El sábado pasado se estrenó el último capítulo de la tercera temporada de Fundación, la adaptación de Apple TV+ de las novelas de Isaac Asimov. Y, claro, para un fan loco de este genio de la ciencia ficción como yo, es una serie que tenía que ver sí o sí.

Por si no lo sabes, te cuento de qué va. Un matemático, Hari Seldon, desarrolla la psicohistoria, una disciplina capaz de predecir, con precisión estadística, el ascenso y la caída de imperios enteros a lo largo de siglos. Es, probablemente, una de las ideas más cool (en la época en la que descubrí las novelas, habría dicho “molonas”) que ha dado la ciencia ficción, porque reduce la historia humana y el futuro a una ecuación.

¿Hay mecanismos generales y predecibles que dan forma a la historia de nuestro mundo?

Lo curioso es que existe un campo académico real que persigue, con matices, algo parecido. No predice el futuro exacto de un imperio concreto, ni evita que nadie tenga que escapar de un Segundo Imperio Galáctico, claro; lo que hace es buscar patrones matemáticos detrás del auge y la caída de las sociedades complejas a lo largo de la historia. Se llama Cliodinámica, y su principal impulsor es Peter Turchin, profesor de Ecología y Biología Evolutiva en la Universidad de Connecticut (UConn).

Un biólogo que empezó estudiando escarabajos

Turchin no llegó a la historia por el camino habitual. Su formación original es en dinámica de poblaciones —el estudio matemático de cómo crecen y decaen las poblaciones de animales—, un campo en el que ya llevaba años trabajando cuando decidió aplicar las mismas herramientas a las sociedades humanas. La pregunta de fondo que se hizo, según relata él mismo en un artículo publicado en la propia web de la Universidad de Connecticut, era si la historia es solo "una maldita cosa detrás de otra", sin ningún patrón subyacente, o si existen principios generales capaces de explicar sus grandes ciclos.

Para responder, Turchin y su equipo construyeron una simulación por ordenador que reconstruía el periodo comprendido entre el 1500 antes de Cristo y el 1500 después de Cristo en África, Europa y Asia. Partían de la premisa de que los grandes estados cohesionados, con población numerosa, surgen de la competencia intensa entre sociedades más pequeñas, casi siempre en forma de guerra; y esa competencia depende a su vez del desarrollo tecnológico —armas de metal, carros de combate, caballería— y de la geografía del territorio.

El resultado, contrastado contra el registro histórico real, predijo con notable precisión el ascenso y la caída de imperios como los de Mesopotamia, Egipto, China e India. A ese campo de estudio, que combina evolución cultural y ciencia de la complejidad para convertir datos históricos en predicciones verificables mediante el método científico, Turchin y sus colegas lo bautizaron como Cliodinámica, en honor a Clío, la musa griega de la historia.

Lo que sí puede predecir, y lo que no

Pero no nos volvamos locos. La distancia entre la psicohistoria de Asimov y la Cliodinámica real es considerable, y el propio Turchin es el primero en reconocerla. Su modelo no señala una fecha exacta ni un imperio concreto. Lo que hace es identificar variables recurrentes —desigualdad económica creciente, un exceso de aspirantes a la élite compitiendo por muy pocos puestos de poder, deterioro de las finanzas del Estado— que, según su análisis de cientos de sociedades históricas, tienden a preceder a los periodos de mayor inestabilidad social y política.

"Aunque no siempre podemos predecir todo sobre el futuro, nuestra investigación muestra que hay mecanismos generales y predecibles que dan forma a la historia de nuestro mundo", escribe el investigador en el texto publicado por la UConn. No es psicohistoria asimoviana —no hay una Bóveda esperando abrirse en el momento justo—, pero tampoco es simple numerología histórica. En realidad, es un intento, con sus limitaciones, de aplicar el método científico a una disciplina, la historia, que tradicionalmente ha desconfiado de las predicciones.

La ficción y la ciencia coinciden en el instinto, no en el método

Asimov escribió las novelas originales en la década de 1940, inspirado explícitamente en el relato del ascenso y caída del Imperio Romano descrito por Edward Gibbon. A partir de ese planteamiento, construyó la psicohistoria como una extrapolación literaria de la intuición tradicional de que las civilizaciones, como los organismos, atraviesan ciclos de crecimiento, apogeo y declive que podrían, en teoría, estudiarse con las mismas herramientas que la física o la biología.

La Cliodinámica no demuestra que Asimov tuviera razón en sentido literal, porque ningún modelo actual permite anticipar con precisión una caída concreta y buena parte de la comunidad de historiadores se sigue mostrando escéptica ante la idea de reducir procesos tan complejos a variables cuantificables. Pero el interrogante de fondo que planteó la ciencia ficción hace 80 años —¿puede predecirse la historia?— sigue siendo una pregunta de investigación en plena vigencia, con departamentos universitarios, revistas científicas y bases de datos que recopilan información sobre varios cientos de sociedades históricas.

El escepticismo, también, forma parte de la ciencia

La Cliodinámica ha recibido críticas de historiadores que consideran que reducir procesos culturales, religiosos y políticos a variables numéricas simplifica en exceso algunos fenómenos que dependen de decisiones humanas concretas, contingencias imprevisibles y contextos culturales imposibles de cuantificar del todo..

Turchin, por su parte, ha insistido en que su objetivo no es sustituir a los historiadores, sino ofrecerles una herramienta adicional que permite someter hipótesis históricas a una prueba estadística rigurosa, en lugar de depender exclusivamente de la narrativa y el estudio de caso. La diferencia entre esa aspiración y la Fundación de Asimov, que era capaz de calcular con precisión el fin de un imperio galáctico entero, es la misma que separa la buena ciencia ficción de la ciencia real.

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