Cuando el terror y el desorden se instalan en el poder de la mano de Trumpedor I de los EE UU (Estados Unidos de América) la ciudadanía con sentido común, amante de un ordenamiento legal justo y progresista, tiene que movilizarse, salir de su nido individualista y empezar a mirar a los ojos de las personas con las que tratamos y a mirar menos las pantallas que nos roban nuestro bien más preciado: el tiempo.

Durante décadas la cultura norteamericana ha colonizado el universo de la llamada mentalidad occidental con todos sus tópicos a través del cine, la televisión y la música. Al día de hoy continúa su expansión con el sostén de las plataformas tecnológicas que nos lo proporcionan todo sin salir de casa y moviendo tan solo los dedos de una mano.

Nos han distraído, nos han desmovilizado y anestesiado nuestro espíritu crítico casi sin darnos cuenta. Como decía León Felipe "nos han dormido con todos los cuentos...", pero ha llegado la hora de despertar. Porque en la actualidad el acoso confesional, judicial y mediático se ejerce sin descanso contra el progreso y el bienestar humanos con el respaldo político de la ultraderecha global y la bendición de los integrismos religiosos.

Ya no hay excusa alguna para no defender el bien común frente al egoísmo destructivo de los milmillonarios, para no reclamar el derecho a una justicia imparcial (acudir a la web Quejas y reclamaciones al Consejo General del Poder Judicial), para no callarse ante los bulos y las mentiras que escuchamos a diario en la calle o en un grupo de Whatsapp, para no llenar los correos de nuestros representantes políticos con propuestas sensatas.

Hay mucho trabajo por delante para no dejarnos empujar al lado equivocado de la historia. Tenemos que asumir las responsabilidades individuales y colectivas que han desembocado en la coyuntura actual de desorden y subversión moral en la que se castigan los buenos comportamientos y se premian los malos.

Irene Vallejo compartió el viernes pasado en sus redes sociales que comenzaba a colaborar con Unicef para apoyar proyectos humanitarios de ayuda a la infancia en países sacudidos por la guerra y otras emergencias. Junto a los mensajes de apoyo a su decisión, se desencadenó una cascada de ataques contra ella. Uno de los mensajes más sintomáticos dice lo siguiente: "Otra a quien España se la suda lo más grande. Si tan preocupada estás por esos países vete a vivir allí, ya verás que prontito corres para España chatina. Arriba España. Los españoles primero." 

La autora de El infinito en un junco se pregunta "¿A qué punto hemos llegado para que querer ayudar a los más desvalidos sea sinónimo de ser mala española, y para que fantaseen con echarte de tu país? ¿Qué patriotismo despiadado y cruel es este?

Lo que ha sufrido ahora Irene Vallejo lo vienen padeciendo miles de personas voluntarias que colaboran con la Cruz Roja y ONGs que ayudan al desarrollo y trabajan en zonas sumidas en la desgracia, como ha ocurrido en Valencia después del desastre de la dana.

En resumen, hay motivos más que suficientes y urgentes y no hay excusas para no callarse ante las ofensas y mentiras de los ultras.