Hay canciones que describen mejor la política que muchos discursos. “Sin ti no soy nada”, cantaba Amaral. Y hoy esa frase encaja con precisión en la relación entre Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal. Ya no es una alianza táctica. Es una dependencia política asumida. El Partido Popular ha dejado de disimular: sin Vox no hay alternativa, y sin Vox no hay poder.

El último documento de negociación lo deja claro. El PP no solo acepta hablar con Vox. Acepta negociar en sus términos, punto por punto, bajo sus exigencias y con su marco ideológico como referencia. No es una suma entre iguales. Es la constatación de que Feijóo necesita a Abascal para existir políticamente como alternativa real.

El portavoz socialista en el Congreso, Patxi López, lo resumía con dureza esta semana: mientras el Gobierno impulsa decretos para ayudar a la gente, el PP no presenta propuestas propias y se dedica a enfangar el debate con bulos y confrontación. La crítica es política, pero también estratégica. Porque detrás del ruido hay una realidad incómoda: el PP no tiene mayoría social ni parlamentaria sin la ultraderecha.

Feijóo llegó a Madrid prometiendo moderación. Quería ser el gestor solvente, el líder tranquilo que ampliaría el espacio del centro. Pero esa promesa se ha ido diluyendo. Cada negociación con Vox estrecha ese margen. Cada concesión refuerza la idea de que el PP ya no marca la línea, sino que la sigue.

Las concesiones no son simbólicas. En inmigración, el discurso del PP se ha endurecido de forma evidente. Ha asumido un lenguaje que antes evitaba y ha adoptado planteamientos que hace pocos años consideraba excesivos. En igualdad, ha comprado marcos de crítica contra leyes y consensos consolidados. En memoria democrática, ha dado pasos atrás que coinciden punto por punto con las exigencias de Vox.

No se trata de matices. Se trata de orientación política. Cuando Vox exige negociar cada medida y el PP acepta esa dinámica sin marcar límites claros, el mensaje es inequívoco: la alternativa de Gobierno está condicionada desde el inicio.

También en el modelo territorial se han visto gestos claros. El endurecimiento del discurso sobre las comunidades autónomas, los guiños a fórmulas de recentralización y la retórica sobre la “unidad” encajan más con la agenda de Abascal que con la tradición autonomista que el PP defendió durante años. La evolución no es casual.

Feijóo puede alegar que la política es aritmética. Que gobernar exige sumar. Pero la suma nunca es neutra. Cuando uno de los socios es imprescindible, el equilibrio se rompe. El que tiene la llave impone condiciones. Y hoy esa llave la sostiene Vox.

El problema para el PP es doble. Por un lado, consolida un bloque duro que puede movilizar a su electorado más ideologizado. Por otro, pierde atractivo para votantes moderados que buscaban una alternativa sin extremos. El espacio de centro que Feijóo decía querer ocupar se estrecha cada vez más.

La estrategia del Partido Popular en los últimos meses ha girado en torno a la confrontación constante con el Gobierno. Críticas permanentes, acusaciones graves, deslegitimación continua. Ese clima beneficia a Vox, que se mueve con comodidad en el terreno de la polarización. Cuanto más bronco es el debate, más se difuminan las diferencias.

El documento de negociación no es un simple papel. Es la confirmación de un cambio profundo. El PP ya no actúa como un partido que busca apoyos puntuales. Actúa como un partido que asume que su proyecto depende estructuralmente de la ultraderecha.

La pregunta clave es quién lidera realmente ese bloque. Cuando el PP acepta negociar bajo el marco ideológico de Vox, cuando adopta parte de su agenda y cuando evita marcar distancias claras, la relación deja de ser una alianza instrumental y pasa a ser una dependencia política.

Desde el PSOE sostienen que el contraste es evidente: un Gobierno que legisla, que impulsa medidas sociales y económicas, y una oposición que ha renunciado a construir una alternativa propia y se limita a integrar el discurso de la ultraderecha en su estrategia.

Habrá quien diga que esto es política de bloques. Es cierto que la izquierda también gobierna en coalición. Pero la diferencia está en el contenido y en los límites. El PP no está sumando desde una posición autónoma. Está ajustando su discurso para no perder el respaldo de Vox.

“Sin ti no soy nada” no es solo una metáfora. Es una descripción política. Sin Vox, Feijóo no tiene mayoría. Sin Vox, el PP no puede presentar una alternativa viable. Y cuando un partido nacional asume que necesita a la ultraderecha para gobernar, redefine su identidad.

El riesgo no es solo electoral. Es institucional. Normalizar determinadas posiciones desplaza el marco democrático. Lo que antes era extremo se convierte en negociable. Lo que antes era una línea roja pasa a ser moneda de cambio.

Feijóo aún podría intentar marcar perfil propio. Podría fijar límites claros. Podría rechazar determinadas exigencias. Pero hasta ahora ha elegido otro camino: el de la integración progresiva de la agenda de Vox en su estrategia nacional.

Puede que esa apuesta le permita consolidar un bloque sólido frente al Gobierno. Pero también puede convertir al PP en rehén permanente de su socio imprescindible. Y cuando la dependencia se hace estructural, la autonomía desaparece.

La política española atraviesa una etapa de polarización intensa. En ese contexto, el Partido Popular ha tomado una decisión estratégica: asumir que su camino hacia La Moncloa pasa inevitablemente por la puerta que custodia Abascal.

La cuestión es si el PP quiere ser un partido de gobierno con proyecto propio o el socio mayoritario de un bloque definido por la ultraderecha. Porque cuando la frase “sin ti no soy nada” deja de ser una canción y se convierte en una estrategia, las consecuencias son profundas.

Y esas consecuencias no se medirán solo en pactos o documentos. Se medirán en credibilidad, en liderazgo y, finalmente, en las urnas.

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