A estas alturas de la política española ya no sorprende que Alberto Núñez Feijóo mienta. Lo hace con una naturalidad inquietante desde que asumió el liderazgo del Partido Popular. Lo verdaderamente grave no es la mentira en sí, sino el contexto: una tragedia con 230 víctimas mortales y un intento deliberado de reescribir los hechos para salvar a un dirigente de su partido. Cuando la mentira se utiliza para tapar responsabilidades en una catástrofe humana, deja de ser una anécdota política y se convierte en una indecencia moral.

Porque Feijóo no solo mintió. Mintió a sabiendas. Mintió durante meses. Y mintió después de haber empeñado públicamente su palabra. “Si os miento, pedid que me echéis del partido”, dijo. Pues bien: ha mentido. Lo ha reconocido ante una jueza. Y, sin embargo, sigue aferrado al cargo como si nada hubiera pasado. Quizá porque aquella promesa solemne también era mentira.

La declaración de Feijóo como testigo en la causa judicial que investiga la gestión de la DANA del 29 de octubre de 2024 ha desmontado, pieza a pieza, el relato que el PP ha sostenido durante más de un año. Un relato construido para exculpar al entonces president de la Generalitat, Carlos Mazón, y para cargar toda la responsabilidad sobre el Gobierno central. Un relato que hoy se cae porque su principal valedor ha tenido que admitir, bajo juramento, que no decía la verdad.

Feijóo aseguró públicamente que Mazón le informó “en tiempo real” de la evolución de la tragedia. Lo repitió dos días después de la catástrofe, incluso sacando pecho frente a Pedro Sánchez. Ahora sabemos que aquello era falso. No hubo información en tiempo real. No hubo contacto previo. No hubo llamadas la víspera. El primer mensaje entre ambos se produjo a las 19:59 del propio día 29, cuando la riada ya estaba causando estragos y había personas muriendo.

No es un matiz menor. Es la diferencia entre estar informado y fingir que se está. Entre asumir responsabilidades y fabricar coartadas. Feijóo reconoció ante la jueza que no habló con Mazón hasta bien entrada la tarde, que no sabía dónde estaba durante las horas críticas y que no tuvo conocimiento directo de las decisiones que se estaban tomando. Aun así, decidió mentir públicamente para protegerlo.

Más aún: admitió que aquella noche supo por WhatsApp que ya había fallecidos y, pese a ello, no llamó por teléfono al president valenciano hasta el día siguiente. Un comportamiento difícil de explicar si, como pretendía vender, estaba siguiendo la situación con preocupación y diligencia. Lo que sí hizo, según los mensajes aportados, fue insistir en algo muy concreto: controlar el relato.

Esa frase lo resume todo. Mientras se perdían vidas, mientras pueblos enteros quedaban arrasados, mientras la alerta llegaba tarde y mal, el líder del PP estaba más preocupado por la comunicación que por la gestión. Ni coordinación, ni exigencia de responsabilidades, ni empatía con las víctimas. Solo cálculo político.

La declaración judicial ha servido también para desmontar otro de los grandes mantras del PP: que la responsabilidad última era del Gobierno central. Feijóo, que gobernó Galicia durante años y gestionó emergencias graves, reconoció ante la jueza algo que siempre supo: las competencias en protección civil y emergencias son autonómicas. Lo dijo con claridad, aunque su partido lleve meses diciendo lo contrario.

No solo eso. Admitió que desconocía el funcionamiento del CECOPI, el órgano que coordinó la crisis, y que ignoraba dónde se encontraba Mazón en el momento clave en que debía activarse la respuesta. Tampoco sabía nada de la larga comida en el restaurante El Ventorro, ni que fue pagada por el PP valenciano. “Sé lo mismo que ustedes por la prensa”, llegó a decir. Una confesión demoledora para quien se presentaba como informado “en tiempo real”.

La contradicción entre lo que Feijóo dijo públicamente y lo que ha reconocido ante la jueza es total. Y no se trata de un lapsus ni de un error de fechas, como intenta vender Génova. Se trata de una mentira sostenida durante 14 meses porque políticamente convenía. Como han señalado las asociaciones de víctimas, no hay malentendido posible cuando una falsedad se mantiene de forma consciente y reiterada.

Especialmente grave es también la contradicción en torno a los fallecidos. Feijóo afirmó ante la jueza que Mazón le informó de muertes la misma noche del 29 de octubre. Sin embargo, el propio Mazón aseguró en sede parlamentaria que no tuvo conocimiento de víctimas mortales hasta el día siguiente. Alguien miente. Y todo apunta a que no es la primera vez.

Pese a este panorama, el PP ha cerrado filas. Sigue defendiendo que hubo información “en tiempo real” desde las 19:59, como si eso borrara todo lo anterior. Como si informar cuando la tragedia ya está desatada equivaliera a una gestión responsable. Como si 23 WhatsApps sustituyeran la ausencia de liderazgo político.

Mientras tanto, las víctimas hablan con una claridad que contrasta con el cinismo de la cúpula popular. “Ha mentido a las víctimas, a los valencianos y a los españoles”, ha dicho la presidenta de la asociación de familiares. Y ha añadido algo fundamental: sostuvo la mentira porque le venía bien políticamente. Esa es la clave.

Feijóo no mintió por error. Mintió para salvar a Mazón. Y al hacerlo, ligó su destino político al de un dirigente cuya gestión fue, como mínimo, negligente. No solo lo mantuvo un año al frente de la Generalitat, sino que después se le recompensó con un escaño y una presidencia de comisión. La impunidad como norma.

Por eso resulta inevitable volver a aquellas palabras solemnes de Feijóo: “Si os miento, pedid que me echéis”. Ya no es una consigna de campaña. Es un compromiso incumplido. Y la pregunta es inevitable: ¿a qué espera para cumplirlo?

Cuando la mentira se convierte en método, deja de ser una estrategia y pasa a ser una forma de entender la política. Pero cuando esa mentira se utiliza para tapar responsabilidades en una tragedia con 230 muertos, lo que queda al descubierto no es solo un dirigente desacreditado, sino una forma de hacer política profundamente inhumana.

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