Hace unos días, en un trayecto de Cercanías desde Atocha hasta el campus de Cantoblanco de la Universidad Autónoma de Madrid, asistí de forma involuntaria a una conversación entre tres jóvenes de unos veinte años. Hablaban primero de exámenes; luego, inevitablemente, entraron en política. Uno de ellos, con una pequeña bandera de España en la mochila, aseguraba que Pedro Sánchez se estaba “cargando España”, que era un “comunista amigo de independentistas y proetarras” que estaba “llenando las calles de inmigrantes delincuente” y que, de una vez y para siempre, había que echarlo “como fuera”. Otro le respondió con una obviedad democrática como que para eso están las urnas. La réplica del elemento extremista fue inmediata: las elecciones estarían trucadas, habría fraude y el resultado sería manipulado. Un discurso plenamente trumpista. El tercero callaba, pero asentía.

Este episodio cotidiano sirve para retratar, sin artificios, el estado actual de la política española: crispación, polarización extrema, bulos, deshumanización del adversario y una peligrosa normalización de soluciones no democráticas y todo ello con un jefe de la oposición irresponsable, que echa gasolina al fuego del odio, bastante débil y torpe. Porque, en mi opinión, a este clima no solo ha contribuido la ultraderecha de Santiago Abascal. Ha sido decisiva, y más grave aún, la estrategia del Partido Popular desde la llegada de Alberto Núñez Feijóo a Génova 13, aupado por los barones tras la defenestración de Pablo Casado por insinuar corrupción en el entorno de la auténtica jefa del PP, Isabel Díaz Ayuso.

Si un joven formado políticamente solo por redes sociales tóxicas y fachodigitales es capaz de afirmar que hay que echar a un presidente “como sea”, quien escribe —con información contrastada, principios democráticos y respeto al pluralismo— tiene, como mínimo, la misma legitimidad para sostener que Feijóo debe dimitir. No por odio ideológico, sino por responsabilidad democrática. España necesita una derecha liberal, homologable a Europa. Y hoy, Feijóo no lo es.

En cualquier democracia europea madura, Feijóo ya no lideraría la oposición. No por un error aislado, sino por acumulación. Por una cadena de decisiones, mentiras y cobardías políticas que lo inhabilitan para aspirar a gobernar un país. España no puede permitirse estándares más bajos que su entorno por hasta diez motivos:

1. Por mentir

La credibilidad es el capital básico de cualquier líder que aspire a gobernar un país. Feijóo la ha erosionado al cambiar su versión sobre la información que recibió de Carlos Mazón durante la DANA. Aseguró estar informado “en tiempo real” el 31 de octubre y después matizó que fue tras las 19:59 y por lo que vio en los medios, el lo ha calificado como una “autorrectificación”, eufemismo de mentir. No es un matiz, se trata de una cambio sustancial de lo que dijo inicialmente ligado a una tragedia con 230 fallecidos. Mintió a todos los valencianos y a todos los españoles.
Y si el propio Feijóo lo dijo en 2023 que “Si os miento, echadme del Gobierno y del partido”, ahora debería ejecutarse esa sentencia. La exigencia de dimisión nace de su propio compromiso. En Alemania o en el Reino Unido, un líder que miente sobre su papel durante una catástrofe se va. Aquí, pretende seguir como si nada.

2. Por anteponer el cálculo político a una tragedia

Y también es su intercambio dee watsapps con Mazón -mientras moría gente por la DANA- dejó una conclusión inquietante como es que en plena emergencia, el PP priorizó proteger a su barón autonómico antes que asumir errores, coordinar respuestas o pedir perdón. Dominar el relato, llevar el liderazgo de la información, es lo que le recomendaba al ex presidente mientras comía en El Ventorro. Cálculo político sobre cadáveres. Ningún dirigente europeo serio sobrevive a eso.

3. Salpicaduras del narcotráfico

La relación reconocida con el contrabandista Marcial Dorado, no es una anécdota del pasado, sino un lastre ético nunca explicado con claridad. Vacacionar con un narcotraficante mientras se ostentan responsabilidades públicas inhabilita moralmente para liderar un país. Como todo lo anterior, en Europa, eso no se supera, simplemente se dimite.

