Andalucía, tradicionalmente, ha exportado lo que viene siendo el kit básico de supervivencia nacional. Es decir, agricultura, camareros y asistentes. Todo lo imprescindible para que el país funcione mientras otros redactan manifiestos sobre lo prescindible. La base de la pirámide, el cimiento social, esa capa geológica sobre la que luego se levantan vidas épicas, biografías inspiradoras y, si se tercia, algún que otro hilo de Twitter sobre meritocracia.
Y, sin embargo, algo ha cambiado. Hace poco, una amiga me decía, a modo de reproche: «Tronca, que en Madrid ahora todo el mundo viste como los pijos andaluces». Pues, quilla, qué sé yo. ¿Llamamos a Bourdieu? Venga ¿En qué momento hemos pasado de exportar mano de obra a exportar estética aspiracional?
Porque lo irónico es que lo que en Sevilla y aledaños (soy estúpidamente sevillana; aledaños son el resto de provincias) siempre tuvo un punto de caricatura, de performance social ligeramente consciente, de “en su casa come Avecrem pero sale vestido de marquesado”, al cruzar Despeñaperros se ha convertido en tendencia. Nuestros “niños de”, esas cuartas generaciones que heredaban la camisa del tío (que un día compró en Burberry) y la llevaban hasta el entierro del propio tío.
Aquí, una recuerda aquella reflexión de Manu Sánchez que no entendía porqué la gente viste de cortijero en una ciudad donde lo más abundante son los bloques de pisos. Una estética empeñada en evocar una finca heredada que, en el mejor de los casos, existe en formato sobremesa. Porque crear una identidad de terrateniente cuando lo más rústico que se ha pisado es el parque donde se saca al perro (parque público, gracias, impuestos) tiene su mérito. Y, lo más parecido a una élite es un reservado en El Puerto de Santa María. Darling, eres clase media. Por recordatelo sin ofender. Pero claro, la estética no entiende de catastros.
Creo que en esto hay algo de fe. La fe con la que, de Despeñaperros para arriba, se ha adoptado el uniforme. Tú te pones la camisa, el cinturón, los náuticos y, sorpresa, ocurre la transubstanciación. Ya no eres tú. Eres una versión aspiracional de ti mismo. Caminas distinto, opinas distinto, sudas (eso sí) con la convicción de quien cree pertenecer a una élite terrateniente que, curiosamente, nunca ha tenido que pisar barro. Y, claro, ideológicamente, te conviertes en alguien que piensa, opina y siente (los ricos también lloran) como alguien de derechas. Da igual que hayas estudiado en la pública, da igual la pensión de tus abuelos. Se han metido tanto en el papel que ya no distinguen entre atrezzo y patrimonio, entre vestuario y herencia. Entre derechos y derechas. El disfraz, nuestro teatro social andaluz, ha adquirido rango de ideología nacional.
Y ya no sabes muy bien si reírte… o empezar a cobrar derechos de autor. Perdón. Impuestos de autor. ¿o será de actor? Crear figura impositiva propia, con vocación estructural. Porque esto ya es industria andaluza. Ahí lo dejo. Impuesto por uso y disfrute del personaje “terrateniente andaluz”, de gestión directa por la Junta, que bastante experiencia tiene en sostener ficciones. Porque, al paso que vamos, cotizar por aparentar va a acabar siendo lo más parecido a producir. Socialdemocracia fiscal. Que paguen impuestos los ricos… y los que se lo creen. Los primeros por ser; los segundos por parecer. Porque, a la hora de la verdad, unos pueden permitirse salir de lo público. Los otros, que son legión, no son nadie sin la sanidad, la educación, el transporte. Sin lo común. Así que, si van a intepretar el personaje, lo mínimo es que contribuyan también a sostener el escenario. Porque no serán propietarios de lo privado, pero sí herederos de lo público.