Durante años, el poder en la televisión española tuvo una forma muy reconocible. Tenía nombres propios, siglas claras y despachos identificables. Las cadenas no solo emitían la televisión, sino que la fabricaban. Eran al mismo tiempo marca, fábrica y centro de decisión. Sin embargo, con el paso del tiempo, otros actores han ido ganando terreno hasta dominar gran parte de esa factoría que existe tras la pequeña pantalla: las productoras.

Recientemente, la polémica en torno a ADM en Canal Sur o los debates recurrentes sobre externalización en RTVE han vuelto a poner sobre la mesa una transformación que lleva años consolidándose. Las cadenas siguen siendo quienes emiten, quienes ponen la marca y quienes concentran la responsabilidad pública o empresarial, pero la fabricación del contenido -la creación de programas, formatos, presentadores y equipos completos- está cada vez más en manos de un puñado de compañías privadas que operan como auténticos centros de poder paralelos.

Hasta hace no tanto, quien controlaba una cadena controlaba prácticamente todo el proceso: qué programas se producían, qué líneas editoriales se imponían, qué rostros se consolidaban y qué formatos llegaban a pantalla. La televisión era un sistema relativamente vertical, con estructuras internas fuertes y una producción muy concentrada dentro de cada grupo.

La externalización existía, pero era marginal. Eso ha cambiado de forma progresiva, casi silenciosa. Sin ruptura brusca, pero con un desplazamiento constante del poder. Hoy, las televisiones compran una parte sustancial de lo que emiten a empresas externas que no solo ejecutan, sino que diseñan la propia lógica de los programas. Ese cambio no es menor, ya que significa que la televisión ha pasado de ser un sistema de producción interna a un ecosistema de intermediarios creativos y empresariales que condicionan la oferta audiovisual de todo el país.

Este cambio no implica que el poder se haya dispersado, sino que, actualmente, se ha concentrado en menos manos. En este ecosistema destacan nombres concreto: Banijay, Mediapro, Secuoya, Unicorn Content, Bulldog, La Cometa TV, Boomerang TV, Mandarina, Cuarzo o La Osa, entre otros. Un número reducido de productoras se ha convertido en el verdadero engranaje de la televisión española, con presencia simultánea en cadenas públicas y privadas, y con capacidad para condicionar parrillas enteras

En el caso de Mediaset, por ejemplo, Unicorn Content se ha consolidado como una de las productoras clave del grupo, responsable de programas como El programa de Ana Rosa, Vamos a ver o Fiesta. Su vínculo estructural con la cadena ha reforzado un modelo en el que buena parte de la producción de actualidad y entretenimiento depende de una misma factoría externa. No obstante, Mandarina comienza a ganar cada vez más peso dentro del grupo audiovisual, con programas como En boca de todos o ¡De Viernes!

El otro gran grupo privado del país, Atresmedia, ha articulado un modelo propio en el que la producción también se apoya de forma creciente en compañías externas, aunque con una estructura más integrada a través de Atresmedia Studios y Buendía Estudios. En ese ecosistema se articulan algunos de sus formatos más reconocibles, como El Hormiguero, Pasapalabra, La Voz, Tu cara me suena o El desafío. 

En paralelo, en TVE, La Osa Producciones Audiovisuales es la responsable de algunos de los últimos títulos de actualidad que llegaron a la Corporación, como Malas LenguasDirecto al grano, en colaboración con otras factorías como Big Bang Media o El Terrat. 

Este fenómeno es especialmente relevante en las televisiones públicas. RTVE, Canal Sur, Telemadrid o el resto de corporaciones autonómicas tienen la obligación teórica de garantizar producción propia y servicio público, pero la realidad es que una parte significativa de su programación depende de contratos externos. Esto ha abierto un debate recurrente sobre hasta qué punto las cadenas públicas conservan el control efectivo de su contenido cuando buena parte de su parrilla se externaliza.

De hecho, desde su regreso a la presidencia de la Corporación, José Pablo López ha situado la recuperación de la producción interna como uno de los ejes de su mandato. Su diagnóstico parte precisamente de esa dependencia creciente de las productoras externas y del peso que estas han ido adquiriendo dentro del ecosistema audiovisual.

En esa línea, RTVE ha comenzado a mover ficha con un objetivo explícito: reducir la externalización en determinados formatos y reforzar la capacidad de producción propia, especialmente en los magacines y programas de actualidad. Para ello, ya ha tomado decisiones concretas, como la apertura de procesos para internalizar parte de los contenidos diarios y reorganizar la estructura de producción de la Corporación o la firma de acuerdos con sindicatos para avanzar en un modelo en el que la producción interna vuelva a tener más peso dentro de la parrilla.

El resultado de esta evolución es un modelo en el que el poder en la televisión ya no se explica únicamente por quién controla las cadenas, sino por quién está en condiciones de producir de forma recurrente los contenidos que llenan sus parrillas. Las televisiones siguen siendo la puerta de entrada al espectador, pero cada vez más dependen de estructuras externas para alimentar esa puerta. Y en ese espacio intermedio -entre la decisión editorial y la emisión- es donde se ha reconfigurado buena parte del poder audiovisual en España.

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