Si hace unos meses alguien nos hubiera dicho que en todos los informativos se hablaría de Groenlandia, no lo hubiéramos creído. A no ser, por supuesto, que se fuera a hablar de osos polares, focas o pingüinos o, como mucho, de ecologismo y cambio climático.
Pero nada de eso. Resulta que Groenlandia se ha convertido en un tema mundial de primer orden desde el momento en que el temerario presidente estadounidense ha puesto sus ojos en la isla. Una isla de la que, hasta el momento, mucha gente ignoraba todo, incluso que perteneciera a Dinamarca y, por tanto, a Europa y la Unión Europea.
También hasta hace un tiempo hubiera resultado inconcebible que un dirigente de una potencia mundial teóricamente democrática como Estados Unidos afirmara sin despeinarse -y eso que tiene mérito con el tupé que se gasta- que quería un territorio y lo iba a conseguir “por las buenas o por las malas”. Pero con este personaje todo es posible, visto lo visto. Y según parece, Venezuela no es más que el primer paso.
Los groenlandeses que, aunque no son muchos, existen y tendrían que ser oídos, no han tardado en manifestar que no quieren ser norteamericanos. Y no me extraña. Y no solo porque a día de hoy no parece apetecible pertenecer a un país con un dirigente capaz de todo, sino porque no se puede cambiar la nacionalidad de una población sin contar con ella, ni con el país del que forma parte el territorio.
Lo malo es que Trump está empeñado en quedarse la isla como un niño consentido quiere un juguete y no sé si la comunidad internacional tiene fuerza y medios para impedirlo. Lo que está claro es que el Derecho Internacional, que hasta ahora actuaba como salvaguarda de un mínimo de seguridad jurídica mundial, está haciendo aguas. Unas aguas que ya se veían en Ucrania y Gaza y que ahora ya son difíciles de contener. Y eso da miedo, muchísimo miedo.
No sé si habré dedicar mis próximos textos a México, Colombia, Cuba, o cualquier otro sitio donde el presidente americano haya puesto su diana, porque es evidente que ni tiene límite, ni hay nadie que quiera o pueda ponérselo. Lo que está claro es que nada volverá a ser igual en el ámbito internacional, y que, si no se pone freno, cada día seremos más débiles y estaremos más expuestos.
Lo peor es que sigo preguntándome que serán “las buenas” o “las malas” a que alude Trump en su propósito de quedarse Groenlandia. Y, la verdad, no sé si quiero saberlo.
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus)