Durante toda mi infancia, como todos nosotros, fui adoctrinada en muchas cosas. Una de ellas es la gran gesta hispánica; ésa que nos narraba una epopeya fantástica según la cual España “descubrió” las Américas, cristianizó a los “salvajes” habitantes indígenas, e hizo maravillas en el inmensísimo continente (especialmente sustraerle sus oros, platas y demás riquezas), en virtud de la “generosidad” inmensa de la monarquía española y la Iglesia católica, que ya se encargó muy bien de perseguir, expulsar, cuando no quemar en hogueras a los seguidores de otras religiones, en eso que llaman Reconquista. El inmenso pastel estaba servido, y la iglesia romana no le quería repartir con las otras dos religiones patrias. De eso se trataba, como nos narran acreditados historiadores, y como así nos indica el más elemental sentido común.

Recuerdo muy bien el dibujo en uno de mis libros de texto que representaba el evento de una forma muy sintética y muy clara: un conquistador, con casco y armadura de conquistador, de pie y con ademán soberbio y narcisista, con una espada en una mano y una cruz en otra; y ante él, un indígena arrodillado en postura de sumisión, con la cruz sobre su cabeza, es decir, siendo “evangelizado” o cristianizado, es decir, reducido y subyugado. En mi imaginario infantil identificaba con claridad bondad como algo deseable, y espada con violencia y maldad. Esa imagen era uno de esos grandes contrasentidos con los que nos encontramos a lo largo de la vida en el proceso de entender el mundo.

Poco a poco fui entendiendo bien esa contradicción que siempre pululó por mi mente hasta que fui capaz de interpretarla. La verdad es que no fue una gran gesta, ni pequeña, ni fue un descubrimiento ni nada que se le parezca. El continente americano existía desde que existe el mundo, estaba perfectamente habitado por seres humanos mucho más inocentes, humanistas y sabios que los europeos, que se agrupaban en múltiples culturas, la mayoría con una concepción  natural de la vida, con modos de vida que ya quisiéramos. Para empezar, vivían en alianza profunda con la naturaleza y sus criaturas. Respetaban los bosques, los ríos, los animales, la tierra (pachamama), y ese respeto era una de las bases de su espiritualidad, que les fue robada.

El descubrimiento de América está siendo considerando hoy en día, por parte de muchos investigadores, como un gran genocidio por la muerte de muchos millones de indígenas y por las consecuencias devastadoras para aquellos pueblos y aquellas culturas, consecuencias que continúan de algún modo a día de hoy, porque el continente Latinoamericano no ha dejado, desde entonces, de ser abusado, corrompido y expoliado, al igual que las pequeñas poblaciones indígenas que han sobrevivido.

Les llamaban, y aun en la actualidad algunos les llaman “salvajes” a los indígenas americanos, a esos que vivían y pensaban hace cinco siglos de una manera absolutamente sabia y adelantada. Porque es de sabios y adelantados respetar el planeta que nos acoge, y mostrar respeto y compasión por todos los seres vivos, y es realmente de salvajes y de estúpidos destruir la vida natural, la tierra, los bosques, las selvas, los mares, para sacar provecho económico de ello, que es lo que hacían entonces, y siguen haciendo ahora, los conquistadores y los cristianos y adláteres; y eso es, además, lo que propaga su ideología.

No es casualidad que Donald Trump, un gran corrupto y un gran cristiano, haya arremetido contra el gran naturalista inglés  David Attenborough por haber defendido recientemente la compasión y el deber humano de proteger el planeta y todas las formas de vida, llamándole “ofensor de Jesús”, dando a entender que defender el medio ambiente es un ataque a los valores cristianos; y así comprendemos muy bien tanto negacionismo del cambio climático en las derechas y en los ámbitos religiosos, cuando es tan evidente, y tanto silencio ante la destrucción de la vida natural. El antropocentrismo cristiano es, en esencia, uno de los grandes responsables de ese silencio tan elocuente que deja la puerta abierta a la especulación y la explotación abusiva de esa vida natural y animal que está, en nuestros tiempos, llegando ya a un preocupante colapso. Hacer dinero unos pocos con los recursos naturales que son de todos. Ésa es la esencia última de la cuestión.

Siguiendo esa misma cuestión, que es la tónica general de todo neoliberal, ultracapitalista y fascista, la presidenta de la Comunidad de Madrid ha defendido lo indefendible en ese viaje valleinclanesco que acaba de hacer a tierras mexicanas. Fue allá a defender la Conquista de América y a encumbrar a Hernán Cortés; un invasor de una crueldad infinita; que se dedicó, en las Américas, a ordenar matanzas, a marcar la frente de los niños para identificarlos como esclavos, a organizar la masacre de Cholula, en 1519, que duró varios días y en la que, en sólo tres horas, en las propias palabras de Cortés, mataron a tres mil hombres y destruyeron el santuario de uno de los principales dioses de Mesoamérica. A ese personaje fue la presidenta de Madrid a honrar, junto a los de la extrema derecha mexicana.

Afortunadamente México lindo tiene una presidenta maravillosa que ha sabido explicar a los mexicanos el significado de ese viaje organizado, con dinero público de los españoles, y para defender lo que ya es, como digo, totalmente indefendible.

Coral Bravo es Doctora en Filología

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