Ayer te contaba cómo evitar fraudes estas vacaciones. Pero, no es lo único con lo que tienes que tener cuidado. Y ya sé que estás pensando que todos los veranos vengo con la misma cantinela, pero es que no aprendemos. Por muchas advertencias que veamos, al final, siempre pasa alguna cosa. Pero este año, no. Este año, tú y yo vamos a ser gente sensata, no nos vamos a quemar, no nos vamos a pillar una insolación y no vamos a acabar en la caseta de la Cruz Roja (un aplauso para esa gente que nos cuida mientras estamos de vacaciones).

Un aplauso para la gente de la Cruz Roja que nos cuida en vacaciones

A ver, que no te estoy diciendo que te pases las vacaciones pendiente de todo lo que puede salir mal. Pero tampoco podemos ir por la vida como amebas. Incluso una piscina conocida, una playa aparentemente tranquila o una ruta sencilla pueden cambiar rápidamente si hace demasiado calor, aparece una corriente o el tiempo empeora.

Las cañas y los tintos de verano lo único que hacen es empeorar las cosas

No esperes a tener sed

La primera regla parece obvia, pero sigue siendo una de las que más olvidamos: bebe agua con frecuencia, aunque no tengas sed. ¡Pero agua!, las cañas y los tintos de verano lo único que hacen es empeorar las cosas.

El Ministerio de Sanidad recuerda que las temperaturas elevadas pueden provocar calambres, agotamiento, deshidratación, insolación y, en los casos más graves, un golpe de calor. El riesgo aumenta especialmente en bebés, niños pequeños, personas mayores, embarazadas y quienes padecen enfermedades crónicas.

Durante las horas más calurosas, procura permanecer en lugares frescos o a la sombra. Nada de dormir la siesta a pleno sol. Y, si vas a hacer deporte o alguna actividad física, evita la franja central del día y adapta el esfuerzo a la temperatura.

El alcohol, las bebidas con mucha cafeína y las muy azucaradas no son una buena alternativa al agua. Tampoco conviene esperar a encontrarse mal para parar. El dolor de cabeza, la debilidad, los mareos, las náuseas o una sed intensa pueden ser señales de que el cuerpo necesita descanso, agua y un lugar fresco.

Recuerda: el calor puede convertirse en una urgencia médica. Ante síntomas graves, como confusión, pérdida de conciencia, convulsiones o una temperatura corporal muy alta, llama al 112.

En la playa, la bandera no es decorativa

A ver, lo de las banderas, ya deberíamos sabérnoslo todos. Que siempre está el listo que dice: “Aquí la bandera roja la ponen por poner, cerca de la orilla no hay peligro”. Pues no. Puede que el mar parezca tranquilo desde la orilla, pero las corrientes, el oleaje o los cambios de profundidad no siempre son visibles.

Báñate preferentemente en playas vigiladas y sigue las indicaciones de los socorristas. Tampoco te flipes con tu capacidad para nadar. El cansancio aparece antes cuando hay oleaje, viento o corriente. Si tienes dificultades para volver a la orilla, intenta mantener la calma, pide ayuda y evita luchar de forma desordenada contra el agua.

No te tires de cabeza en lugares cuya profundidad desconoces. Esta precaución es especialmente importante en calas, ríos, embalses, pantanos o zonas rocosas. Un salto que parece inofensivo puede provocar lesiones medulares o traumatismos graves.

El alcohol y el baño tampoco hacen buena pareja. Reduce la capacidad para valorar el riesgo, altera los reflejos y puede hacer que una persona tarde más en reaccionar ante una situación peligrosa. Vamos, es casi como conducir si has bebido.

Con los niños, vigilancia constante

En vacaciones pasamos mucho tiempo con los niños y, a veces, queremos “descansar” un poco de ellos también. Pero, aun así, no dejes de prestarles atención ni un momento. Los manguitos, flotadores y colchonetas no sustituyen la supervisión de un adulto. Tampoco basta con estar cerca mirando el móvil o hablando con otras personas.

Los niños pequeños deben permanecer siempre al alcance de la mano cuando están dentro o junto al agua. En las piscinas, además, conviene disponer de barreras físicas que impidan que puedan llegar al borde.

En instalaciones públicas, comprueba que existe vigilancia y respeta las normas. No corras por los bordes, nada de juegos bruscos y no permitas que nadie empuje a otras personas al agua.

También hay que tener cuidado con las piscinas hinchables o de poca profundidad. Un niño pequeño puede ahogarse en muy poca agua y en apenas unos minutos. Que haya socorrista no sustituye tu vigilancia.

En la montaña, salir preparado importa más que llegar lejos

En la montaña, pasa lo mismo, que vamos de listos y de que hemos hecho millones de rutas. Pero antes de salir, consulta la predicción meteorológica específica de la zona. En montaña, una jornada soleada puede cambiar rápidamente por una tormenta, una bajada de temperatura o rachas fuertes de viento. Y nada de “yo me conozco esta zona desde que era pequeño”.

Planifica el recorrido, valora su dificultad real y calcula el tiempo teniendo en cuenta a la persona más lenta del grupo. No empieces tarde ni improvises desvíos si no conoces el terreno.

Lleva agua suficiente, algo de comida, protección solar, gorra, ropa adecuada y una prenda de abrigo, incluso en verano. El calzado debe ser apropiado para el terreno y estar ya usado. Estrenar unas botas en una ruta larga suele ser una mala idea.

Informa a alguien de dónde vas, qué recorrido piensas seguir y a qué hora calculas regresar. Siempre que sea posible, evita caminar solo.

La batería del móvil debe estar cargada, pero no confíes únicamente en él. Puede que no haya cobertura o que el GPS falle. Llevar el itinerario descargado y conocer las señales básicas de la ruta sigue siendo importante.

Y no pasa nada por darte la vuelta: si te sorprende una tormenta, si el calor es excesivo o si te notas muy cansado, te vuelves a casa y ya terminarás la ruta otro día. ¡No es una competición!

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