La imagen de la baronesa Thyssen dispuesta a encadenarse a un árbol podría parecer una simple anécdota, pero en realidad fue el escenario perfecto para librar una de las batallas políticas más cruentas de la historia reciente de Madrid. El programa Anatomía de... ha analizado cómo la inaudita alianza entre Carmen Cervera y Ecologistas en Acción para frenar la tala en el Paseo del Prado, impulsada por el entonces alcalde Alberto Ruiz-Gallardón, terminó cruzándose de lleno con una guerra intestina del PP: el feroz enfrentamiento entre el regidor y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre.
Sin saberlo (o quizá sabiéndolo muy bien), el grupo de activistas y la baronesa se metieron en medio del fuego cruzado. "Era una guerra personal y de ambición política", relata en el programa Miguel Sebastián, candidato del PSOE a la alcaldía en aquella convulsa época de 2007.
El trasfondo de la disputa por los árboles apuntaba directamente al liderazgo nacional del partido. Según el socialista, "claramente, Gallardón aspiraba a la presidencia del Gobierno y ella se contentaba con la Comunidad de Madrid, pero quería impedir a toda costa la llegada de él a Moncloa".
Tita y Esperanza se utilizaban mutuamente. El enemigo común: Gallardón. #AnatomíaBaronesa pic.twitter.com/9JZw8jzFIC
— ANATOMÍA DE (@anatomia_tv) June 28, 2026
En medio de esta refriega, la figura de Tita Cervera emergió como un elemento desestabilizador clave. ¿Estaba la baronesa tomando partido políticamente al echarse a la calle? Para Sebastián, la jugada es evidente: "Claramente, no a favor del PSOE, sino en contra de Gallardón y, por tanto, a favor de Aguirre".
Esta alianza táctica quedó patente cuando la propia Cervera confirmó exultante ante los medios de comunicación que Aguirre le había dado su palabra de que "no se iba a talar ningún árbol". Con esa simple declaración, la presidenta autonómica torpedeaba de forma pública y directa el plan urbanístico estrella de su compañero de partido, erigiéndose como la salvadora del entorno del museo.
Guillermo Solana, director artístico del Museo Nacional Thyssen desde 2005, resume a la perfección esta simbiosis mediática en el programa: "Tita y Esperanza Aguirre se utilizaban mutuamente en sus respectivas batallas políticas".
El nivel de inquina interna en las filas populares era tal que la oposición asistía atónita al espectáculo, intentando sacar tajada electoral. Miguel Sebastián confiesa en el documental una sorprendente anécdota que demuestra hasta qué punto Aguirre quería desgastar a Ruiz-Gallardón, animando incluso a sus rivales políticos a atacarle con mayor dureza.
"A mí Aguirre me decía que era muy blando con Gallardón y me decía que le diera más, que no le daba nada", desvela el exministro socialista, quien no oculta que desde el PSOE eran plenamente conscientes de la situación: "Claramente había una guerra entre los dos y nosotros tratábamos de aprovecharnos".
Desde la plataforma ciudadana "SOS Paseo del Prado", los activistas también eran plenamente conscientes de que su reivindicación estaba sirviendo como ariete en esa guerra de élites, pero decidieron jugar sus cartas con pragmatismo.
Como reconoce en el programa Luciano Labajos, jardinero y miembro del colectivo ecologista, cuando se le pregunta si a la baronesa realmente le importaban los árboles o si solo quería fastidiar al alcalde, su respuesta resume el espíritu de aquella insólita alianza: "Ambas cosas son compatibles, a veces se suman. Todo lo que venga a favor de obra, genial".
Y a favor de obra vino la enorme teatralidad de Carmen Cervera, que en plena efervescencia mediática llegó a lanzar un ultimátum que hizo temblar el Palacio de Cibeles: "Si no ocurre nada me acabaré encadenando, me tendréis que traer la comida por la noche".
Al final, la extraña conjunción de intereses entre la élite aristocrática, el activismo medioambiental, las presiones del PSOE y las puñaladas en las altas esferas del PP surtió efecto. La brutal presión obligó a un acorralado Gallardón a dar marcha atrás y comunicar la paralización del proyecto durante seis meses. Una victoria total para los ecologistas que, paradójicamente, contó con el inestimable patrocinio de la guerra fría más famosa de la derecha madrileña.
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