Me vais a permitir que cambie un poco el tono habitual de esta columna. Ha sido un curso intenso, con retos y muchas alegrías profesionales. Para mi, esta columna ha sido una de esas alegrías y es por ello que no la paro ni en verano. En mis días de descanso esta es la única obligación profesional que he deducido mantener, pero inevitablemente estas serán columnas algo diferentes. Estoy pasando unos días con mi marido en una isla del Docecaneso griego y desde aquí las cosas que suelen ocupar estas líneas parecen un poco menos importantes. No veo las noticias, no veo televisión, no leo periódicos, las noticias que me llegan son a través de mis amigos y nada me puede gustar más que desconectar a este nivel.
La isla en que pasamos nuestros primeros días de vacaciones está pegada a las costas de Turquía, en un trocito del Egeo donde la vida pasa más despacio, con mejor letra. La historia de este trozo de tierra está inevitablemente marcada por siglos de guerras entre griegos y turcos. Batallas, invasiones, cuatrocientos años de dominación turca y ahora una independencia que les costó derramar la sangre de muchos compatriotas para conseguirla. Aún así, donde quieras que vayas encuentras a griegos y turcos conviviendo en armonía. En las mismas plazas de pueblo donde se erigen monumentos que recuerdan a los caídos en las guerras entre ambos pueblos, hoy cenan juntos griegos y turcos.
En los tiempos que corren, donde las diferencias con quien no piensa como nosotros parecen irreconciliables, me da esperanza ver como siglos de conflicto se olvidan en Samos entre Griegos y Turcos. Ahora pesan más las cosas que les unen que aquellas que durante siglos los enfrentaron. Recorremos la carretera de la costa del lado de la isla que linda con Turquía. Hay presencia militar que actúa para persuadir la inmigración ilegal. Vemos como un convoy ha interceptado a un grupo de migrantes que decepcionados se sientan mirando al suelo. ¿De qué habrán huido para hacerse a la mar e intentar llegar a un pedazo de tierra europea en medio del Egeo? Seguimos la carretera y llegamos a una pequeña cala donde un niño nórdico rubísimo juega al pilla pilla con sus padres. Las dos caras de una moneda, a unos metros de distancia pero a kilómetros en cuanto a derechos. La suerte de nacer en el código postal adecuado.
En esta isla los olivos milenarios están por todas las partes. Sus retorcidos troncos son inabarcables por el brazo de cualquier ser humano. Estos venerados árboles cumplen dos funciones para los isleños, les proporcionan dos bienes preciados: aceite y sombra. Quizás por eso los griegos estén tan orgullosos de sus olivos y en cada ocasión que pueden aprovechan para contarte las bondades de su aceite, oro líquido griego. Pienso que esos olivos no son tan diferentes de la señora Sofía, la dueña de la casita que hemos alquilado, que cada mañana nos pregunta preocupada si estamos a gusto o si necesitamos algo. Como un olivo, nos da sombra y aceite.
A pesar de no ver las noticias, hay noticias que te alcanzan de forma inevitable. Vemos el partido de semifinal del mundial que nos clasifica para la final y pienso mucho en el poder del fútbol. Nunca he sido gran fan de este deporte, pero me emociona ver como los palestinos celebran como propia la victoria de nuestra selección. Si el fútbol tiene el poder de hacerles olvidar el horror de un genocidio por 90 minutos ¿quién soy yo para criticar el fútbol? “90 minutos no puede durar el amor”, cantaba India Martínez, en este caso 90 minutos pueden ser un autentico oasis para quien ha visto su vida reducida a cenizas.
Veo en un vídeo de redes sociales a un hombre mutilado en Gaza, sin una de sus piernas, equipado con nuestra camiseta gritar “¡viva la roja!”. Posiblemente el éxito de un país que no ha apartado la vista de lo que les ha ocurrido les haga sentir que siguen existiendo, que no están en la cara oculta de la luna, que todavía hay quien piensa con ellos. En las celebraciones posteriores a la clasificación también hay quien se acuerda de este pueblo asediado y enarbola su bandera como si fuera una comunidad autónoma más de nuestro país. Se me calienta un poquito el corazón.
En fin, mientras pensamos en lo bonito que sería ganar el domingo y que ese triunfo no fuera solo de España, seguiré viajando. Ese y no otro, viajar, es el mejor remedio para no terminar siendo de esos pobres hombres incapaces de ver más allá del color de las personas. Viajar nos sigue sirviendo para recordar que no existen las guerras justas y que más allá de nuestras fronteras, las físicas y las mentales, la vida también sigue su curso. Me despido pensando en voz alta que la vida parece estar un poco menos manga por hombro estos días…
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