Bajo el cielo estrellado de los años 80 y con la excusa de una "alerta ovni", COSMO estrena el próximo 28 de junio La conexión intergaláctica, un cortometraje que utiliza la ciencia ficción como telón de fondo para explorar la intimidad, la amistad y el deseo reprimido. Con motivo de este lanzamiento por el Día del Orgullo LGTBIQ+, en ExtraTele hemos tenido la oportunidad de sentarnos a hablar con su director y guionista, Alberto Ortega, y con uno de sus protagonistas, el actor José Pastor.

A lo largo de nuestra charla, ambos desgranaron las capas de un relato que huye de los lugares comunes para adentrarse en los miedos, los silencios y las herencias emocionales de toda una generación. Para el director y guionista Alberto Ortega, la premisa nacía de una necesidad de contención narrativa. "Quería contar algo muy íntimo y con muchas capas de lectura, con muy pocos personajes en una sola localización, casi como reto", nos explica.

Situar la trama en la década de los 80 fue una decisión clave para la atmósfera del proyecto. Ortega buscaba "ponerles a hablar bajo el contexto de los 80, sin móviles, sin distracciones, en una época donde todo tenía como una capa de misterio en el entretenimiento". El cineasta recuerda cómo referentes de la época marcaban a la sociedad: "Había películas como E.T., Encuentros en la tercera fase o El exorcista. Era una fascinación por el misterio".

Sin embargo, en La conexión intergaláctica, el cielo nocturno es solo una excusa. La búsqueda de vida extraterrestre funciona en realidad como un catalizador emocional. "Quería contar algo tan íntimo, tan personal, tan de piel, bajo el paraguas de una cosa que se llamaba la alerta ovni", detalla Ortega. "Al final meter el ovni era un poco meter una capa de tensión... la idea de que el espectador estuviera pensando: ¿pero va a aparecer algo o no va a aparecer algo?".

La revelación final, según el cineasta, no está en las estrellas. "La aparición del ovni se ve como la revelación de algo extraño de la propia identidad de los personajes, y esa metáfora me gustaba muchísimo. Ese objeto que de repente se mostraba como es... y al final te das cuenta de que no pasa nada, es algo extraordinario que tú te muestres como quieres ser y que muestres tus sentimientos a otro hombre".

José Pastor da vida a Pedro, un joven que acude a la pradera acompañando a su mejor amigo (Ivan Lapadula). Para el actor, la decisión de sumarse al proyecto fue inmediata. "Me encantó el guion desde el principio porque me pareció una historia muy tierna", confiesa. Pero lo que más le atrapó fue la inteligencia del texto: "Me gusta que no sea obvio, me gusta que no todo venga en el texto y que no se trate al espectador como si hubiera que explicarle las cosas cincuenta veces".

A la hora de construir a Pedro, Pastor lo define desde su contexto social: "Es un chico yo creo que bastante práctico... Al final la gente con menos recursos tiene menos opciones, entonces él es un chico que quizá no ha podido estudiar y se tiene que quedar con su padre trabajando".

El peso de la historia recae en el lenguaje no verbal entre los dos protagonistas, una tensión sostenida durante años de amistad que requería una complicidad total frente a las cámaras. Pastor subraya lo fácil que fue conectar con Lapadula: "A los dos nos apetecía mucho trabajar juntos. Desde el principio ya había muchísima química".

Ambos entrevistados coinciden en que el cortometraje obliga a mirar de frente los estigmas heredados. Pastor admite que el rodaje fue un ejercicio de introspección: "Yo soy un rallado en mi vida personal, y esta historia me ha servido un poco para revisarme, reflexionar de esos posos... Al final te estás criando en una sociedad de los 80 donde al diferente se le ponía la etiqueta de raro".

Ortega también apela a esa memoria colectiva, recordando "el tabú que suponía en los años 80 no solamente pertenecer al colectivo, sino simplemente dar un abrazo a un amigo o mostrar tus emociones en público".

Una sombra que, según Pastor, sigue proyectándose en el presente. "Todavía arrastramos esa cosa de los 80 de 'los hombres no dicen eso', 'no se dan abrazos', 'no llores tío que somos hombres'. Parece lejano, pero no lo es tanto".

En un panorama audiovisual donde las narrativas LGTBIQ+ a menudo orbitan exclusivamente en torno al trauma, Ortega tomó la decisión consciente de cambiar el tono. "Yo creo que es un logro contar cosas tan profundas y salir de ver algo con una sonrisa en la cara", asegura el director, defendiendo la importancia de las historias luminosas.

José Pastor aplaude esta visión y lanza una reflexión sobre la industria actual: "Siento que todavía hay un poco de resistencia. Hay que darle espacios a estas historias y a personas del colectivo, pero parece que si hay una persona homosexual ya tiene que ser el foco de la historia su homosexualidad". Para el actor, la verdadera normalización también pasa por diversificar las tramas: "A mí a veces también me gusta ver una historia de un chico o una chica homosexual y que ese no sea el foco, que el foco sea que le pasan otras cosas".

En última instancia, La conexión intergaláctica nos deja un mensaje universal sobre el autoconocimiento. Frente a un mundo lleno de distracciones, Ortega nos advierte de que "muchas veces buscamos las respuestas o el entretenimiento o la satisfacción personal a través de ciertas cosas y estamos buscando en el sitio erróneo".

Una idea que José Pastor remata durante nuestra conversación: "Nos esmeramos mucho en mirar hacia afuera y en poner el foco en lo que le pasa a los demás. El mundo iría un poco mejor si miramos un poco hacia adentro, pero no en el sentido del egoísmo, de mirar por mí, sino de ver qué me pasa a mí. Si hiciéramos eso un poco más, seríamos más empáticos".

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