Talayuela ha sido durante años el espejo en el que mirarse si hablábamos de convivencia en la España rural. Sin embargo, el reciente peaje ideológico pagado por el Gobierno de María Guardiola (PP) a las exigencias de Vox, suprimir las clases extracurriculares de árabe en el municipio, ha agitado las aguas de este pueblo cacereño. Para medir la temperatura real en las calles, más allá del ruido de los despachos políticos, Andrea Ropero se ha desplazado con los micrófonos de El Intermedio para dar voz a los vecinos. Y lo que ha encontrado es un fiel reflejo de la polarización que siembran este tipo de medidas.
La periodista de laSexta no ha tardado en toparse con el argumentario que la extrema derecha lleva años repitiendo, encarnado en vecinas como Conchi. Al ser preguntada por la suspensión de las clases, su respuesta ha sido tajante: "Me parece muy bien porque aquí estamos en España, no estamos en Marruecos". Poco le ha importado a la vecina que el coste de estas clases no recaiga sobre las arcas públicas, sino que las financie el país vecino. Para ella, el problema es que se impartan en un colegio.
El momento más revelador de la entrevista ha llegado cuando Ropero ha rascado un poco en el clásico discurso de "primero los de casa, y después si sobra a los extranjeros". Con su habitual agudeza, la reportera le ha lanzado la pregunta del millón: "¿A usted qué le han quitado?". La respuesta de Conchi ha desmontado por sí sola cualquier agravio: "Quitarme no me han quitado nada".
Para Alfonso Corrales, director de uno de los centros educativos señalados por este tijeretazo, la medida no es solo un error administrativo, sino un ataque directo a la cohesión social que tanto ha costado construir en el municipio. El docente defiende que el aprendizaje de la lengua materna no es un obstáculo para el castellano, sino el motor emocional del éxito escolar: "Es una herramienta de integración perfecta", asegura con la autoridad que da el día a día en el patio. Según Corrales, cuando un alumno siente que su cultura y sus raíces son respetadas dentro de los muros del colegio, su sentimiento de pertenencia a la comunidad se multiplica. "Si le reconoces su idioma, ese niño se siente valorado y respetado, y automáticamente se integra muchísimo mejor", explica, desmontando el mito de que estas clases crean "guetos".
Lejos de amedrentarse por el ruido político que llega desde Mérida, Corrales ha lanzado un guante directo a los dirigentes de la coalición PP-Vox, invitándoles a bajar de los despachos para pisar el "barro" de la realidad educativa extremeña. Su mensaje es una mezcla de indignación y sentido común: pide a los de Abascal que "recapaciten", que se acerquen a Talayuela para ver cómo trabajan y, sobre todo, para comprobar unos resultados de convivencia que son envidiables. Para el director, resulta incomprensible que se decida fulminar algo que "funciona" y que, además, no le cuesta un solo euro al contribuyente español, simplemente por una cuestión de prejuicio ideológico que choca frontalmente con la paz social del pueblo.
Pero el verdadero daño colateral tiene nombres y apellidos. Es el caso de Bouziane Lamkadem, un vecino plenamente integrado que lleva 25 años en España. Con su propio negocio y tres hijos, Bouziane no oculta su dolor ante un veto que percibe como un ataque a la identidad de sus pequeños: "Nuestros hijos se comunican con sus abuelos, y si no tienen el idioma... me afecta". Su reflexión final pone contra las cuerdas la lógica de la Consejería de Educación: "Lo mismo que aceptan el inglés o aceptan el francés, no entiendo por qué no aceptan el árabe".
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