Llegamos a las elecciones andaluzas a la velocidad propia de los tiempos que corren: sin tiempo para procesar nada, ni siquiera a los procesados de Almería, pero con tiempo de sobra para posar. Y ahí está Juan Manuel Moreno Bonilla, convertido de repente en un artista, artista residente de la comunidad autónoma.
Camina, más bien levita, sobre las aguas de cada crisis. Las lágrimas de cada tragedia, etiquetadas como “suyas”. Confesión. Psicólogo. Plano 3:4. Falta poco para que nos regale un directo cocinando gazpachuelo mientras reflexiona sobre resiliencia, su proceso de deconstrucción o consejos sobre cómo emprender con valor y valores. Of course.
El arco narrativo está más cuidado que el arco parlamentario, y el tránsito ya se ha completado. De la persona al político, del gestor al icono. Moreno Bonilla, artista sin aristas. No hay error que no se suavice ni contradicción que no se edite. Es una portada de revista en movimiento o del movimiento. Andalucía es un estado de ánimo, y él, su principal embajador. Sonrisa, empatía, luz. Good vibes. Una especie de tío institucional de Las Pombo, sin casa en Cantabria. Ah, no, que fue diputado por Cantabria.
Y, en este proceso, la comunidad parece a punto de hacer un rebranding completo. Cambiemos el blanco y verde de la bandera por un blanco roto, camel y un verde ligeramente más militar, mucho más combinable con la estética general. En su Andalucía, los problemas no desaparecen (sería demasiado vulgar; eso lo hacen los comunistas), aquí se reformulan, se estilizan, se vuelven presentables. Elegancia, por favor. Gracias.
En Andalucía no se respira miseria, huele a Corte Inglés. La sanidad no colapsa, se tensiona. La educación no se deteriora, se adapta. La precariedad no existe; queda refutada por la densidad de las terrazas a las ocho de la tarde. Y la vivienda… bueno, la vivienda es una cuestión de mérito, casi de vocación.
Y así, Andalucía avanza, pero en stories de 15 segundos de nuestro artista residente. Se desliza hacia una versión de sí misma donde lo importante es lo bien que se cuenta. Y, mientras todo encaja en pantalla, fuera de ella se acumula y se escribe otra historia que ya ni siquiera merece relato ni retrato para nuestro artista.
Pero tampoco conviene exagerar. Al final, gobernar para Moreno Bonilla es conseguir que la realidad acabe pareciéndose a su feed. Y, si no se parece, peor para la realidad.