Hay una diferencia decisiva entre reconocer que uno no sabe algo y exhibir esa falta de conocimiento como un mérito. La primera actitud es honesta, incluso inteligente: nadie puede saber de todo y admitir los propios límites es el punto de partida para aprender. La segunda se ha extendido con inquietante naturalidad: la ignorancia ya no se disimula, sino que se proclama con orgullo, como si no leer, no informarse o despreciar el conocimiento fuese una prueba de independencia personal.

No es una impresión menor ni un asunto reservado a las conversaciones de sobremesa. Tiene consecuencias culturales, sociales y políticas. Una ciudadanía que renuncia a comprender cómo funcionan las instituciones, qué dicen los datos o de dónde proceden los relatos que consume es una ciudadanía más vulnerable a la manipulación. Y quienes desean manipularla lo saben perfectamente.

El saber como sospecha

Durante décadas, determinados sectores sociales han asociado la cultura con la distancia, la pedantería o el privilegio. No les faltan razones para desconfiar cuando el conocimiento se usa como una barrera de clase, cuando una jerga innecesaria sirve para humillar o cuando algunos titulados confunden formación académica con superioridad humana.

Pero de esa crítica legítima se ha extraído una conclusión tramposa: que aprender es una forma de elitismo y que despreciar el saber constituye una rebelión popular.

No lo es. Elitista no es quien defiende que todo el mundo tenga acceso a la educación, a los libros, a la ciencia y a la historia. Elitista es quien convierte esos instrumentos de libertad en bienes reservados para una minoría. La cultura no debería servir para marcar diferencias entre personas; debería permitir que nadie dependa de otros para entender el mundo en el que vive.

Presentar la ignorancia como autenticidad equivale a desarmar a quienes menos poder tienen. Quien no conoce sus derechos difícilmente puede defenderlos. Quien desconoce la historia está más expuesto a repetir sus derrotas. Quien no distingue una información contrastada de una falsedad interesada se convierte en una pieza fácil de mover en el tablero de la propaganda.

El negocio de la ignorancia

Las redes sociales han agravado el problema. No porque internet sea culpable de la falta de cultura —nunca hubo tantas posibilidades de acceder al conocimiento—, sino porque su arquitectura recompensa otras cosas. Premia la contundencia sobre el matiz, la reacción inmediata sobre la reflexión y la frase ingeniosa sobre el argumento.

En ese ambiente, la duda parece debilidad. Decir “no lo sé” puede percibirse como una derrota; decir una barbaridad con absoluta seguridad, como una muestra de carácter. La persona que dedica años a estudiar un asunto debe resumir su razonamiento en unas líneas. Quien no ha leído una sola página sobre él puede obtener miles de aplausos con una ocurrencia, una mentira bien empaquetada o una conspiración que confirme los prejuicios de su público.

Esta dinámica ha producido una falsa democratización de la opinión. Toda persona tiene derecho a expresarse, por supuesto. Pero ninguna democracia funciona si se niega la diferencia entre opinar y saber, entre una intuición y una prueba, entre una experiencia individual y un conocimiento construido con método.

No es autoritario pedir fuentes. No es soberbio exigir contexto. Y no es censura señalar que una afirmación es falsa.

La política de la simplificación

El desprecio hacia el conocimiento resulta especialmente útil para ciertos dirigentes. Quien convierte cualquier problema complejo en un eslogan ofrece una recompensa emocional inmediata: evita al público el esfuerzo de pensar y le proporciona culpables claros. Los inmigrantes, los ecologistas, los periodistas, los profesores, las feministas, Europa, “la élite” o cualquier otro grupo susceptible de ser presentado como amenaza.

La complejidad no suele ser popular, pero es la materia de la que está hecha la realidad. El precio de negarla es alto. Cuando se discute sobre sanidad, vivienda, incendios forestales, empleo o educación, no basta con repetir consignas. Hay decisiones presupuestarias, intereses empresariales, competencias institucionales y consecuencias humanas concretas.

Sin embargo, la retórica populista se alimenta de una promesa tan seductora como falsa: que comprender no hace falta, que basta con sentir. Y cuando el debate público se organiza alrededor del enfado en lugar de la evidencia, gana quien grita más alto, no quien tiene mejores razones.

Recuperar el valor de preguntar

Quizá el primer paso consista en devolver dignidad a una frase sencilla: “No lo sé”. Es una frase que abre puertas. Permite escuchar, consultar, leer y revisar una posición. Debería ser motivo de respeto, no de burla.

Lo verdaderamente preocupante no es que una persona desconozca una fecha histórica, un concepto científico o el funcionamiento de una ley. Eso le ocurre a cualquiera. Lo preocupante es la negativa a saber, el orgullo de no haber leído, la hostilidad hacia quien aporta un dato y la convicción de que la ignorancia propia vale más que el conocimiento ajeno.

No necesitamos una sociedad de expertos en todo. Necesitamos una sociedad con curiosidad, con humildad intelectual y con herramientas para distinguir los hechos de las consignas. Una sociedad en la que preguntar no sea vergonzoso y en la que negarse a aprender deje de parecer admirable.

Porque la ignorancia nunca ha sido inocente cuando se convierte en doctrina. Y quienes la celebran no siempre son quienes terminan pagando sus consecuencias.

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