La mera detección del mal no lo evita ni lo prevenía, hasta ahora. Es algo que el Observatorio contra el Racismo y la Xenofobia (Oberaxe) ha comprobado, sin ir más lejos, poniendo el foco en los más de 33.000 mensajes de odio racista entre el 6 y 22 de julio de 2025 en relación con las llamadas a “cazar” a los “moros” en Torre Pacheco. El informe del Oberaxe fue posible gracias a la tecnología de scrapping en redes de “Faro”, la herramienta precedente a la recién anunciada “Hodio”, que utiliza más de 100.000 cadenas semánticas para detectar y categorizar esos mensajes que muchas veces, constituyen delito, pero la mayoría no se eliminan por parte de las plataformas, y casi nunca se castigan por parte de las Autoridades. Pero hay algo que ha cambiado en este país, y ese algo, ese alguien, se llama Sarah Santaolalla. Sarah, con hache. 

La identificación del odio fascista no lo evita, ni lo previene (hasta ahora) porque sucede después de vomitado. En muchos casos la amenaza precede a la agresión, el “Te voy a matar” del terrorismo machista se profiere en demasiadas ocasiones mucho y muchas veces antes de la noticia del asesinato de la víctima en los telediarios, acompañada de las declaraciones de los vecinos acerca de la supuesta normalidad cotidiana en la vida de la pareja. Valga la referencia católica de que el Verbo precede al Hombre, y eso acontece desde la Creación. La palabra casi siempre precede al hecho, y el odio, casi siempre, a la agresión.

En esas ocasiones, casi siempre, uno recuerda la iniciativa de los americanos (cuando los americanos tenían buenas iniciativas) de organizar visitas a los campos de exterminio de los lugareños de pueblos cercanos a ellos en Alemania, que no detectaron peligro alguno en las manifestaciones de odio nazi previas a los asesinatos y torturas que allí sucedieron. Y que hoy suceden, y más cerquita, no sólo en Oriente Medio. Ni en desiertos remotos, ni en montañas lejanas. Como diría el Señor de la Guerra, José María Aznar, que hace 22 años por estas fechas nos abocó al peor atentado terrorista de nuestra Historia.

El cambio que supone la iniciativa del Gobierno con “Hodio” no es tecnológico, puesto que la tecnología para detectar el odio existía y ya era utilizada para identificarlo, sino profundamente social y de compromiso político. Detectar mensajes racistas, xenófobos, islamófobos, homófobos, tránsfobos, machistas, fascistas, en fin, e incluso valorar su alcance, o ser capaces de cuantificar en un 88% su prevalencia (lo que demuestra que las plataformas como Telegram, X, Instagram o Tik Tok no los borran ni banean a sus usuarios, como deberían hacer a tenor de sus “términos y condiciones”) no es la novedad.

Yo mismo estoy haciendo una tesis doctoral sobre desinformación, bulos y fake news en el ámbito político, y utilizo técnicas de scrapping para detectar, sólo en este año, más de un centenar de mensajes falsos con más de 100.000 impactos, sólo en España y sólo en dos meses y medio. Pero la detección no basta para la erradicación.

“Hodio” es un fenómeno social y político de primera magnitud. Sucede tras atender a tres muestras de la ineficacia del sistema y de la política: 

  •  La primera es el profundo error del Gobierno de coalición progresista en España (y de la sociedad en su conjunto) al no responder de manera firme y democrática al acoso escuadrista a la vivienda del anterior vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, la exministra de Igualdad, Irene Montero, y sus hijos pequeños. Minimizar ese fascismo larvado durante años asomando la pata y haciendo sus primeros pinitos desde la guerra y la represión posterior, mientras fabricaban informes falsos con su Policía Patriótica y montaban juicios falsos con sus jueces “patrióticos” difundidos con alegría por sus medios “patrióticos” fue un error de proporciones épicas, propio de quienes o no habían leído o no supieron interpretar al Pastor protestante Martin Niemoller con su “primero vinieron a por los comunistas, pero como no era comunista, guardé silencio”. 
  • La segunda responde al error global que esconde la “paradoja de Popper”: tolerar al intolerante. Y que tiene su máxima expresión en las plataformas digitales, que amparan, como, al fin (y ya era hora) denunció el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el odio más descarnado. Un odio verbal que siempre antecede a las consecuencias físicas. Consecuencias, por tanto, evitables si uno sabe interpretar, castigar y prevenir (y no sólo detectar) las alertas. 
  • Y la tercera tiene nombre y apellidos: Sarah Santaolalla. Creo no equivocarme al pensar que la hache de Hodio es un homenaje (también con hache) a nuestra compañera en El Plural. Por ser el elemento catalizador de una respuesta tardía, pero necesaria, al odio. Y porque sus detractores ya han empezado a quitarle la hache final de su nombre, lo que no hace ni más ni menos que confirmar esa hache en una herramienta de terrorismo “hantifascista”. Una hache de “hermana”, yo sí te creo.

