Cuando Sara recibió la nota de admisión en la universidad, la primera reacción de su madre fue abrazarla. La segunda, sacar una libreta y empezar a hacer cuentas. La matrícula era solo una parte: había que añadir el alquiler de una habitación, el transporte, los libros, la comida y los gastos de instalarse en una ciudad situada a más de doscientos kilómetros de su pueblo.

Sara tenía la calificación necesaria para estudiar la carrera que había elegido. Lo que todavía no tenía era la seguridad de poder pagarla.

Durante mucho tiempo, la educación superior estuvo reservada a una minoría. El acceso no dependía únicamente de la capacidad académica, sino también del dinero, del lugar de nacimiento y de las expectativas que cada familia depositaba en sus hijos. Para muchas personas de familias trabajadoras o del mundo rural, continuar estudiando significaba afrontar un coste difícil de asumir. Para muchas mujeres, además, suponía cuestionar un modelo social que situaba su futuro lejos de las aulas.

La extensión de la educación pública y el desarrollo del sistema de becas permitieron que esa frontera comenzara a desplazarse. Miles de estudiantes pudieron permanecer en el sistema educativo, cambiar de ciudad o acceder a estudios que hasta entonces parecían reservados a quienes disponían de respaldo económico.

Una beca no es solo una cantidad ingresada en una cuenta. Puede pagar una matrícula, pero también un abono de transporte, una habitación, un ordenador o el material necesario para completar un curso. En ocasiones, cubre algo todavía menos visible: el tiempo que una persona necesita para estudiar sin tener que encadenar jornadas laborales incompatibles con las clases.

Por eso, las becas no deberían entenderse únicamente como un premio al expediente. El rendimiento académico no se produce en condiciones idénticas. No obtiene las mismas notas quien dispone de una habitación propia, apoyo familiar y todo el tiempo necesario que quien estudia después de trabajar, cuida a un familiar o tarda varias horas al día en desplazarse.

Hablar de mérito sin hablar de las condiciones materiales puede convertir la desigualdad en una competición aparentemente justa. Dos estudiantes pueden sentarse en el mismo examen después de recorridos completamente distintos. Uno ha tenido clases particulares, conexión estable y tranquilidad en casa. El otro ha compartido ordenador, trabajado los fines de semana o faltado a alguna clase porque no podía pagar el transporte.

Las becas intentan reducir parte de esa distancia. No eliminan todas las desigualdades ni garantizan por sí solas el éxito académico, pero permiten que una dificultad económica no se convierta automáticamente en una renuncia. También amplían la capacidad de elegir. Quien depende por completo de los ingresos familiares tiene menos margen para decidir qué estudiar, en qué ciudad hacerlo o cuánto tiempo dedicar a su formación.

Esa libertad resulta especialmente importante en hogares donde estudiar se interpreta como un gasto que debe justificarse de inmediato. Una ayuda pública puede evitar que la única opción aceptable sea la carrera más cercana, el curso más barato o el empleo que permita aportar dinero cuanto antes. También puede facilitar que una persona sea la primera de su familia en llegar a la universidad, cursar una formación profesional especializada o preparar unas oposiciones.

La desigualdad educativa, además, no comienza en la puerta del centro. Empieza en la infancia, en el acceso a libros, actividades, idiomas, tecnología y espacios adecuados para estudiar. Continúa en la adolescencia, cuando algunas familias pueden sostener años de formación y otras necesitan que sus hijos empiecen a trabajar. Las becas intervienen en una parte concreta de un recorrido mucho más largo.

Sara recibió la resolución definitiva varias semanas después de comenzar el curso. Hasta entonces había viajado cada día en autobús porque su familia no podía comprometerse con un alquiler sin saber si tendría la ayuda. Cuando llegó el ingreso, encontró una habitación en un piso compartido. El escritorio era pequeño y daba a un patio interior. Sobre la mesa colocó el horario de clases, una fotografía de su familia y los apuntes que hasta entonces había transportado cada mañana en la mochila.

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