El Gobierno de Isabel Díaz Ayuso afronta su primera gran crisis. Tras el cese del que fuera su consejero de Educación, Emilio Viciana, el pasado lunes, comenzaron a sucederse una serie de dimisiones que despertaban las sospechas. Así, tras las renuncias de los diputados Pablo Posse, Mónica Lavín y Carlota Pasarón, y los ceses del director general de Universidades y la de Secundaria, salía a luz que este grupo de populares era conocido como 'Los Pocholos'. En las últimas horas han sido protagonistas de multitud de informaciones y minutos de televisión. Desde el panorama mediático, Iñaki López ha recurrido a una mítica película para describirlos.
La cascada de dimisiones tras el cese de Viciana ha dejado al descubierto al grupo de 'Los Pocholos', unos jóvenes preparados pero sin demasiada experiencia que eran conocidos así coloquialmente por sus pintas de niños pijos, que han protagonizado la primera revuelta en el Gobierno de Ayuso.
Iñaki López definía así a este grupo: "Una suerte de Goonies ultrabeatos de alta cuna sin mayor preparación". Hacía así referencia a la emblemática película de los Goonies, protagonizada por una pandilla de niños que buscan un tesoro pirata para salvar su vecindario de la demolición.
¿Quiénes son 'Los Pocholos'?
La etiqueta de 'Los Pocholos' ha pasado en pocos días de ser un apodo interno entre cargos y militantes del Partido Popular de Madrid a convertirse en uno de los términos más mencionados en la política autonómica. Aunque ahora se asocia a una crisis interna en el Gobierno regional, la importancia de este grupo radica menos en su desplome que en quiénes son, cómo se formaron y qué representaban dentro de la estructura del PP madrileño.
El nombre 'Los Pocholos' es una denominación irónica usada para agrupar a varios diputados y altos cargos jóvenes del PP, muchos de ellos sin pasado orgánico en las Nuevas Generaciones ni una trayectoria prolongada en cargos menores del partido antes de 2023.
Lo que une a estas personas es su conexión con una figura clave: Antonio Castillo Algarra, dramaturgo, profesor y gestor cultural afincado en Madrid que, pese a no ocupar cargos orgánicos en el PP, ejerció durante años una influencia directa en la política educativa y cultural del Gobierno regional. Algarra no era un político tradicional: antes de ganar peso en la esfera pública dirigía una academia de preparación de oposiciones y una compañía de teatro, For the Fun of It, y también fue nombrado director artístico del Ballet Español de la Comunidad de Madrid, un organismo nuevo creado a imagen y semejanza de sus proyectos culturales.
Esa influencia permitió que varios de sus antiguos alumnos, colaboradores o contactos se incorporaran al Grupo Parlamentario Popular en la Asamblea de Madrid y a la gestión regional. Entre ellos estaban Pablo Posse, portavoz en Educación, Carlota Pasarón, responsable de Juventud, y Mónica Lavín, portavoz en Familia y Asuntos Sociales, entre otros. Para comentaristas y algunos sectores del propio PP, estos dirigentes eran vistos como perfiles conservadores, relativamente jóvenes y sin experiencia previa en gestión pública, lo que alimentó la percepción de que no respondían al aparato tradicional del partido sino a un círculo cercano a Algarra.
Ese círculo no solo compartió vínculos personales, sino también una orientación ideológica marcada por posiciones conservadoras muy explícitas. Por ejemplo, Algarra influyó en propuestas y decisiones relacionadas con el debate bilingüe en educación, impulsó actividades en colegios sobre la Hispanidad que varios historiadores y docentes consideraron sesgadas, y defendió enfoques culturales que algunos críticos tachaban de reaccionarios. Esa combinación de perfil cultural, discurso político y proximidad a Ayuso facilitó que 'Los Pocholos' alcanzaran roles visibles en áreas clave como educación, juventudes y familia, lejos del tradicional escalafón orgánico de la formación popular.
La figura de Antonio Castillo Algarra fue especialmente central porque, aunque no era un “dirigente” con cargo oficial en el partido, operaba como un mentor informal de este grupo y como puente entre sus ideas y la toma de decisiones dentro del Ejecutivo regional. Ese rol le valió apodos en medios y redes como el “Rasputín de Ayuso”, reflejando cómo su influencia estaba poco ligada a su posición institucional pero muy presente en la dinámica política madrileña.
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