Durante años pareció imposible. El mapa de la televisión en abierto llevaba más de una década sin incorporar una nueva cadena nacional y todo apuntaba a que el reparto de frecuencias estaba completamente cerrado. Desde el nacimiento de la TDT, las grandes transformaciones habían consistido en reorganizar canales, fusionar operadores o mejorar la tecnología de emisión, pero nunca en abrir espacio para un nuevo competidor. Sin embargo, en 2025 ocurrió algo que pasó casi desapercibido para el gran público y que, sin embargo, puede acabar teniendo un enorme impacto en el futuro del sector audiovisual: la aprobación de un nuevo Plan Técnico Nacional de la TDT que reorganizó el espectro radioeléctrico y dejó capacidad suficiente para conceder una nueva licencia estatal. La consecuencia ya es conocida: La Séptima está en camino.

La historia comenzó mucho antes. Cuando España culminó el apagón analógico en 2010, el espacio radioeléctrico quedó prácticamente distribuido entre RTVE y los operadores privados existentes. Poco después llegaron las fusiones entre Telecinco y Cuatro, primero, y Antena 3 y laSexta, después, consolidando un mercado dominado por dos grandes grupos privados. Desde entonces, aunque aparecieron nuevos canales temáticos y se produjeron algunas resintonizaciones, el número de grandes operadores nacionales permaneció prácticamente inalterable. Parecía un tablero cerrado.

La razón era sencilla. El espectro radioeléctrico es un recurso limitado. Cada canal de televisión necesita una parte de ese espacio para emitir y, durante años, la capacidad disponible estaba prácticamente agotada. No era una cuestión política ni empresarial, sino puramente técnica. Para que naciera una nueva cadena era necesario liberar espacio o encontrar una forma mucho más eficiente de aprovechar el existente.

Y eso es exactamente lo que terminó ocurriendo. La evolución tecnológica permitió que la TDT dejara atrás el sistema con el que había funcionado desde su nacimiento y preparara el salto hacia DVB-T2, un estándar de transmisión mucho más eficiente que permite transportar más información utilizando el mismo espectro radioeléctrico. Dicho de otra manera: sin construir nuevas infraestructuras ni disponer de más frecuencias, la televisión podía hacer mucho más con el mismo espacio. 

Ese fue el verdadero objetivo del nuevo Plan Técnico Nacional aprobado por el Gobierno en marzo de 2025. Aunque la atención mediática se centró en la futura llegada de las emisiones en ultra alta definición (UHD), el texto escondía otra consecuencia mucho más relevante para la estructura del mercado: una redistribución completa de los múltiplex nacionales que permitía optimizar su capacidad y generar espacio suficiente para convocar una nueva licencia de televisión en abierto.

No era la primera vez que la tecnología cambiaba el panorama audiovisual español. El paso del analógico a la TDT multiplicó el número de canales disponibles. La alta definición mejoró la calidad de imagen sin alterar el número de emisoras. Ahora, la reorganización técnica perseguía ambas cosas a la vez: preparar el desembarco definitivo de la UHD y, de paso, abrir la puerta a un nuevo actor nacional.

La decisión tenía también una lectura simbólica. Desde las fusiones de 2010 y 2012, el mercado televisivo español había permanecido prácticamente congelado. RTVE mantenía su papel como operador público mientras Atresmedia y Mediaset concentraban la inmensa mayoría de la audiencia comercial y de la inversión publicitaria. La llegada de nuevos competidores parecía una posibilidad remota. La reorganización de la TDT rompía, por primera vez en más de una década, esa sensación de inmovilismo.

El siguiente paso fue inevitable. En cumplimiento de la Ley General de Comunicación Audiovisual y del propio Plan Técnico Nacional, el Gobierno convocó un concurso público para adjudicar una nueva licencia estatal de TDT en abierto. No se trataba simplemente de repartir una frecuencia libre, sino de decidir quién ocuparía el primer hueco disponible en el mapa nacional desde hacía muchos años.

En mayo de 2026, el Gobierno resolvió definitivamente el proceso y adjudicó la licencia al consorcio Servicios Integrados Entretenimiento Televisivo (SIETE), encabezado por José Miguel Contreras. Así nacerá La Séptima, la primera cadena nacional en abierto que se incorpora al panorama audiovisual español en casi dos décadas. El nuevo operador comenzará sus emisiones el 5 de noviembre, coincidiendo precisamente con la reordenación del espectro radioeléctrico y el despliegue de la TDT en ultra alta definición (UHD). 

El canal nace con una clara apuesta por la actualidad, la producción propia y las emisiones en directo, con el objetivo de convertirse en una alternativa a Cuatro y laSexta en un mercado dominado desde hace años por Atresmedia y Mediaset. Más allá de la programación que finalmente ofrezca, su mera existencia ya supone un hito: es la primera licencia estatal concedida desde la consolidación del actual mapa televisivo y la prueba de que la TDT todavía tiene margen para seguir evolucionando.

Con esta reorganización concluye, además, un ciclo iniciado hace casi veinte años con la implantación de la TDT. Primero llegaron las autonómicas y las cadenas privadas; después las fusiones que dieron origen al actual duopolio; más tarde el apagón analógico, la consolidación del HD y la preparación del salto hacia la UHD. Ahora, la televisión española vuelve a crecer. No mediante una revolución visible, sino gracias a una transformación técnica que muy pocos percibieron, pero que ha hecho posible algo que parecía descartado: que el mapa audiovisual nacional vuelva a incorporar una nueva cadena en abierto.

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