4. Por crispar y emponzoñar la política

Feijóo no ha rebajado la tensión sino que la ha convertido en método en redes, argumentarios de Génova 13, discursos, declaraciones. Ha convertido la crispación en método mediante insultos, sospechas, desinformación y un ecosistema mediático tóxico alentado desde la dirección del PP. La descalificación personal y el ruido permanente como norma, no es oposición firme, sino erosión institucional.

5. Por legitimar bulos

Desde insinuar que el PSOE amañó elecciones generales hasta dar pábulo a teorías conspirativas sobre el voto por correo en Extremadura, Feijóo ha contribuido a debilitar la confianza democrática. Insinuar fraudes electorales sin pruebas o sembrar dudas sobre el voto por correo, hacerse eco de los titulares falsos, difundir noticias interesadas de la fachosfera, no es oposición, es dinamitar la confianza democrática. Es un terreno en el que Feijóo se mueve muy bien, en la estrategia trumpista y de Steve Bannon.

6. Por normalizar a la extrema derecha

Feijóo ha abierto las puertas del poder institucional a la ultraderecha como ningún otro líder conservador europeo dándole consejerías autonómicas, presidencias de parlamentos regionales, tenencias de alcaldías...
Eso le lleva a asumir planteamientos machistas como el verbalizado del “divorcio duro” que dijo que tuvo el candidato de Vox Valencia, condenado por violencia machista. También carga contra la inmigración de manera cada vez más intensa acercándose a la extrema derecha. Su silencio sobre los hechos xenófobos de Albiol en Badalona, avala este racismo in crescendo en el PP nacional y en su líder.
Mientras el centroderecha europeo establece cordones sanitarios, el PP los dinamita por puro ansia de poder. Feijóo le ha puesto alfombra roja al neofascismo.

7. Por alimentar el anticatalanismo

El gallego que se vendió como un moderado, ha preferido explotar el conflicto territorial antes que contribuir a su encauzamiento. El anticatalanismo social tiene en Feijóo uno de sus máximos responsables heredado de su compañero Rajoy. El gallego ha optado por el enfrentamiento identitario, alimentando el odio y el resentimiento. Un aspirante a presidente debe coser un país, no fracturarlo con identidades enfrentadas.

8. Por judicializar la política y atacar a familias

Cuando no gana en las urnas, judicializa la vida institucional y convierte a familiares en diana política. Deshumaniza al contrincante y no tiene límites en destruirlos. Ha cruzado una línea peligrosa al utilizar ataques personales como arma política judicializandor la vida institucional cuando no gana en las urnas. Ello lo lleva de la mano de ultras como Hazte Oír o Manos Limpias. Esa deriva erosiona la convivencia democrática y degrada el debate público. Aprovecha descaramente el enorme poder conservador que tiene en las togas. En democracias avanzadas, eso se llama juego sucio.

9. Por no liderar su propio partido

Feijóo no dirige el Partido Popular sino que lo administra con miedo. Atrapado entre baronías y condicionado por la jefa real, Isabel Díaz Ayuso, carece de autoridad real. Un líder que no controla su partido, sino que le teme, no puede gobernar un país.

10. Por falta de solvencia como candidato

Confundir los mares, decir que está en una provincia cuando es otra distinta, el IPC con otro elemento, Lapsus constantes, los “Anoto...Anatop” y los Bruce “Esprintem” pemanentes, los errores de datos básicos, torpeza comunicativa y una promesa incumplida como fue el de aprender inglés, son factores que lo inhabilita para representar a este país al máximo nivel. No es cuestión menor; es preparación mínima para representar a España en el mundo.

No estamos ante una polémica puntual, sino ante un patrón que se alimenta de mentiras, cálculo político, alianzas peligrosas, falta de liderazgo y carencias evidentes. Por todo ello, pedir su dimisión no es exagerado. Es coherente, legítimo y necesario.
España merece una oposición seria. Y hoy, con Feijóo al frente, no la tiene. Por todo ello, y mucho más, Váyase Sr. Feijóo, váyase.

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