 

Con hache de Sarah  

Ni siquiera los fascistas (y he hablado con unos cuantos del tema -y otros que, sin serlo en absoluto, corren aparente peligro de tragarse sus premisas-) son capaces de desmontarme este argumento: si un baboso obsesionado (sexualmente) con una chica se personara en su puesto de trabajo preguntando por ella, la persiguiera de forma temeraria en coche, se apostara en su casa o se hiciera el encontradizo con ella en cada evento donde acudiera, sin su consentimiento, ningún juez de España denegaría una orden de alejamiento, ningún policía de España denegaría su protección, y ningún periodista de España justificaría al baboso. Eso es un logro innegable de la mayor lucha de este siglo, el feminismo.

Pues es lo que ha hecho el presunto fascista (y presunto baboso) de Vito Quiles con nuestra compañera Sarah Santaolalla, a más de (presuntamente) agredirla físicamente (algo judicializado sobre lo que cabe prudencia) y a ella, tras denunciarlo, se le ha denegado la orden de alejamiento (WTF?) y cuestionado que la Policía Nacional le ponga escolta. 

Así que la pregunta parece ser ¿qué ocurre si el móvil no es sexual, sino el escuadrismo político? ¿Por qué tiene que cambiar la percepción en función del móvil del presunto delincuente? ¿No es acaso lo mismo?

Hay veces que, aunque suene profundamente injusto, un evento se convierte en catalizador de una reacción de progreso. Ocurre por repercusión, impacto social y reacciones públicas. No ocurre siempre, y ni siquiera de manera intuitiva o predecible. Tampoco ocurre en el momento más atroz (que, lo he dicho, fue el cerco escuadrista a la casa de Pablo Iglesias, no la última agresión en un contexto de salvaje acoso lamentable a Sarah). 

Es probable que, sin el acoso judicial a la mujer o el hermano del presidente del Gobierno, o los insultos (hijo de puta, traidor, felón, etc) dirigidos a él, y, desde luego, sin Sarah, no hubiera aflorado esta respuesta de “Hodio”, que no va contra usuarios o personas individuales, sino contra las plataformas que los toleran, amplifican con sus algoritmos, o justifican, y que, gracias a esta huella, serán sancionadas y obligadas a banear al odiador fascista. Es, sin más, una “huella del odio” que, como la “huella de carbono” permitirá sancionar a quien no lo combate. Como ya pasa con los medios de comunicación, pero, curiosamente, no con las plataformas digitales.

Los fascistas de verdad, por cierto, suelen hozar del caldo gordo creado cuando se llama “fascistas” a los que no lo son. Porque no: no lo son mis compañeros de En Boca de todos. No lo son en absoluto. Ninguno. Pueden equivocarse o no, pueden malentender la paradoja de Popper sobre tolerancia al intolerante (pese a no haber dado, ojo, en absoluto, voz a Vito Quiles en cualquier canal de Mediaset), pueden sobreponderar la libertad de expresión, pero los fascistas son otros. Llamar fascista a quien no lo es sólo normaliza el fascismo y, en parte, normaliza al que lo es de verdad, puesto que lo mezcla con personas normales de derechas. Personas que, en este caso, me consta que adoran y defienden a una Sarah que nos ha dejado a TODOS allí (sin excepción) huérfanos y vacíos con su marcha. 

Cierto que lo ha hecho (marcharse) por lo que puede ser un bien mayor. El evento que creo catalizador en este caso de Hodio es Sarah. No es mérito suyo (nadie elige ser víctima), pero sí subsume, en tanto víctima, un odio a tiempo de ser erradicado, un odio esencialmente político, con raíces verbales y digitales, profundamente sexualizado (desde la portavoz del PP que hizo alusión a sus “cocos” a la periodista que se refirió a ella como “mitad tetas, mitad tonta”), que se traduce en un acoso fascista que precede a una agresión. Tiene todos los elementos (hasta la desatención judicial) para convertirse en caso de éxito de una estrategia de mitigación del odio. Especialmente por tener la oportunidad de llegar a tiempo antes de ese telediario tras el que muchos lloraríamos y no querría ser de los que se arrepintieran por haberle soltado la mano.

Así que gracias, Sarah. Tu hache nos señala el camino, hermana.

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