Hace años decidimos, o se decidió, que todo era identidad. Y no una sencillita, no. Una categoría compleja, interseccional, discursivamente precisa y validada, Dios mediante, por algún sociólogo europeo agotado que seguramente odiaba el capitalismo pero habría amado tener un podcast. 'Semos' así. Lo que empezó como una herramienta para entender estructuras sociales ha terminado convirtiéndose en una especie de horóscopo. Ahora todo significa algo. Absolutamente todo. El café que tomas. Las zapatillas que llevas. ¿Odias como yo las Adidas Samba, verdad? Estás en mi identidad. Ah, perdona, creo que no cabemos dos. Tus playlists. El tipo de ansiedad que verbalizas. Tu manera de escribir, en plan “literalmente”. Todo comunica algo. Un branding con patas. He dicho branding, no brandy.

El concepto de “identidades” salió de los pasillos académicos, de la metodología cuantitativa y cualitativa, y se socializó; más bien, se algoritmizó. Como Decathlon ha democratizado los deportes. Que, ojo, no digo que las identidades sean inútiles. Por favor, soy andaluza. El problema empezó cuando internet decidió qué era una identidad. Es decir, si los sociólogos categorizaban en base a lo construido, ahora el algoritmo construye y tú te metes en la categoría. Pack cerrado de estética, opiniones, referencias culturales y comportamiento esperado. Como si ser una persona consistiera en elegir personaje antes de entrar a una partida online.

Y lo siento, voy a poner ejemplos masculinos. Os aguantáis.¿Has elegido ser machirulo de derechas? ¿O has elegido el bando del progre deconstruido? Tick tock, no tienes tiempo que perder. Ahora no basta con ser algo. Hay que exteriorizarlo correctamente. Las identidades políticas son el ejemplo de porqué internet ha conseguido transformar la izquierda y la derecha en estilos de vida completos, casi como si fueran tribus urbanas patrocinadas por algoritmos. La izquierda digital, por ejemplo, viene acompañada de una estética perfectamente reconocible: tote bag, café de especialidad, tipografía minimalista, vinilos que nadie escucha enteros porque, no me seas carajote, no tienes el cacharro ese en casa, frases de Angela Davis -“ah, ¿que no sabes quién es? Sí, quilla, la prima de bell hooks”- compartidas en stories junto a una foto granulada de algún edificio de Berlín. Recuerda que todos estuvieron en Berghain antes que Rosalía. Hay una forma específica de vestir, de hablar, de ironizar y hasta de sufrir correctamente. La ansiedad, si es progresista, parece incluso más sufrida.

Y por supuesto están los libros estratégicamente visibles. Leer a Judith Butler (nunca sé si se pronuncia como “mantequilla” en inglés) o tener un ensayo de Mark Fisher encima de la mesa convierte automáticamente cualquier brunch en resistencia política. Da igual que el libro lleve seis meses abierto exactamente por la misma página y da igual que a Mark y a Marx seguramente les hubieras caído mal. Lo importante es que internet entienda que tu vida tiene densidad y profundidad intelectual. La herida, la grieta, habitar, compartido, consciencia, comunidad. A punto están de hacer en la comuna de Beneficio un hotel estilo El Algarrobico. No caben tantos deconstruidos.

La derecha digital tampoco se queda atrás. También tiene su estética perfectamente reconocible: masculinidad motivacional, obsesión con el éxito económico que siempre se mide en pisos, coches y relojes, vídeos hablando de disciplina financiera -aquí lo importante es ponerle disciplina a todo- desde habitaciones con luces LED azules y una cantidad preocupante de podcasts donde alguien explica por qué madrugar a las cinco de la mañana solucionaría el colapso de Occidente y el cáncer. El algoritmo decidió que ser conservador implicaba automáticamente querer abrir un negocio online (vaya), invertir en criptomonedas (cáspita), sospechar del lenguaje inclusivo y hacer vídeos hablando de testosterona como si fuera un recurso natural en peligro de extinción. Estos videos son mis preferidos, lo confieso. El estrecho de Ormuz para ellos es algo que cualquiera puede comprar si se lo propone. Camisetas negras, tatuajes muy tatuajes, bebidas energéticas y más proteína. Bro.

