Amaos los unos a los otros, es, supuestamente, uno de los grandes paradigmas de la ideología cristiana. En la teoría. En la práctica es solamente un discurso construido de cara a la galería, y que, de facto, es falso. No sólo es falso, sino que los hechos parecen ser justamente lo contrario de esa bondadosa y supuesta intencionalidad. El supuesto discurso de amor, desde hace muchos siglos, exactamente desde el año 380, cuando Teodosio I nombró al cristianismo la religión del imperio en el año 380, parece una máscara que esconde una realidad muy diferente.

En una entrevista concedida a Jesús Quintero, José Saramago decía que “en ningún momento de la historia, en ningún lugar del planeta las religiones han servido para que los seres humanos se acerquen unos a los otros. Por el contrario, sólo han servido para separar, para quemar, para torturar. ...”. En general, en su pensamiento, en su obra, en sus declaraciones, el premio nobel portugués expresó su desacuerdo y su crítica a la religión por su importante papel en la difusión de la intolerancia, y en la propagación del sufrimiento humano.

En su novela El factor Dios (2001) profundiza en la relación entre la religión y la sociedad. Critica el enorme poder de la Iglesia católica en la política y en la vida cotidiana de las personas, y expone la evidencia de que la creencia en un ser superior puede ser utilizada para justificar actos injustos, violentos y opresivos. La historia está llena de ejemplos contundentes. La realidad actual también. La guerra religiosa es fundamental en el horror que se sigue viviendo en Gaza, por ejemplo. Las muertes agónicas de miles de niños durante años, de una manera planificada, es insoportable. Y ahora el odio que se está vertiendo en Ceuta contra migrantes que podrían recordarnos a tantos migrantes españoles que fueron bien acogidos en muchos países del mundo. ¿Cuántas arengas en las iglesias se vierten en defensa de esa gente que no tiene más que hambre y terror? ¿Dónde queda el discurso que tanto oí en mi infancia de “amar al prójimo” o “dad de comer al hambriento”?

Lo que llamamos fascismo, o pensamiento psicopático (profundamente ligado y asociado a las religiones, recordemos a Franco bajo palio) es otro infierno en sí mismo. Las ideas de odio, de desprecio al prójimo, de voracidad y narcisismo, de rechazo al que piensa o es diferente, la búsqueda desesperada de control, de poder y de dinero, la deshumanización de las mujeres y de los grupos vulnerables, la cosificación, abuso y desprecio a los animales y a la naturaleza, la ausencia total de conciencia, de empatía, de sensibilidad, de sentido moral... Todo lo que representan las personas sin conciencia y desconectadas de las emociones ajenas (psicópatas o narcisistas perversos, “pervers narcissiques”, les dicen en Francia), eso es también el infierno.

Los neoliberales o neofascistas llevan décadas, pasito a pasito, aspirando a recuperar ese infierno, que ya se vivió en Europa con las dos guerras mundiales del siglo XX, en el que la vida humana no vale nada, es una ficha de tablero que sólo sirve para llenar las arcas de lo público que ellos, los del infierno, acaban desviando a sus bolsillos o a las arcas de empresas privadas cómplices, que aumentan sus despreciables fortunas. Y tras tantos años de locura (porque el fascismo también es locura) ya, sin tapujos ni falsas caretas, podemos percibir esa maldad, esa falta de conciencia, en los parlamentos, en muchas decisiones políticas, en España y en el mundo.

En nuestro país, los nuevos fascistas (todos ellos, claros, adeptos a la religión y a la irracionalidad que promueve), envenenan con su pensamiento psicopático las tribunas de gobiernos autonómicos y de la oposición en el gobierno central, dejando claras sus ideas salvajes e inhumanas, sus votos en contra de cualquier iniciativa que mejore la vida de las personas. Hace un par de décadas no podríamos ni haber imaginado que un supuesto criminal perturbado iba a presidir el país más influyente del mundo, que íbamos a ser testigos de la condena de personas inocentes a través de falsas acusaciones y de jueces supuestos cómplices de derechas fanatizadas, en lo que muchos llaman “golpes de estado togados”; ni hubiéramos podido creer que íbamos a ser testigos de un genocidio espantoso en Gaza que ya dura años, ni que la vida de miles de niños iba a valer nada, ni que el desprecio a la vida humana iba a ser el mantra de psicópatas fanáticos y perturbados en una supuesta falsa defensa de la “patria”; ni que millones de españoles les iban a seguir en sus discursos de terror y de odio.

Tampoco hubiéramos podido creer que en el Parlamento español, donde se sientan los representates de los ciudadanos, alguien se atrevería a hacer burla descarada de un bebé marroquí que apareció muerto en una playa; ni que un diputado (secretario general del grupo Vox), por muy de extrema derecha que sea, iba a ser capaz de declarar que a los migrantes marroquíes en Ceuta hay que “cazarlos” de uno en uno. Y menos en un país que ha sido migrante durante muchas décadas, justamente cuando gentes como estos personajes peligrosos le convirtieron en otro infierno que duró 40 años.

El infierno está vacío y todos los demonios están aquí.

(La tempestad, William Shakespeare, 1611)

Coral Bravo es Doctora en Filología

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