Mi amiga se ha liado con el enemigo. Conviene aclarar que no hablo de un enemigo metafórico con cara de fondo buitre, que suele ser un señoro con aspecto de doctor maligno. La gentrificación, el activo inmobiliario y la especulación miden 1,90, tienen melena rubia y una tableta de abdominales hecha con chocolate suizo. Imagino que para poder pasar la frontera. Risas. A riesgo de convertir esta columna en una telenovela de sobremesa, creo que con esta descripción física es suficiente. Añadir que no se conocieron en la fiesta de Blas ni en la cola de la carnicería.
-Quilla, he quedado con un guiri. Un summer love. -Quilla, quilla, quilla.
Suena de fondo “En la arena escribí tu nombre y luego yo lo borré…”, pero en realidad se estaba empezando a rodar una película digna de Eric Rohmer con playas, amoríos y esos líos. Con una diferencia importante que este hombre no ha venido a pasar el verano sino a trabajar desde aquí. Luis Aguilé cantaba “Es una lata el trabajar”. Muy al caso. El teletrabajo algo de lata tiene también te digo, es la lata de fabada que te la puedes llevar a cualquier sitio. Ha trasladado su oficina al paraíso sin renunciar a un sueldo de Europa central, que es una forma bastante chachi de vivir aquí mientras los demás hacemos cuentas para comprobar si todavía podemos permitirnos seguir viviendo aquí.
Mi amiga sigue: -Hace kitesurf. -Claro. No ha venido a recoger fresas. -Y tiene moto. Y dice que ya irá viendo.
“Ya irá viendo” es la frase perfecta del sujeto global contemporáneo: ya irá viendo cuánto se queda, dónde vive, si invierte, si se enamora o si vuelve a ese Olimpo del que ha descendido cuando termine el verano. Mientras tanto, nosotros también vamos viendo cómo suben los alquileres, cómo los pisos familiares se convierten en apartamentos turísticos. Él va viendo mientras nosotras solo podemos mirar. Mirarlo a él.
-Quilla, ¿no te lo podías haber buscado de Barbate? -El de Barbate trabaja demasiado. -Claro, mamonah. Trabaja para que el semidiós pueda teletrabajar.
Y de repente otra amiga añade al salseo de nuestra pandilla merendilla. -Por eso la derecha va a ganar las elecciones. Ellos se dedican a tener niños, futuros votantes. Nosotros, summer loves con el enemigo.
Mientras una intenta ligar con alguien que trabaja doce horas al día y llega a casa de sus padres para tomar atún en lata después de haber servido 5.000 tartares, aparece otro de Europa central que trabaja desde un portátil con vistas al mar y tiene tiempo para hacer kitesurf un martes a las once de la mañana. El de Barbate va con la camiseta blanca de camarero toda la semana. El guiri lleva una semana sin ponerse una camiseta. Mi madre incluso nos preguntó un día: -Este chico, ¿qué pasa, que no tiene camisetas? Pues no, mamá.
La vida te pone en estas tesituras y contradicciones que complican cualquier posición ideológica. Una cosa es criticar la gentrificación en abstracto y otra muy distinta que la gentrificación te dé besitos de colores en la puesta de sol. Sunset, perdón. Mi amiga está encantada. -Es muy majo.
“Es muy majo” es como empieza todo. Primero es muy majo. Después es diferente. Luego descubres que le gusta la tortilla de patatas. Y antes de darte cuenta ya estás explicando que él no es como los demás y que, además, le encanta la gente de aquí. La historia universal de la gentrificación emocional y del apareamiento. Mi amiga está enamorada, o algo parecido. Y yo, que soy muy partidaria de la lucha de clases siempre que la lucha de clases no me obligue a decirle a mi amiga que deje de quedar con el enemigo, ha decidido no intervenir. Solo le he pedido una cosa, que, si el tema que quema termina o empieza, el niño se llame Kai. Por ponerle algo de guasa a la historia. Mientras tanto, iremos viendo si el de Barbate consigue una tarde libre. Que así no hay quien gane unas elecciones.
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