Nick Kyrgios volvió a sentirse tenista. Después de años marcados por las lesiones, las dudas y las operaciones, el australiano firmó un regreso soñado en el ATP de Stuttgart al derrotar al francés Corentin Moutet por 6-3 y 6-4. Más allá del resultado, la imagen dejó una de las historias más emotivas de la temporada: la de un jugador que llegó a plantearse si volvería a competir al máximo nivel y que ahora vuelve a mirar al futuro con esperanza.
Una victoria mucho más importante que un simple partido
Para entender la dimensión del triunfo hay que remontarse a los últimos años de Kyrgios. El australiano, finalista de Wimbledon en 2022, ha vivido un auténtico calvario físico que prácticamente le apartó del circuito profesional.
Las lesiones se acumularon una tras otra hasta obligarle a pasar varias veces por el quirófano. La más grave fue una compleja reconstrucción de muñeca que puso en peligro la continuidad de su carrera. A ello se sumaron cuatro operaciones de rodilla y numerosos problemas físicos que le impidieron competir con regularidad.
Por eso, cuando terminó el partido en Stuttgart, la emoción fue evidente. El propio Kyrgios reconoció el enorme esfuerzo que ha supuesto regresar a las pistas después de un proceso de recuperación tan largo y complicado. El australiano explicó que ha tenido que trabajar durante meses para volver a sentirse competitivo y que, por primera vez en mucho tiempo, vuelve a encontrarse bien físicamente.
El césped vuelve a ser su refugio
Si había una superficie ideal para intentar el regreso, esa era el césped. Históricamente, Kyrgios ha mostrado su mejor tenis sobre hierba gracias a un servicio devastador, una gran capacidad para atacar la red y un talento natural para los puntos rápidos.
En Stuttgart aparecieron nuevamente muchas de esas virtudes. El australiano dominó con su saque, no concedió ni una sola bola de break y dejó varios golpes espectaculares que recordaron al jugador que maravilló al mundo durante sus mejores años.
La victoria tuvo además un valor simbólico añadido: fue su primer triunfo a nivel ATP desde marzo de 2025 y su primera victoria en césped desde la histórica final de Wimbledon que disputó frente a Novak Djokovic.
Un regreso con sabor a última oportunidad
A sus 31 años, Kyrgios es consciente de que el tiempo ya no juega a su favor. Durante los últimos meses ha llegado incluso a insinuar la posibilidad de una retirada prematura si las lesiones continuaban impidiéndole competir con normalidad.
Por eso este regreso tiene un componente especial. Más que una vuelta para conquistar títulos, parece una oportunidad para comprobar hasta dónde puede llegar todavía su cuerpo. El australiano afronta esta nueva etapa con cautela, sin fijarse objetivos demasiado ambiciosos y centrado en responder físicamente partido a partido.
La prudencia, de hecho, contrasta con la personalidad explosiva que siempre le ha acompañado. Kyrgios sabe que una recaída podría volver a frenar su carrera y por eso prefiere avanzar paso a paso.
Wimbledon aparece en el horizonte
La gran meta sigue siendo Wimbledon. El torneo londinense representa el mejor recuerdo de su carrera y también el escenario donde cree que todavía puede competir contra los mejores.
Un buen papel en Stuttgart podría reforzar sus opciones de recibir una invitación para el Grand Slam británico, donde fue finalista en 2022 y donde su estilo de juego resulta especialmente peligroso. Todavía es pronto para saber si Kyrgios podrá volver a pelear por grandes objetivos. Lo que sí parece claro es que, después de años de sufrimiento, operaciones y rehabilitación, ha recuperado algo incluso más importante que una victoria.
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