Aznar metió a España en una guerra. Conviene recordarlo. Fue una decisión política que cambió el rumbo del país y nos colocó en el centro de un conflicto que nunca fue el nuestro. La guerra de Irak no defendía nuestras fronteras ni nuestra seguridad. Respondía a una estrategia internacional basada en mentiras. Y España pagó un precio muy alto.

Aquella imagen en las Azores junto a George W. Bush y Tony Blair simbolizó una sumisión que todavía pesa en nuestra memoria colectiva. José María Aznar quiso ganar relevancia internacional mientras su gestión interna hacía aguas. Se alineó con una invasión basada en supuestas armas de destrucción masiva que jamás aparecieron. Todo fue una gran mentira. Y las consecuencias fueron trágicas.

España pasó de ser un país respetado por su posición equilibrada a formar parte activa de una guerra injustificada. Aquella decisión nos situó en el foco del terrorismo internacional. El 11 de marzo de 2004, los atentados del 11M golpearon Madrid. 193 personas fueron asesinadas. Miles resultaron heridas. No fue una casualidad histórica. Fue el resultado de decisiones políticas concretas.

Han pasado más de veinte años. Algunos intentan blanquear aquel episodio. Otros lo han olvidado. Pero la historia sirve para algo: para no repetirla. Y hoy hay una pregunta incómoda que debemos hacernos. ¿Qué ocurriría si gobernaran Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal?

Puede parecer política ficción. Pero no lo es tanto. Basta observar sus posicionamientos recientes. Su silencio ante decisiones internacionales que afectan directamente a España no es casual. Es una forma de alineamiento.

Cuando Donald Trump anunció subidas de aranceles que golpeaban sectores estratégicos españoles, ¿qué dijeron Feijóo y Abascal? Nada. Ni una crítica clara. Ni una defensa firme de nuestros productores. Prefirieron callar antes que incomodar a quien consideran referente ideológico.

Lo mismo ocurre con la exigencia de elevar el gasto en Defensa hasta el 5% del PIB. Un porcentaje desorbitado que implicaría recortes inevitables en otras partidas. Más dinero para bombas y tanques significa menos recursos para hospitales, educación y dependencia. Sin embargo, ni el PP ni Vox han mostrado oposición real a esa deriva. Al contrario, la asumen como inevitable.

Y el silencio es todavía más atronador cuando miramos a Gaza. Lo que está ocurriendo allí no admite matices morales. La comunidad internacional ha denunciado bombardeos masivos, miles de víctimas civiles, gran parte de ellos niños y una crisis humanitaria insoportable. Pero ni Feijóo ni Abascal han articulado una crítica firme hacia el gobierno de Benjamin Netanyahu. Ni una condena clara a las barbaridades que se están cometiendo.

Las imágenes que llegan estos días estremecen. El número de personas fallecidas en el ataque israelí contra una escuela de primaria femenina en la localidad iraní de Minab asciende ya a 148, en su mayoría niñas. Niñas. Esa es la palabra. No les importan las mujeres. No les importan los civiles. Lo que buscan es poder, tierra, recursos. Y el silencio cómplice también es una forma de posicionarse.

Si hoy gobernaran Feijóo y Abascal, la escena sería fácil de imaginar. Otra foto internacional. Esta vez junto a Trump y Netanyahu. Una imagen que simbolizaría un alineamiento automático con las posiciones más duras y militaristas del tablero global. Otra vez España arrastrada a conflictos ajenos en nombre de una supuesta fortaleza.

La experiencia nos dice que esas decisiones no son neutras. No se quedan en lo simbólico. Tienen consecuencias económicas, diplomáticas y humanas. Una guerra se sabe cómo empieza. Nunca se sabe cómo termina.

Frente a ese escenario, la realidad actual es distinta. Pedro Sánchez ha marcado distancias cuando ha sido necesario. Ha defendido una política exterior basada en el respeto al derecho internacional y en la búsqueda de soluciones políticas. No es casual que en los Premios Goya, la actriz Susan Sarandon le dedicara un guiño público: “Su lucidez moral me ayuda a sentirme menos sola”. Más allá del gesto cultural, ese reconocimiento refleja algo que trasciende nuestras fronteras.

Sánchez ha sido claro en sus declaraciones recientes: “Rechazamos la acción militar unilateral de EE.UU. e Israel, que supone una escalada y contribuye a un orden internacional más incierto y hostil. Rechazamos igualmente las acciones del régimen iraní y de la Guardia Revolucionaria. No podemos permitirnos otra guerra prolongada y devastadora en Oriente Medio. Exigimos la desescalada inmediata y el pleno respeto del derecho internacional. Es hora de retomar el diálogo y alcanzar una solución política duradera para la región”.

Ese posicionamiento no es equidistancia. Es responsabilidad. Es entender que el mundo no necesita más gasolina sobre el fuego, sino liderazgo político capaz de frenar la espiral de violencia.

No se trata de idealizar a nadie. Se trata de comparar modelos. Uno que entiende la política exterior como gesto de fuerza y alineamiento automático. Otro que intenta equilibrar intereses, derechos y estabilidad.

El voto importa. Mucho más de lo que a veces creemos. No es solo una elección entre siglas. Es una decisión sobre el lugar que queremos que ocupe España en el mundo. Sobre si queremos ser un actor prudente o un acompañante entusiasta de aventuras militares.

Los votantes del PP y de Vox deberían reflexionar sobre esto. No hablamos de debates abstractos. Hablamos de decisiones que pueden afectar a la seguridad, a la economía y a la convivencia. Hablamos de jóvenes que podrían verse enviados a conflictos lejanos. Hablamos de recursos públicos desviados hacia el gasto armamentístico mientras hay listas de espera en sanidad y aulas saturadas.

Aznar pensó que aquella foto en las Azores le daría liderazgo y peso internacional. Lo que dejó fue una herida profunda en la sociedad española. Una sensación de engaño. Una fractura política que todavía resuena.

Hoy nadie puede decir que no sabe cómo funcionan estas dinámicas. Cuando un líder político evita criticar a quien sube aranceles que perjudican a su país, está enviando un mensaje. Cuando guarda silencio ante vulneraciones graves de derechos humanos, también. Cuando acepta sin debate un aumento masivo del gasto militar, está marcando prioridades.

No es exagerado plantear el riesgo. Es prudente hacerlo. Porque la historia reciente nos ha enseñado que las fotos importan. Y que detrás de cada foto hay decisiones que afectan a millones de personas.

España no necesita otra aventura exterior para ganar relevancia. Necesita estabilidad, empleo, servicios públicos fuertes y una política internacional que defienda la paz y el derecho internacional. Necesita líderes que piensen primero en su gente.

Puede que algunos crean que hablar de una nueva foto de las Azores es alarmismo. Pero el verdadero error sería ignorar las señales. Las guerras no empiezan de un día para otro. Empiezan con discursos, con silencios, con alineamientos acríticos.

La democracia nos da la herramienta para decidir el rumbo. Cada papeleta cuenta. Cada elección dibuja el mapa del futuro. Elegir entre estar en el lado correcto de la historia o repetir errores del pasado no es una cuestión menor. Porque una guerra siempre tiene consecuencias. Y esas consecuencias, tarde o temprano, las pagan siempre los ciudadanos.

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