Me da una pereza inmensa viajar en verano. Y antes de que alguien se lance a interpretarlo como un síntoma de decadencia o de derrota vital y me recomiende tomar ashwagandha o magnesio, reivindico la pereza como un derecho fundamental, una huelga preventiva contra el deber permanente de aprovechar el tiempo. Decía Javier Krahe que iba a lanzarse a hacer la canción del verano, aunque tenía un pequeño inconveniente, no trabajaba en verano. Pues de esa feliz forma de holgazanería estival va esta columna.
Me alegro muchísimo por quienes descubren playas vírgenes, pueblos con encanto y restaurantes donde el tomate sabe a tomate y el Aperol sabe a Aperol. Sois mi entretenimiento en las redes con esas sunsets en la Gran Chinganga. Que no digo yo que el Quinto Pino esté mal, pero no termino de entender esa obligación de estrenar mapa cada agosto. Será la única virtud o defecto de mis canas, pero cada verano me interesa menos descubrir un sitio nuevo y más comprobar que los de siempre siguen donde los dejé.
Para mí las vacaciones consisten, precisamente, en volver a lo mismo. Que Marta nos ponga, antes siquiera de que nos sentemos, justo lo que queremos, porque nos conoce mejor que el algoritmo. Reconocer las mismas caras que solo existen en julio y agosto. Saber cuándo afloja o aprieta el levante sin consultar ninguna aplicación. Salir a dar un paseo después de comer y volver cuando ya han recogido las sillas de los bares porque, bueno, se complicó o, como me gusta a mí decir, se facilitó la cosa. Días que desde fuera parecen idénticos y, sin embargo, nunca lo son. El eterno retorno nunca me ha dado demasiado miedo; al contrario, si existe una época del año que merezca repetirse infinitamente, es esta. Esa en la que alguien escribe en el grupo un escueto «¿playa?» y, como toda organización sólida de antaño, por supuesto, nadie concreta una hora ni un lugar. Maravilla.
Entiendo el verano como una colección de días, días que parecen iguales y, sin embargo, nunca lo son. Hay una tranquilidad inmensa en levantarse sabiendo que probablemente hoy ocurra casi lo mismo que ayer. Igual en el sentido más democrático de la palabra. La felicidad veraniega para mí consiste menos en que pasen cosas nuevas que en comprobar que las mismas cosas siguen teniendo algo nuevo que decir. Hoy el baño ha durado más. Estupendo. Hoy había huevas de choco en el mercado. Muchísimo mejor. La gran decisión del día consiste en si el paseo será hacia la derecha o hacia la izquierda y que no sea una cuestión política.
Lo único que cambia todos los días para seguir siendo exactamente lo mismo es la puesta de sol. Hoy caerá dos minutos más tarde, pero mañana habrá una nube donde ayer no la había. Pasado mañana el levante dejará el cielo un poco más limpio. Sara dirá que esta ha sido la mejor del verano y Marina responderá que la de anteayer tenía unos tonos mucho más bonitos. Y allí estaremos todos, puntuales, mirando al mismo sol que lleva miles de millones de años haciendo exactamente lo mismo sin perder jamás la capacidad de sorprendernos. Siempre la esperamos como si fuera un acontecimiento irrepetible y, en realidad, lo es, porque nunca vuelve a ponerse exactamente igual. Cambia tan poco que parece que no cambia nada, y sin embargo cada día el espectáculo es completamente distinto.
Mi grupo de amigos lleva veinte años pasando el verano como si todavía tuviera veinte años. Algunos, con ese tono entre paternalista y condescendiente que suele esconder cierto olor a envidia, dirán que seguimos siendo unos niñatillos. Puede ser porque ese ha sido siempre el plan, una pequeña forma de resistencia, quizá frívola, frente a un mundo que pretende convertir hasta el ocio en una obligación. Nos habéis pillado. Cáspita. Nosotros seguimos aspirando a “perder el tiempo” con una dedicación casi profesional durante el verano.
El verano conserva una inocencia que solemos atribuir a la juventud. No es que durante quince días volvamos a tener veinte años; es que durante quince días le damos al botón de postponer la vida. Recuperamos esa manera de vivir el tiempo, cuando un verano parecía durar una vida entera y nadie sentía la obligación de convertirlo en obligaciones. Nuestra juventud eterna no está en el colágeno, ni en los suplementos del gimnasio, ni en el bótox. No, no. Es algo bastante más complicado, conseguir que en agosto estaremos todos, haciendo lo de siempre, nada o todo. Sin determinar.
En estos veinte años han llegado novios, novias, maridos, esposas e hijos que ahora corretean donde antes corríamos nosotros. Unos se van, no soportan nuestra insoportable levedad del ser; otros, por fortuna, siguen. Recuerdo que una amiga escribió allá por febrero “Fulanito dice que este verano vayamos a otro sitio y no a Zahara. Creo que es motivo de ruptura”. Nos reímos mucho, porque tú puedes negociar el reparto de las tareas domésticas e incluso el nombre de los hijos, pero hay principios constitucionales que no admiten reformas. Si no compartes mis valores veraniegos, lo siento. No tengo otros.
Volver, en una época que ha convertido la novedad en una obligación, tiene mucho de insumisión. Mi “Nunca Jamás” existe, pero ese Nunca Jamás no es tal cual; es un tiempo mental y carnal, es el 1 de agosto, los mismos amigos, la misma playa y la ilusión de que algunas cosas merecen repetirse. Y, visto cómo está el mundo, no se me ocurre un destino más exótico que este. Aunque es cierto, como decía también nuestro Javier, que cuando se hacen canciones de amor uno siempre exagera un poquillo.
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