A menudo se analizan las causas materiales y tecnológicas del auge de la ultraderecha, pero se pasa por alto el combustible espiritual e identitario que alimenta estos movimientos. El fenómeno común no es la fe en sí, sino la politización de la fe: cómo sectores integristas instrumentalizan la religión para ofrecer certezas absolutas, justificar el autoritarismo y librar una “guerra cultural” contra el progreso.

Los análisis habituales —globalización, algoritmos, precariedad— son ciertos, pero incompletos. La ultraderecha actual no es solo un proyecto político, sino un movimiento de salvación nacional y moral. El integrismo confesional actúa como un pegamento emotivo que convierte el agravio social en una cruzada religiosa.

Para la ultraderecha española, “el diablo se viste de Sánchez” y Abascal apunta a recurrir al exorcismo antes de entrar en la Moncloa. El líder de Vox, el amigo de Trump en España, airea públicamente su desacuerdo con León XIV tras las advertencias de este sobre los peligros para la Iglesia católica de los movimientos ultras en su seno.

En Estados Unidos la clave es el pragmatismo absoluto. No importa que Donald Trump no sea un modelo de virtud cristiana; para el ala integrista evangélica, él es un “Ciro moderno” —el rey pagano de la Biblia usado por Dios para salvar a su pueblo—. Le apoyan no por su piedad, sino porque les entrega el poder judicial —el Tribunal Supremo— para revertir derechos civiles, el aborto y la agenda LGBTQ+.

El patriarca Cirilo de Moscú ha teorizado la invasión de Ucrania no como una guerra geopolítica, sino metafísica: una defensa de los “valores tradicionales” frente a la “decadencia occidental”. Putin utiliza a la Iglesia ortodoxa para legitimar su autocracia, presentándose como el último guardián de la cristiandad frente a un Occidente secularizado. Es la unión perfecta entre el nacionalismo imperial y el dogma religioso.

Benjamín Netanyahu, un político históricamente laico, depende hoy para subsistir de los partidos ultraortodoxos y del sionismo religioso más radical —como el de Itamar Ben-Gvir, el que protagoniza el vídeo vejatorio a los activistas de la flotilla a Gaza—. En Israel el integrismo religioso dicta la política de Estado: el derecho divino sobre la tierra sustituye al derecho internacional, dinamitando cualquier solución de paz y empujando al país hacia un nacionalismo etnorreligioso excluyente.

Ya sea a través del wahabismo estatal de Arabia Saudí, la teocracia iraní o los movimientos islamistas que ganan terreno en democracias fallidas, el integrismo musulmán opera de forma idéntica a los anteriores. Utiliza el miedo a la globalización cultural de Occidente para aplastar el feminismo, perseguir las disidencias y justificar regímenes autoritarios o populismos de derecha que prometen un retorno a la “pureza original”.

En los cinco casos citados se repite el mismo patrón: sustituyen la verdad política por la verdad revelada. Con la religión no se debate, se obedece, y así se destruye la base de la democracia: el consenso y la negociación.

Todos coinciden en que el enemigo número uno es el feminismo y la diversidad sexual, porque rompe el modelo patriarcal sagrado y debilita la estructura de autoridad que ellos defienden. Se presentan como “víctimas” de la modernidad, lo que les autolegitima para ser implacables cuando consiguen el poder.

El peligro real no es que la religión regrese a la política, sino que la política ha fagocitado a la religión, vaciándola de su mensaje ético, de compasión o de trascendencia, para convertirla en un arma de exclusión masiva. Cuando la ultraderecha se viste con ropajes sagrados, cualquier oponente político deja de ser un adversario y pasa a ser un “demonio” al que hay que destruir.

Súmate a

Apoya nuestro trabajo. Navega sin publicidad. Entra a todos los contenidos.

hazte socio

 

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora