La derecha española no odia a José Luis Rodríguez Zapatero por casualidad. Le odia porque nunca pudo con él. Ni en el debate de valores, ni en la gestión, ni en la historia. Y cuando no se puede derrotar a alguien en el terreno de las ideas y los hechos, solo queda el fango, la difamación y la mentira. El Partido Popular lleva más de veinte años intentando ajustar cuentas con Zapatero porque representa justo lo que ellos nunca han sido: un presidente que amplió derechos, fortaleció la democracia y puso la política al servicio de la gente.
Ese odio visceral se explica por dos razones fundamentales. La primera, su inmensa gestión social como presidente del Gobierno. La segunda, su papel internacional, especialmente en Venezuela, donde ha hecho más por la libertad de presos políticos que toda la derecha española junta. Zapatero molesta porque demuestra que la diplomacia útil, silenciosa y constante sirve para salvar vidas. Y eso deja en evidencia a quienes solo saben gritar desde el púlpito mediático.
La derecha nunca pudo con Zapatero cuando ganó las elecciones de 2004, pese a que Aznar y el PP estaban convencidos de que la victoria era suya. Nunca le perdonaron que desmontara su relato, que ganara con un proyecto basado en derechos, convivencia y progreso. Tampoco le perdonaron que fuese un presidente socialista quien lograra derrotar definitivamente a ETA en 2011, junto a Alfredo Pérez Rubalcaba como ministro del Interior y Patxi López como lehendakari. Ese final del terrorismo no encaja en el marco mental del PP, y por eso intentan reescribir la historia.
Gabriel Rufián lo resumió de forma brillante en el Congreso cuando preguntó por qué el PP odia tanto a Zapatero. Y se respondió: porque les ganó en 2004, porque derrotó a ETA en 2011 y porque levantó la campaña electoral de 2023 cuando daban por hecho que Feijóo sería presidente sin despeinarse. No es manía: es frustración política acumulada durante dos décadas.
Y es que ya les gustaría a muchos españoles que todos los expresidentes fueran tan útiles al interés general como lo es Zapatero. Tras dejar el cargo, no se fue a ninguna puerta giratoria, no se convirtió en consejero de multinacionales ni en lobista del Ibex. Eligió seguir trabajando por la democracia, por la convivencia y por la paz. Algo que le honra y que deja muy mal a quienes han hecho exactamente lo contrario.
Zapatero fue el presidente que creó la Unidad Militar de Emergencias, que llenó la hucha de las pensiones que después vació el Gobierno de Rajoy, y que aprobó el cuarto pilar del Estado del Bienestar: la Ley de Dependencia. Una ley histórica para atender a las personas dependientes, apoyar a sus familias, crear empleo y garantizar derechos. Una ley en la que el PP nunca creyó y que siempre ha intentado recortar o desmantelar.
Pero si hay un ámbito donde Zapatero marcó un antes y un después fue en la ampliación de derechos civiles. Fue el presidente de la igualdad. La primera ley que aprobó fue la de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, convirtiendo por primera vez la violencia machista en una cuestión de Estado. El PP se opuso, como siempre, y hoy presume de una ley que combatió con uñas y dientes.
También impulsó la Ley de Igualdad efectiva entre mujeres y hombres, otra conquista histórica que el PP recurrió ante el Constitucional. Gracias a esa ley, muchas mujeres dejaron de ser invisibles en la política y en la vida pública. Aunque a algunas, como Ayuso, aún no les haya llegado el aviso.
Y España fue el tercer país del mundo en legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo. El PP dijo que se acabaría la civilización, fue al Constitucional, llamó al Papa y sacó a los obispos a la calle. Años después, Rajoy gritaba “vivan los novios” en la boda de Maroto. Esa es la coherencia moral de la derecha.
Todo esto explica el odio, pero no lo justifica. Lo que termina de desatar la rabia es su papel en Venezuela. Zapatero ha intervenido desde hace casi una década en procesos de diálogo entre el Gobierno venezolano y la oposición y ha sido clave en la liberación de al menos 72 presos políticos desde 2016, incluidos ciudadanos españoles. Siempre con discreción, sin exhibicionismo y sin propaganda, negociando durante meses allí donde otros solo sabían imponer sanciones o levantar muros retóricos.
En ese contexto se enmarca su reciente presencia en Caracas, invitado a participar en el Programa para la Convivencia Democrática y la Paz impulsado por la vicepresidenta venezolana, Delcy Rodríguez. Zapatero fue recibido en el Palacio de Miraflores y participó en jornadas de trabajo junto al coordinador del programa, en una iniciativa destinada a favorecer el diálogo entre sectores coincidentes y divergentes de la sociedad venezolana. Su papel ha sido reconocido tanto por las autoridades venezolanas como por el propio presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, que ha defendido su labor silenciosa frente a los ataques del PP.
No se trata de gestos simbólicos, sino de resultados concretos. El propio Gobierno venezolano ha agradecido los buenos oficios de Zapatero - junto a Lula da Silva - en las primeras excarcelaciones de presos políticos y en el impulso de una ley de amnistía que podría marcar un antes y un después en el país. Zapatero ha defendido que esa amnistía sea lo más amplia posible y que los tiempos sean rápidos, convencido de que la reconciliación es una demanda mayoritaria de la sociedad venezolana.
No, no ha sido Trump. Ha sido Zapatero. Sin ruido, sin focos, sin tuits incendiarios. Y eso es lo que más duele a la derecha: que la diplomacia silenciosa funciona, que el diálogo salva vidas y que mientras Cayetana, Ayuso, Aznar, Abascal o Feijóo se dedican a insultar desde platós y redes sociales, Zapatero consigue resultados reales.
Resulta además especialmente obsceno que el PP ataque ahora a Zapatero por Venezuela cuando fue el propio Gobierno de Mariano Rajoy el que avaló su papel como mediador y enviado internacional. Hoy su labor es reconocida por actores internacionales, pero la derecha prefiere la mentira al reconocimiento, porque la verdad les deja desnudos.
Y para desnudos, los silencios. En los papeles del caso Epstein ha aparecido el nombre de José María Aznar. ¿Se imaginan qué habría pasado si el nombre que apareciese fuese el de Zapatero? España entera estaría ardiendo mediáticamente. Pero cuando el implicado es uno de los suyos, callan. Ese doble rasero explica mejor que nada el odio a Zapatero y la impunidad histórica de la derecha.
José Luis Rodríguez Zapatero siempre ha trabajado por la libertad y la democracia, pese a quien pese. La historia pondrá a cada uno en su lugar: a quienes ampliaron derechos y construyeron país, y a quienes solo supieron embarrar el terreno. Y en esa historia, Zapatero ya ha ganado.
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