No todas las vueltas al mundo son iguales. Tamara Echegoyen ya había vivido una en competición, por etapas y con otros rivales en el horizonte. Pero esta vez el desafío era distinto: sin escalas, sin asistencia y con el cronómetro y la meteorología como únicos adversarios reales.

La regatista gallega, campeona olímpica y única española de The Famous Project, formó parte de la primera tripulación íntegramente femenina en completar este reto en un trimarán oceánico. Lo lograron tras 57 días de navegación, después de atravesar el cabo de Hornos, convivir con el agotamiento extremo y perder la vela mayor cuando la meta ya estaba cercana.

Lo que cuenta ahora, con su tono que mezcla épica y risas, no suena a relato prefabricado, sino a la voz de alguien que sabe que en el océano solo valen las decisiones, los datos y una enorme capacidad para seguir en medio del frío y, a veces, el miedo.

Cualquier cosa que pase en el barco la tienes que solucionar tú misma o el equipo

Un desafío con pocas normas y ninguna red

El trofeo Julio Verne tiene algo que lo hace especial. Como explica Echegoyen, la lógica del reto es sencilla sobre el papel y muy dura en la práctica: salir y llegar al mismo punto, hacerlo sin escalas y sin asistencia externa. “Cualquier cosa que pase en el barco la tienes que solucionar tú misma o el equipo”, dice. Eso significa que tocar tierra o recibir ayuda implica, directamente, el final de la aventura.

En ese contexto, The Famous Project, liderado por la patrona francesa Alexia Barrier, tenía una ambición doble: competir en uno de los mayores desafíos de la vela oceánica y hacerlo con una tripulación 100% femenina. Eran ocho navegantes, con Echegoyen como única española del equipo.

Cuando el adversario no es otro barco, sino el tiempo

Una de las claves más interesantes del relato de Echegoyen está en cómo define la diferencia entre esta vuelta al mundo y las competiciones a las que estaba más acostumbrada: “Es un récord de velocidad en el que tu principal adversario es un cronómetro; y tu principal aliado -y también adversario, algunas veces- son las condiciones meteorológicas”, explica.

Ese cambio de lógica también transformó la experiencia personal de la regatista. En una vuelta al mundo por etapas hay descansos, pausas, recambios de ritmo. Aquí no. La travesía era continua, sin interrupciones, con turnos de tres horas de trabajo y, con suerte, tres horas para descansar. Ese modelo, sostenido durante casi dos meses, convierte el cansancio en un elemento clave de la navegación. Y hace que cada error pese más.

La tecnología no sustituye al instinto, pero sí cambia la manera de navegar

Echegoyen insiste en que la vela actual no puede entenderse sin tecnología. No solo por la evolución de los barcos y sus apéndices, sino por la cantidad de información que hoy permite anticipar decisiones clave. “Es una batalla de números”, dice en un momento de la conversación.

Y no lo plantea como una abstracción, sino como una realidad operativa: los datos sirven para leer mejor la meteorología, ajustar la posición del barco, optimizar el trimado de las velas y decidir si el rendimiento está realmente en el nivel esperado.

Aliado tecnológico

En el caso de The Famous Project, el principal socio tecnológico fue Sopra Steria. A través de su filial CS Group, la compañía implementó y adaptó el software CRIMSON para regatas oceánicas, para permitir al equipo de tierra acceder a información en tiempo real y trabajar con más precisión el enrutamiento meteorológico.

La propia Echegoyen explica que ese análisis de datos permitía anticipar mejor el cruce de océanos y llegar a tormentas con la configuración de velas adecuada para minimizar riesgos. Como responsable de rendimiento a bordo, su papel consistía precisamente en traducir parte de esa información en decisiones concretas de navegación.

La deportista reconoce la utilidad de la inteligencia artificial y de los sistemas de datos, pero también marca un límite muy claro: “Hay una parte muy de instinto que tiene el regatista que sigue intacta”. Los números ayudan, orientan y aceleran el aprendizaje, pero no sustituyen del todo la lectura visual, la experiencia acumulada ni la capacidad de reacción del navegante. “Son tus ojos los que analizan las velas”, resume.

Icebergs, nutrición y seguimiento en tiempo real

La tecnología del proyecto no se quedó en el rendimiento puro. También tenía una dimensión clara de seguridad y seguimiento. Echegoyen menciona, por ejemplo, la detección de icebergs en el océano sur como uno de los aspectos más delicados de la travesía. El equipo utilizó algoritmos de IA para detectar hielo y delimitar hasta qué punto podía bajar el barco hacia el sur, una trayectoria más corta pero también con mayor riesgo.

A eso se sumó una aplicación para tableta situada en la cocina del barco, diseñada para registrar de forma rápida la alimentación y otros datos fisiológicos de la tripulación. El objetivo no era solo que los nutricionistas pudieran supervisar mejor la ingesta diaria, sino también recoger información útil para futuros estudios sobre cómo responden físicamente las mujeres a este tipo de retos extremos, un terreno todavía poco explorado.

El proyecto contó además con una aplicación móvil y una versión web para seguir el barco en tiempo real por cualquier persona que quisiera hacerlo. La idea era abrir el proyecto a familiares, aficionados y público general, algo que Echegoyen valora especialmente porque convierte la aventura en algo compartido y no solo interno.

Perder la mayor y seguir adelante

Si hay un momento que concentra toda la dureza de la travesía es el relato de la pérdida de la vela mayor a solo 1.000 millas de la llegada, cuando el barco se encontraba ya cerca de Azores. El plan inicial había sido resguardarse unas 36 horas para dejar pasar la borrasca Ingrid y cruzar después en mejores condiciones. Pero la rotura cambió por completo el escenario. “Pierdes tu motor, básicamente”, dice Echegoyen sobre la mayor, la vela que más empuja al barco.

La única opción  para completar el reto era entonces atravesar la borrasca. Lo hicieron con olas de hasta 8 metros y durante casi 48 horas. Echegoyen asegura que nunca había navegado con olas tan grandes, pese a haber dado ya una vuelta al mundo anteriormente.

Sostenibilidad

Pero el proyecto no se limitó a la dimensión deportiva. La regatista subraya además el aspecto medioambiental y científico de la travesía. El barco contaba con paneles solares que ayudaban a reducir el consumo de combustibles fósiles; y la tripulación transportaba varias balizas científicas para recoger datos sobre corrientes, temperatura y salinidad en zonas por las que apenas navega gente. Eran kilos extra que perjudicaban el rendimiento, pero que aportaban información valiosa para la investigación oceanográfica.

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