Pasando por el concepto de “mujer de valor”. Ay, valor tuvo tu madre al parirte, miarma. Alguna bandera de España, algún vídeo sobre “todos los partidos políticos son iguales menos el de Franco, ese no era igual, fíjate tú”. Y el punto que más me divierte en esta identidad es, sin lugar a dudas, su poca querencia a dormir. Qué cosas. A ellos los vamos a mandar a todos a las torres de Madrid y cerramos la puerta. Se vuelven gays seguro. Todos y todas lo sabemos.

Antes necesitabas leer teoría política para entender corrientes ideológicas, ahora basta con mirar cinco segundos una cuenta de Instagram. Y no sé qué es más insoportable: si el chico de derechas que sube vídeos sobre “mentalidad millonaria” desde un piso compartido en Móstoles o el chico de izquierdas que fotografía su café de especialidad y su ejemplar de libro de segunda mano subrayado como si estuviera protagonizando un documental francés sobre alienación urbana. Uno teatraliza una vida de éxito que jamás tendrá. El otro una profundidad intelectual y una paz interior que claramente tampoco tiene.

Lo gracioso, o triste, es que ambos están atrapados exactamente en la misma dinámica, que es ser un personaje dentro de la cámara de eco que quiere el algoritmo. Ninguno llega a fin de mes con tranquilidad, pero ambos necesitan que internet crea que su miseria tiene superioridad ideológica sobre la del otro. Construimos identidades completas alrededor de imaginarios culturales creados por algoritmos. Internet ha logrado convertir el consumo cultural en una especie de sistema de castas entre iguales y sin embargo, antagónicas. Preferimos llamarlo “polarización”, porque queda más elegante y menos humillante. Polarización. Qué tiempos aquellos en los que esta palabra solo la conocían los estudiantes de Políticas el día antes del examen de Sistemas de Partidos. Las redes sociales premian personajes fáciles de identificar y, por ende (que no Michael), identidades enfrentadas, simples y perfectamente empaquetables para el algoritmo. Y aquí esta el  verdadero meollo, la superioridad moral llevada hasta el delirio.

Internet crea comunidades sí, pero, crea personas convencidas de que moralmente están varios peldaños por encima del resto. La polarización nace cuando cada identidad se convierte en una caricatura impecable de sí misma dentro de su propia burbuja algorítmica. Cámara de eco, hablemos con propiedad intelectual, que para una que tengo. El chico de derechas no cree simplemente que el otro esté equivocado; cree que es débil, ridículo, decadente y seguramente incapaz de montar una estantería del Ikea sin abrir un hilo en Twitter. El chico de izquierdas tampoco piensa solo que el otro esté equivocado; cree que es ignorante, insensible y éticamente tan inferior que probablemente desayuna editoriales de OkDiario. Y ambos viven convencidos de haber alcanzado una verdad trascendental gracias a un carrusel de Instagram, tres podcasts y un vídeo de YouTube titulado “Lo que NO quieren que sepas”.

Así es imposible. Cuando la política, y la sociedad, dejan de ser una discusión de ideas y se convierten en una cuestión de pureza identitaria, cualquier desacuerdo parece una amenaza personal. El debate deja de ser debate y pasa a ser una evaluación moral y visceral constante de la gente, como si internet, o que leches, la vida, fuera un tribunal permanente de autenticidad ideológica. Todo el mundo está interpretando una versión exagerada de sí mismo para su público concreto. Todos están agotados. Ambos están actuando. Ambos se creen más que el otro. Y ambos dependen exactamente igual de la validación del algoritmo. La guerra cultural contemporánea es una guerra entre identidades insoportables que necesitan sentirse moralmente superiores para justificar el personaje que construyeron online -por el algoritmo-. Mientras actuamos como si perteneciéramos a bandos irreconciliables, la mayoría compartimos exactamente la misma ansiedad, la misma precariedad y el mismo miedo. Y eso, queridos y queridas, es lo que quieren los de arriba. Y no me refiero a Dios.

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