Hace tiempo que oigo una frase que cada vez mes enerva más. “Yo no estoy en contra de los inmigrantes, solo de los inmigrantes ilegales”. Semejante patochada empezó leyéndose en redes sociales y alguna tertulia de café, pero ha acabado adquiriendo carta de naturaleza y la gente la repite en entrevistas e instituciones sin ningún empacho, como si eso justificara sus mensajes claramente intolerantes.
Y es que detrás de esta frase se esconde mucho más. O menos, según se mire. Porque, en realidad, ¿qué significa que se está a favor de la inmigración legal? ¿Qué les parece bien que se instalen en nuestro país futbolistas extranjeros que cobran cantidades obscenas, aun cuando no cumplan con el fisco? ¿Qué no tienen nada que objetar a que vengan cantantes y artistas famosos, que ganan un potosí cada vez que abren la boca? ¿Qué están conformes con que se instalen empresarios de otros lugares, dispuestos a ampliar sus fuentes de ingresos? ¿Qué, incluso, no les parecería mal que llegara algún científico eminente que diera lustre a nuestro país? Pues faltaría más. Para ese viaje no hacían falta alforjas. Porque, para todas esas personas, su origen nacional o el color de su piel no es importante. O no, al menos, tanto como para otros.
La gente que llega a nuestro país jugándose la vida en una embarcación precaria, saltando una valla o arriesgándolo todo en los bajos de un camión no aspiran a ser inmigrantes ilegales, desde luego. ¡Qué más quisieran que cruzar la frontera en un avión, con una cartera con documentación, billetes y una tarjeta de crédito a prueba de bomba! ¡Qué más quisieran que ser el futbolista, la cantante o el empresario para el que todas las puertas se abren! ¡Qué más quisieran que eso que llaman “legales”!
Para estas personas, dejar su tierra no es una elección, es una necesidad. No optan por venir a nuestro país, se ven obligados a ello. Y, por eso mismo, no es que quieran ser ilegales, es que no les queda otro remedio. Y eso suponiendo que a alguien se le pueda considerar “ilegal”, porque ilegal será su situación, pero nunca su persona.
Nadie elegiría por sí mismo tener que buscarse la vida de todas las maneras posibles en lugar de tener un contrato de trabajo, ni tener que ocupar una casa en lugar de acceder a una vivienda en condiciones, pero la vida no les ha dado otra posibilidad. Todas esas personas cruzan nuestra frontera con la esperanza de llegar algún día a tener esos benditos papeles que conviertan su situación en legal, que les den un salvoconducto para vivir en paz. Pero no es nada fácil.
En realidad, la xenofobia que practican quienes dicen rechazar solo a la inmigración ilegal, es una xenofobia selectiva, íntimamente unida a pobreza y la exclusión. En definitiva, rechazan al inmigrante pobre. De modo que, en su catálogo de faltas, a esa xenofobia se une la aporofobia. Un odio al pobre que hasta 2017 no tenía nombre en la RAE pero que existe desde que mundo es mundo.
La paradoja es que el nuestro es un mundo donde, cada año, se festeja el nacimiento de un niño pobre y sin papeles lejos de su casa. Porque es eso, precisamente, consiste la Navidad.