Juro que más de una vez me ha propuesto no insistir sobre este tema. Siempre temo ser cansina y que alguien piense que aquí está la pesada de siempre hablando de lo de siempre.
Pero pienso más y lo que me duele es que lo de siempre siga siendo lo de siempre. Que, por más que insista, la violencia machista siga golpeándonos sin piedad, y cada vez más fuerte. Y es que esta pasada semana, sin ir más lejos, una mujer ha sido asesinada en plena calle en Zaragoza y una niña de solo tres años ahorcada en Torrevieja a manos de su propio padre. Un horror incalificable.
En los dos casos, el autor se ha suicidado. No voy a echar mano del tópico de decir que ojalá se hubieran quitado la vida antes de quitársela a nadie más, pero no vale la pena. Aquí no vale eso de “muerto el perro, se acabó la rabia” porque la rabia persiste, la rabia machista que causa esas tragedias y la rabia sorda que nos queda a los demás. O que debería quedarnos.
Porque tengo la sensación de que cada día importa menos. Viendo los informativos, me percato de que han dado más tiempo a los efectos económicos -sí, económicos- de la guerra que a estas dos nuevas víctimas, que suman 14 al número de mujeres asesinadas y 3 al balance de la odiosa violencia vicaria en 2026.
Tal vez alguien me responda que los efectos de la contienda en Oriente Medio afectan directamente a nuestros bolsillos, y las mujeres, niñas y niños asesinados no repercuten en nuestra vida. Pero este es el grave error que como sociedad cometemos. Porque cada mujer y cada menor asesinados son un fracaso de la sociedad, y no deberíamos mirar hacia otro lado.
La violencia de género nos afecta, y no solo porque como sociedad deberíamos sentirnos responsables, sino porque nadie está libre de este drama, por más que creamos lo contrario. Según la estadística, una de cada cinco mujeres ha sido o será víctimas de violencia machista en algún momento de su vida, y esas víctimas pueden estar muy cerca sin que lo veamos o, lo que es peor, sin que queramos verlo. Puede ser nuestra hermana, nuestra madre, nuestra amiga, nuestra hija o nuestra compañera de trabajo, o esa mujer con la que coincidimos cada día en la panadería, en el gimnasio o en el autobús. Mujeres que callan, que gritan en un silencio que nadie sabe escuchar.
En estos dos casos, como en tantos otros, no existían denuncias previas. Probablemente nadie sabía del infierno que estaban viviendo hasta que ha sido tarde.
Abramos los ojos. No nos podemos permitir más dolor. O, al menos, no deberíamos.
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus)