Hay finales que se viven desde la rivalidad y otras que deberían celebrarse desde el respeto. La Copa del Mundo de 2026 nos ha regalado una de esas historias que trascienden el fútbol: Argentina y España se enfrentarán por el título de campeones del mundo. Y, sin embargo, basta con abrir las redes sociales para encontrar un ambiente que, sinceramente, cuesta entender.

Como argentino que lleva seis años viviendo en España, me sorprende comprobar hasta qué punto parte de la conversación se ha convertido en una competición de desprecio mutuo. Memes ofensivos, insultos, descalificaciones y una necesidad constante de demostrar quién es superior. ¿De verdad hemos llegado a ese punto entre dos países que comparten una de las relaciones históricas y culturales más profundas del mundo hispano?

España y Argentina nunca han sido dos desconocidos. Al contrario. Millones de argentinos tienen raíces españolas y millones de españoles encontraron en Argentina una segunda patria cuando Europa atravesaba algunos de los momentos más oscuros de su historia.

Durante la Guerra Civil Española y los difíciles años posteriores, miles de españoles emigraron a Argentina buscando un futuro que su tierra no podía ofrecerles. Allí encontraron trabajo, estabilidad y una sociedad que les abrió las puertas. Décadas después, esa huella sigue presente en infinidad de familias argentinas, entre ellas la mía.

También forma parte de la historia el apoyo económico y alimentario que Argentina brindó a España en la dura posguerra bajo el gobierno de Juan Domingo Perón. Mientras gran parte del mundo mantenía aislado al régimen franquista, Argentina suministró trigo, carne y otros alimentos fundamentales para aliviar la escasez que sufría la población española. Aquella ayuda forma parte de la memoria compartida de ambos países, más allá de las valoraciones políticas que cada uno pueda tener sobre los gobiernos de la época.

Nuestra relación siempre ha sido mucho más grande que cualquier gobierno de turno.

Por eso cuesta entender cómo hemos llegado a convertir un partido de fútbol en una batalla identitaria.

Quizá el problema sea que durante demasiados años la política ha aprendido a vivir del enfrentamiento. La polarización se ha instalado en casi todos los ámbitos de nuestra vida y el deporte tampoco ha conseguido escapar de ella. Todo parece necesitar un enemigo. Todo debe dividirse entre unos y otros. Incluso cuando hablamos de dos pueblos que, en realidad, comparten idioma, historia, costumbres, familias y una forma muy parecida de entender la vida.

No deja de resultar paradójico.

Argentina y España han compartido emigraciones, intercambios culturales, artistas, escritores, músicos, empresarios y generaciones enteras de familias repartidas entre ambos lados del Atlántico. Las dos selecciones representan, probablemente, a dos de los países que más se parecen entre sí fuera de sus fronteras.

Precisamente por eso esta final debería sentirse diferente.

No es una guerra.

No es una revancha histórica.

No es una cuestión de orgullo nacional llevado al extremo.

Es simplemente un partido de fútbol entre dos países hermanos.

Desde lo personal, vivir esta final tiene un significado muy especial.

Nací y crecí en Argentina. Allí están mis primeros recuerdos, mi infancia, mis amigos y buena parte de quien soy. Es imposible no querer que la Albiceleste vuelva a levantar una Copa del Mundo. Sería una alegría inmensa.

Pero también llevo seis años viviendo en España. Este país me abrió las puertas cuando decidí comenzar una nueva etapa. Aquí he construido mi vida profesional, he encontrado oportunidades que valoro profundamente y puedo dedicarme a aquello que siempre soñé hacer. Además, parte de mi familia proviene de esta tierra. Mis bisabuelos fueron españoles antes de que la historia los llevara al otro lado del océano.

¿Cómo podría alegrarme del fracaso de uno de los dos?

No puedo.

Y tampoco quiero hacerlo.

Si Argentina gana, celebraré con el corazón del país donde nací.

Si España gana, también sonreiré porque será el triunfo del país que me acogió como uno más.

Eso no significa ser menos argentino ni menos español.

Significa entender que la identidad también puede sumar en lugar de dividir.

Para Argentina, la gran carga emocional probablemente ya se vivió en la semifinal frente a Inglaterra. Por razones deportivas, sí, pero también por una historia compleja que ambos países arrastran desde hace décadas. Para muchos argentinos ese era el partido marcado en rojo.

Ahora llega otra historia completamente distinta.

España no representa un enemigo.

Representa una parte importante de lo que Argentina también es.

Y Argentina forma parte, guste más o menos, de la propia historia de España.

Quizá por eso sería bonito que, pase lo que pase el día de la final, el verdadero mensaje fuera otro.

Que gane el mejor.

Que gane quien haga un mejor partido.

Pero que, cuando el árbitro señale el final, recordemos que al otro lado no hay un rival al que odiar, sino un pueblo con el que compartimos mucho más de lo que a veces queremos reconocer.

Porque, al final, esta no debería ser una final entre enemigos.

Debería ser la celebración de dos hermanos que tuvieron la fortuna de llegar juntos al último partido del Mundial.

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