Málaga es una ciudad de récords indiscutibles, pero el último hito de la gestión de Francisco De la Torre, alcalde del PP, es imbatible. Se han cumplido ya más de dos semanas desde que se inició el pavoroso incendio del hotel Ibis, en pleno centro, y el edificio sigue ardiendo. ¿A qué espera para apagarlo?

Lo más fascinante es el escenario: el siniestro devora el inmueble dentro de la flamante Zona de Bajas Emisiones (ZBE). Una ironía macabra digna de enmarcar. Mientras el Ayuntamiento restringe el tráfico a los coches antiguos para “proteger la salud atmosférica”, permite que una pira de madera, plástico y escombros actúe como chimenea permanente en pleno Pasillo de Guimbarda.

Este incendio eterno no es un accidente técnico inevitable, es el síntoma de un colapso institucional. La parálisis para extinguir las llamas ha destapado una realidad acuciante: el Servicio de Prevención y Extinción de Incendios de Málaga está bajo mínimos, exhausto y abandonado. La plantilla actual cuenta con apenas 256 efectivos. Incluso sumando los 50 nuevos agentes prometidos, la ciudad seguirá teniendo menos personal operativo que en 2008. ¿Alguien lo entiende?

Los bomberos municipales llevan meses en pie de guerra, sumidos en un conflicto laboral histórico que el alcalde ignora. Exigen una reclasificación justa, un aumento real de la plantilla para cumplir las ratios mínimas de seguridad y el fin de la alarmante falta de medios técnicos y humanos. Trabajan al límite de sus capacidades para atender las emergencias ordinarias, por lo que un siniestro de gran envergadura como el del hotel Ibis termina colapsando un sistema sostenido únicamente por el heroísmo de sus profesionales.

Ante este panorama, cabe preguntarle directamente al regidor: Sr. alcalde, ¿por qué no se ha apagado aún el fuego? Si se tratase de alguna infraestructura del Gobierno de la nación, usted habría convocado ruedas de prensa diarias, realizaría declaraciones incendiarias y convocaría manifestaciones de agravio institucional exigiendo cabezas en Madrid. Pero claro, como la competencia sobre el cuerpo de bomberos y la seguridad urbana es una flagrante incapacidad suya, prefiere guardar un sepulcral silencio, agachar la cabeza para que pase el tiempo y la opinión pública se olvide. No será así. Las familias confinadas en sus casas por el humo no sufren de amnesia.

Leía hace unos días en las redes sociales un comentario que, entre la guasa y la desesperación, definía a la perfección este despropósito. Decía un usuario que oficialmente solo existen tres lugares en el mundo que no pueden dejar de arder jamás: el Pozo de Darvazá en Turkmenistán (las famosas ‘Puertas del Infierno’); el pueblo fantasma de Centralia en Estados Unidos, con su subsuelo de carbón en combustión perpetua; y el Hotel Ibis en el centro de Málaga. Hay que tomárselo con ironía para no echarse a llorar, porque la realidad descarnada es que esto representa una auténtica vergüenza internacional para una ciudad que aspira a competir con las grandes capitales europeas.

Mientras el centro huele a chamuscado, los ciudadanos se preguntan: Sr. De la Torre, ¿y usted a qué se dedica exactamente? Pues la realidad es que se dedica a expulsar a los malagueños de sus barrios mientras favorece la llegada de millonarios; a favorecer la implantación exprés de universidades privadas que nadie ha pedido y a autorizar de forma masiva decenas de apartamentos turísticos y la reconversión de locales comerciales en infraviviendas.

Hace poco, asediado por el malestar social y las protestas ciudadanas, Francisco de la Torre sacó pecho anunciando a bombo y platillo una moratoria global; aseguraba que iba a “cortar el grifo” a las viviendas de uso turístico (VUT) y a congelar nuevas licencias durante tres años. Una pirueta mediática que ha tardado muy poco en desmontarse. Si supuestamente se ha cerrado el grifo, ¿por qué el Ayuntamiento se dispone a autorizar ahora mismo un nuevo edificio con 20 apartamentos turísticos y la transformación de 50 viviendas en locales comerciales? La trampa de las licencias en tramitación previa vuelve a dejar en papel mojado sus promesas electorales.

Desde la oposición municipal los datos aportados producen escalofríos y confirman que la maquinaria especulativa no tiene freno: 20 licencias más de apartamentos turísticos aprobadas en los últimos días, sumadas a las 105 del mes pasado. 28 cambios de uso de locales comerciales a pisos turísticos o estudios exprés, que se añaden a los 47 autorizados en el periodo anterior.

Con De la Torre la especulación no cesa. Su único y verdadero objetivo es el negocio de unos pocos elegidos, aunque ello implique triturar el tejido social de la ciudad y obligar a las familias y a los jóvenes malagueños al exilio residencial.

Llegados a este punto de colapso de los servicios públicos, ¿considera el alcalde del PP que habría que llamar a la Unidad Militar de Emergencias (UME) para apagar el fuego de un hotel urbano? Resulta humillante. Lo mismo si el equipo de gobierno hubiese atendido las justas demandas que los bomberos de Málaga llevan reclamando desde hace años en las calles, hoy la ciudad dispondría de los recursos materiales y del personal de refresco necesarios para atajar este problema sin rozar el ridículo técnico.

¿A qué está esperando exactamente De la Torre para solucionar el conflicto laboral y dotar al cuerpo de lo necesario? ¿Es consciente de que cualquier desprendimiento de la estructura o de la techumbre —como los que ya han obligado a retirar maquinaria de climatización a contrarreloj— puede provocar un accidente grave en la vía pública?

Málaga se ha convertido en una urbe sobresaturada turísticamente, un parque temático donde los riesgos se multiplican exponencialmente debido a la densidad flotante de población, mientras que las necesidades de atención de situaciones de emergencia son cada vez mayores. Sin embargo, la respuesta municipal es el desmantelamiento de lo público. En Málaga los bomberos están en huelga. Los socorristas de las playas están en huelga. Los trabajadores del Centro de Informática Municipal (CIME) están en huelga. Sr. De la Torre, además de alfombrar el camino para los fondos de inversión y el negocio de unos pocos, ¿el resto de las cuestiones que afectan a la vida de los malagueños de a pie no le importan absolutamente nada?

Al final, la conclusión es tan nítida como el humo del Pasillo de Guimbarda: el alcalde tiene el mismo interés en apagar este fuego que en bajar el precio de la vivienda en Málaga. Es decir, ninguno. A día de hoy, un malagueño medio tiene que destinar ya el equivalente a 12,9 años de su sueldo íntegro para poder comprar una vivienda digna en su ciudad, registrando el tercer dato más prohibitivo de toda España. Nunca antes en la capital de la Costa del Sol se había tenido que empeñar tanto porcentaje de vida para tener un techo. Pero no se preocupen, Don Francisco seguirá sonriendo a los cruceristas.

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