En este siglo que se nos está haciendo eterno, todas las calamidades o problemas que sufrimos tienen un culpable colectivo, distante, difuso. Si se habla de las drogas, el énfasis se pone en las mafias, en las tramas que blanquean el dinero del narcotráfico, que todas son culpables, por supuesto, pero pocas veces se menciona a las personas que las consumen y que alimentan con su demanda un circuito letal. Lo mismo cabe decir de la prostitución y la esclavización de los seres humanos.

Miramos para otro lado cuando colegas o amistades se meten una raya o toman una pastilla en una madrugada de discoteca, o cuentan como una gracia que han visitado un prostíbulo de carretera, con todas esas mujeres sometidas. Lo mismo ocurre en debates o tertulias en los medios: a los expertos o representantes institucionales les cuesta mucho bajar al terreno de la responsabilidad personal.

Si se toca el problema de la vivienda, un problema muy complejo con muchas vertientes que, desde luego, no se arregla con un simple cambio de gobierno, el abordaje mediático sigue el mismo patrón: grandes tenedores, los fondos de inversión extranjeros que acuden a valores seguros, la gentrificación y el impacto del turismo.Todas rigurosamente verdad y responsables en su mayor parte. Pero tampoco se habla del especulador individual, ese pequeño propietario que sube el precio del alquiler sin motivo, simplemente porque puede, arrastrado por la codicia de sacar la mayor tajada. Son también miles.

Tras la tragedia de la dana, el precio de los alquileres en Valencia se disparó aprovechando la desgracia. Un triste espectáculo de pequeñas sanguijuelas anónimas alimentándose del infortunio del prójimo. Muchos dirán que es el mercado y sus reglas, la coartada cómoda para exonerar de responsabilidad a la avaricia de cada uno, que a la hora de la verdad se comporta con el piso que quizás ha heredado como el más despiadado fondo buitre.

Prácticamente, ninguna cuestión importante se libra de este ejercicio masivo de redención de responsabilidades individuales. El racismo y el machismo crecen a expensas de la falta de valentía personal para no dejar pasar una gracieta o chiste de mal gusto de un familiar, un amigo o un colega de trabajo

En el ámbito de la política, se reproduce el esquema que venimos comentando: la responsabilidad de la deriva ultra y dictatorial de los partidos secuestrados por liderazgos tóxicos y criminales se achaca a las cúpulas dirigentes, pero se pasa de puntillas por la responsabilidad de los votantes de esas formaciones, a los que prácticamente se describe como almas cándidas, sin voluntad, dirigidos por una tiranía hipnótica. Y a esos electores los tenemos muy cerca: en la familia, en el trabajo, entre los amigos de siempre.

También ocurre en las iglesias y en las comunidades religiosas, muchas de ellas dominadas por postulados integristas y ultras, en las que los fieles más templados hacen oídos sordos  a los excesos y salidas de tono de sus hermanos y de sus pastores

En estos tiempos de individualismo feroz provocado por un liberalismo salvaje y un capitalismo depredador, parece que la tendencia es la de escurrir el bulto y ampararse en la flojera ambiente para olvidarnos de nuestros deberes y obligaciones éticas. No por mucho que insistan en el rearme, tenemos que abandonar la búsqueda de la paz. Aunque la ultraderecha insista en que la Agenda 2030 es una cosa superada y woke, no podemos abdicar de nuestras convicciones ecológicas.

El tiempo que nos ha tocado vivir exige mirar a los ojos, dialogar y escuchar con sinceridad, oponerse a la libre circulación de las mentiras que inundan las redes sociales, debatir e intentar convencer con la palabra y nunca con el insulto.

Súmate a

Apoya nuestro trabajo. Navega sin publicidad. Entra a todos los contenidos.

hazte socio