Hace 42 años, Kareem Abdul-Jabbar se convirtió en el máximo anotador de la historia de la NBA, un trono estadístico que mantuvo durante décadas hasta que LeBron James logró superarlo. Pero reducir su legado a ese récord sería quedarse corto: su recorrido por la liga, entre los Milwaukee Bucks y Los Angeles Lakers, lo consagró como una de las figuras más dominantes, elegantes y decisivas que ha dado el baloncesto, con seis anillos, seis MVP y un impacto que cambió para siempre la posición de pívot.

El inicio de una carrera destinada a la historia

Antes de convertirse en Kareem Abdul-Jabbar, el mundo del baloncesto conoció a Ferdinand Lewis Alcindor Jr., un talento generacional que llegó a la NBA con una reputación inmensa. Su impacto en el profesionalismo fue inmediato. Elegido en el draft de 1969, aterrizó en los Milwaukee Bucks y en muy poco tiempo transformó a una franquicia joven en un aspirante real al título. No necesitó un largo periodo de adaptación: su tamaño, técnica y coordinación ya lo convertían en un interior diferente, mucho más fino y cerebral que la mayoría de los dominadores de la pintura de su tiempo.

En Milwaukee, Kareem no tardó en demostrar que estaba hecho para gobernar la liga. Su explosión fue tan rápida que en apenas su segunda temporada ya condujo al equipo al campeonato de 1971, el primero de la historia de los Bucks. Aquel título fue también la confirmación de que la NBA tenía una nueva gran referencia interior. Su capacidad anotadora, su lectura del juego y su presencia cerca del aro lo hicieron prácticamente imparable. No era solo un pívot dominante por físico: era un jugador con recursos técnicos muy por encima de la media.

Milwaukee: el primer trono

La etapa en los Bucks fue breve en comparación con el resto de su carrera, pero esencial para entender su dimensión. Allí ganó su primer anillo y consolidó una imagen de superestrella total. También empezó a construir un palmarés individual descomunal, impulsado por actuaciones sostenidas en puntos, rebotes y defensa. Kareem fue mucho más que un gran anotador: dominó ambos lados de la pista y elevó el listón de lo que se esperaba de un pívot franquicia.

Ese peso competitivo llevó a Milwaukee a vivir los mejores años de su corta historia. Con él como eje, la franquicia pasó de ser un proyecto prometedor a un campeón respetado. Sin embargo, el verdadero salto de su figura hacia la inmortalidad llegaría poco después, cuando cambió de escenario y se trasladó a un mercado mucho más mediático y exigente: Los Angeles Lakers.

Los Lakers y la construcción de una dinastía

El traspaso a los Lakers en 1975 abrió una nueva era en su carrera. En Los Angeles, Kareem pasó de ser el líder de un equipo campeón a convertirse en el rostro de una franquicia histórica. Allí prolongó su dominio individual y, con el paso de los años, terminó integrándose en uno de los proyectos más legendarios del baloncesto: los “Showtime Lakers”.

Con los Lakers conquistó cinco anillos más: 1980, 1982, 1985, 1987 y 1988. Esa colección, sumada al título de Milwaukee, elevó su cuenta a seis campeonatos de la NBA. Lo extraordinario es que su carrera no tuvo un único pico, sino varios. Fue campeón siendo el centro absoluto del sistema y también siendo el veterano sabio que seguía marcando diferencias en una plantilla repleta de talento. Esa capacidad para seguir siendo decisivo en etapas tan distintas es una de las razones por las que su legado se mantiene tan alto en cualquier comparación histórica.

Su asociación con los Lakers también ayudó a consolidar una imagen icónica: la del capitán sereno, competitivo y letal, capaz de castigar a cualquier defensa con su movimiento más célebre. El skyhook no era solo un recurso bonito, era una arma de precisión casi imposible de taponar. Ese gesto técnico, convertido en firma personal, resumía perfectamente su carrera: elegancia, eficacia y una sensación constante de inevitabilidad.

Seis MVP y una regularidad fuera de época

Si los anillos miden el éxito colectivo, los seis premios MVP de temporada regular explican la magnitud de Kareem como jugador dominante. Ningún otro baloncestista ha ganado más veces ese galardón. Ese dato, por sí solo, lo sitúa en una esfera reservada para muy pocos. La NBA premió en él algo más que números: reconoció su continuidad, su peso competitivo y su capacidad para imponer su ley durante más de una década.

A eso se suma una colección impresionante de reconocimientos: 19 All-Star, 15 selecciones All-NBA y 11 apariciones en los equipos All-Defensive. Son cifras que hablan de una estrella total, respetada por su impacto ofensivo y también por su influencia atrás. Kareem no fue un especialista en un solo aspecto, sino una superestrella completa, con la consistencia suficiente para mantenerse en la élite durante dos décadas.

El récord que parecía imposible

Uno de los momentos más recordados de su trayectoria llegó el 5 de abril de 1984, cuando superó a Wilt Chamberlain como máximo anotador histórico de la NBA. Lo hizo en un partido ante los Utah Jazz y, de nuevo, con ese skyhook que ya formaba parte del imaginario del juego. Aquel día no solo rompió una marca legendaria: dejó claro que su carrera estaba entrando en un territorio que parecía inalcanzable para cualquiera.

Kareem terminó su carrera en 1989 con 38.387 puntos, una cifra que resistió durante casi 39 años como referencia absoluta del baloncesto profesional. Durante décadas, esa marca fue vista como uno de esos récords destinados a sobrevivir a generaciones enteras de estrellas. Michael Jordan, Kobe Bryant o Karl Malone se quedaron por detrás. Solo mucho después otro gigante de la historia pudo superarla. Pero incluso cuando cayó el récord, la dimensión del logro original siguió intacta: había sido levantado sobre 20 temporadas de excelencia y una longevidad prácticamente irrepetible.

Los números que sostienen la leyenda

Más allá de los puntos, su carrera está repleta de registros imponentes. Cerró su trayectoria con 1.560 partidos, 17.440 rebotes y 5.660 asistencias, además de ser durante mucho tiempo líder histórico en varios apartados estadísticos. Su promedio de 24,6 puntos por partido ilustra hasta qué punto fue una máquina ofensiva constante, mientras que sus 11,2 rebotes por noche recuerdan que también fue uno de los grandes dominadores interiores de su generación.

Pero quizá el dato más revelador no sea una cifra concreta, sino la duración de su vigencia. Kareem fue dominante en los setenta, siguió siendo decisivo en los ochenta y se retiró con 42 años dejando huella en cada pabellón. Muy pocos jugadores han conseguido alargar tanto su grandeza sin convertirse en una sombra de sí mismos. Él no solo resistió el paso del tiempo: siguió ganando con él.

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