"Del dicho al hecho hay mucho trecho" afirma el refrán que resume la enorme dificultad a la hora de convertir las normas en acciones concretas. En inglés, su equivalente más exacto es easier said than done (es más fácil decirlo que hacerlo). Es una realidad universal que reflejan la mayoría de los idiomas.
En estos días en los que a falta de una buena serpiente de verano los medios redundan hasta el hastío en los casos de corrupción de la izquierda y silencian los de la derecha, hay que volver sobre la necesidad de que cualquiera institución pública se esfuerce en hacer cumplir sus códigos éticos y normas hasta el último empleado de su relación de puestos de trabajo.
Es encomiable que empresas, administraciones, partidos, sindicatos y organizaciones religiosas se doten de códigos éticos, protocolos contra los distintos abusos posibles... y que sus abogados mantengan actualizado el cumplimiento normativo al que están obligadas legalmente. Pero si todo este aparato jurídico no se acompaña de una apuesta diaria y concreta por combatir la cultura bien arraigada de "mirar para otro lado," de "no meterse en líos, " de "no significarse" y de opacidad interna y externa, la realidad seguirá ofreciéndonos espectáculos lamentables de incoherencia, hipocresía o lavado de imagen.
Los equipos directivos de todo tipo de organizaciones siguen considerando las normas sobre cuestiones sectoriales como igualdad, ecología, inclusión, accesibilidad, equidad y diversidad como algo accesorio, escasamente integrado en el núcleo duro de su propósito y en el corazón de su negocio.
Dos ejemplos concretos de lo que vengo comentando, relacionados con el reciclaje y la recogida selectiva de residuos vistos estos días en Andalucía. En Ayamonte (Huelva), un camión de los que vacían los contenedores de papel y cartón, vacía un contenedor y lo vuelve a depositar en la calzada con sus orificios bloqueados por un enorme embalaje de cartón, que impedía depositar papeles y cartones a cualquier usuario interesado en cumplir con sus deberes cívicos.
Y otro ejemplo muy común, camareros de bares que a la hora de volcar sus contenedores de vidrio en los contenedores de la calle lo hacen de manera descuidada, dejando vidrios rotos en la acera o introduciendo cartón en el de plástico o viceversa.
Podríamos subir a niveles de alta administración y encontrar malas prácticas de todo tipo asumidas como "picaresca" inevitable. Porque la desidia es una escalera: empieza en el contenedor mal gestionado y termina en despachos oficiales. No hay más que mirar estos días el caso gravísimo de la justicia francesa, con miles de denuncias por abuso sexual de menores sin tramitar por pura negligencia institucional
Sí, la desconfianza en las instituciones y en la democracia se nutre de este magma de sectarismo corporativista que justifica los trapos sucios propios y dicta anatema sobre los ajenos, del negacionismo generalizado de los ultras que ignoran todas las evidencias de lo que no coincide con sus aprioris ideológicos.
Por favor, no legislen más hasta que no sean capaces de hacer cumplir las normas ya vigentes.
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