundo gris y negro y que sueña con una vida en colores sin bombas ni muertes, una imagen en positivo y negativo que se aprecia incluso en el colorido. Un mensaje antibelicista indudable que rompe, además, una larga lista de ninots indulats que apelaban a la ternura y a la lágrima fácil en perjuicio de la crítica.
Por su parte, la falla municipal que, por si hubiera dudas, tiene por título “esperanza”, nos ofrece como figura central una preciosa imagen de Charles Chaplin, rifle al hombro, evocadora del mensaje de El gran dictador que todo el mundo recuerda. Otro mensaje en contra de la guerra que no deja lugar a dudas. En una falla que, además, es inclusiva y accesible para personas con discapacidad
Pero no son los únicos ejemplos. Caminando por mi barrio de toda la vida, Ruzafa, plagado de fallas de presupuesto humilde, me encontrado imágenes que nos llevan a la reflexión sobre temas como la discriminación a la población migrante, al colectivo LGTBI y las personas trans, a las llamadas terapias de conversión, al machismo a la violencia de género, y que exaltan figuras femeninas como la de Frida Kahlo. Y estoy segura de que esto se repetirá en otros barrios y otras fallas.
Así que, si unas fiestas con una raíz profundamente popular lanzan estos mensajes, más allá de ideologías o diferencias, deberíamos recoger el guante. Y pensar en que, en un mundo que cada día nos ofrece peores noticias, todavía queda sitio para la esperanza. Una esperanza como el sueño de la niña reflejado en ese ninot que se ha salvado del fuego para siempre.
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus)