Julio Engonga Maté nació en Torrelavega, Cantabria, en 1967. Formado en la cantera de la Gimnástica de Torrelavega, desarrolló su carrera como futbolista en equipos como el Laredo, el Escobedo, el Levante, la Unión Deportiva Las Palmas, el Avilés Industrial o el Talavera, además de regresar en distintas etapas al club de su ciudad natal.
Pertenece a una familia estrechamente vinculada al fútbol. Es hijo del futbolista ecuatoguineano Vicente Engonga Nguema, uno de los primeros jugadores negros españoles que compitieron en las principales categorías del fútbol nacional, y hermano de Vicente Engonga Maté, internacional con la selección española.
Licenciado en Biología por la UNED, desde 2006 trabaja como responsable de los leones marinos en el Parque de la Naturaleza de Cabárceno. También forma parte de la Federación Cántabra de Fútbol y desarrolla una intensa actividad cultural y política vinculada al panafricanismo, la lucha contra la negrofobia y la denuncia del racismo en el deporte.
Amante del hip-hop político de grupos como Public Enemy o Dead Prez y estudioso del cine afroamericano, Engonga imparte seminarios sobre estas materias en la Malcolm Garvey University. En esta conversación con Abuy Nfubea repasa el racismo que vivió durante su trayectoria deportiva, la influencia de Malcolm X en su formación y los cambios que, a su juicio, se están produciendo alrededor de figuras como Vinícius Júnior, Nico Williams o Lamine Yamal.
Pregunta (P): James Baldwin decía que, para los blancos, el racismo significa que te cuelguen de un árbol, mientras que para los negros es toda su vida. ¿Cómo se vive siendo futbolista? Me refiero a cuando desde las gradas gritan “negro cabrón” o “recoge el algodón”, pero tienes que salir a jugar y fingir que no escuchas nada. Después llegaron las protestas de Nicolas Anelka, Edwin Congo o Samuel Eto’o, y ahora las de Vinícius Júnior. ¿Ha cambiado algo?
Respuesta (R): Yo soy optimista y quiero pensar que sí. Hay cosas que han cambiado mucho, aunque ese cambio no ha sido gratuito.
A los jugadores negros de generaciones anteriores se nos educaba en la resignación. Teníamos que callarnos ante el racismo porque lo principal era jugar al fútbol. Ese era el lugar que se nos reservaba: guardar silencio. Era lo mismo que vivíamos en la calle. Además, muchos jugadores blancos que podían haber protestado por nosotros no concedían importancia a lo que estaba sucediendo.
Ahora eso ha cambiado en parte gracias a las luchas del movimiento panafricanista y de organizaciones como FOJAH, Maleva, AISE, AEME o Black Lives Matter. No ha ocurrido porque el sistema se haya vuelto benévolo, sino porque hemos luchado. Nos hemos empoderado y ya no consentimos con la misma resignación los insultos que sufríamos de niños en los estadios y en las calles.
Como consecuencia de ese cambio, comienza a haber también apoyo de jugadores, entrenadores y directivos blancos. Florentino Pérez y Carlo Ancelotti, por ejemplo, apoyaron a Vinícius cuando estaba siendo linchado por una parte de la opinión pública. Algunos lo harán por convencimiento y otros por otros motivos, pero lo importante es que lo hicieron. Eso jamás sucedía en nuestro tiempo.
Hoy existe, al menos, la posibilidad de que el árbitro detenga el partido ante los insultos racistas o de que un juez de línea intente ponerse en nuestra piel. Hasta hace poco eso no ocurría. Nico Williams o Lamine Yamal tienen hoy la posibilidad de pedir que se detenga un partido. Es un avance enorme porque significa que, por primera vez, una parte de la Administración y de las instituciones empieza a ponerse en nuestra piel.
P: En 1991, Public Enemy actuó en la plaza de toros de Leganés ante miles de personas. Al concierto acudieron figuras de la contracultura como Fermin Muguruza y aquella noche el hip-hop se convirtió en un punto de encuentro contra el racismo. ¿Cómo conociste a Public Enemy?
R: En los años ochenta yo soñaba con ser futbolista y vivía en un barrio humilde y de clase trabajadora. Por la cercanía con Euskadi se escuchaba mucho rock radical vasco: Kortatu, La Polla Records y otros grupos. A la mayoría de mis amigos blancos, sin embargo, les gustaba el heavy metal.
Yo escuchaba rap, punk y rock and roll en castellano. Mi hermano Vicente me habló de un grupo estadounidense que mezclaba rock y rap. No entendíamos las letras porque no sabíamos inglés, pero la estética y la puesta en escena nos parecían muy interesantes. Era también el momento en el que comenzaba a llegar MTV.
Así conocí a Public Enemy. La primera canción que escuché fue Bring the Noise. Me impresionó tanto que cogí un diccionario que tenía en casa y, con mucha paciencia, intenté traducirla. Aquello me llenó. A partir de ahí empecé a leer a Louis Farrakhan y a Malcolm X y comencé a desarrollar una conciencia negra.
Torrelavega era una ciudad industrial y obrera, tradicionalmente más progresista que otros lugares de Cantabria. En aquella época yo hacía un razonamiento muy sencillo: la derecha parecía defender a los ricos y la izquierda a los pobres. Yo era negro y pobre, así que me acerqué a la izquierda. La primera vez que voté, voté a Izquierda Unida.
Después empecé a estudiar historia negra y literatura africana. Con el tiempo comprendí que ser progresista no convierte automáticamente a nadie en antirracista, y mucho menos en panafricanista. Esa fue una lección que marcó mi camino y que fue construyendo mi conciencia poco a poco.
P: Y entonces llegó Spike Lee. ¿Qué tuvo de impactante el cine afroamericano de los años noventa que no tuviera el blaxploitation de los setenta?
R: Vi prácticamente todas aquellas películas, pero la que más me influyó fue Malcolm X. Fue la película que realmente me hizo comprender quién era yo y cuál era la realidad que me rodeaba.
La escena que más me impactó fue aquella en la que Malcolm, estando en prisión, discute con un capellán sobre si Jesús era blanco. A partir de ese momento me quedé completamente enganchado. Cuando terminó la película, quise volver a verla inmediatamente.
Películas como Semillas de rencor, de John Singleton, o títulos como Historia de un soldado, Mandingo o Shaft mostraban el racismo y podían resultar muy impactantes. También lo hicieron series como Raíces. Sin embargo, seguían siendo obras de ficción.
Malcolm X, en cambio, contaba una historia real basada en la autobiografía escrita junto a Alex Haley, que también fue autor de Raíces. Spike Lee narraba la experiencia de una persona negra desde una perspectiva negra, no desde la mirada de alguien que observa el racismo en tercera persona.
P: Al menos antes de Donald Trump, un musulmán podía llegar a Estados Unidos, enarbolar la bandera de las barras y estrellas y hacer que sus hijos y nietos se sintieran estadounidenses. En Europa, en cambio, una atleta como Ana Peleteiro nace en España, gana títulos para España y todavía se enfrenta a la hostilidad y la sospecha de una parte de la opinión pública. ¿Es la pesadilla europea frente al llamado sueño americano?
R: Las películas de Spike Lee y John Singleton me ayudaron a cambiar mi mentalidad. Hasta entonces, muchos afroespañoles pensábamos que la esclavitud pertenecía al pasado y que los negros en Estados Unidos vivían con normalidad.
Lo que nos llegaba eran películas como Superdetective en Hollywood, con Eddie Murphy; videoclips de Michael Jackson; las victorias de Carl Lewis, o la NBA con Michael Jordan. Se nos transmitía la imagen de una Norteamérica idealizada en la que el racismo y la supremacía blanca eran problemas antiguos.
Parecía que la última gran reivindicación negra había sido la de John Carlos y Tommie Smith levantando el puño en los Juegos Olímpicos de México de 1968, y que el único lugar donde continuaba existiendo una segregación abierta era la Sudáfrica del apartheid.
En Europa, la mentalidad colonial continúa muy presente. En territorios vinculados a España, como Cuba, Puerto Rico o Guinea Ecuatorial, existieron la esclavitud y diferentes formas de trabajo forzado, pero en la Península nunca se produjo un verdadero debate social sobre ese pasado.
Muchos jóvenes afrodescendientes, cuyos antepasados llegaron en barcos, puertos y momentos históricos diferentes, se esfuerzan por formar parte de la cultura europea contemporánea. Sin embargo, continúan siendo víctimas del racismo institucional.
Incluso quienes consiguen integrarse y contribuyen al desarrollo económico, social, político y cultural tienen que luchar para que se reconozca su trabajo. Con frecuencia se encuentran con la invisibilización y con la vulneración de sus derechos.
Eso no significa que el odio hacia los negros sea generalizado. La cuestión es que determinadas sociedades toleran a las personas negras mientras no amenacen las estructuras de poder. No les molestan los negros presentados como pobres, dependientes o inofensivos, pero sí aquellos que reclaman poder, dignidad o protagonismo.
Es una reminiscencia del esclavismo, de la época en la que los negros éramos considerados cosas y propiedades. Por eso la lucha debe ser permanente.
P: ¿Cómo despertó tu conciencia negra cuando desde la grada te gritaban “negro de mierda”, “mono”, “Ku Klux Klan” o “vete a tu país”, y no podías responder porque el entrenador, el juez de línea, el árbitro, la prensa e incluso tus compañeros fingían no escuchar nada?
R: Siempre fui consciente de mi negritud desde muy joven, en gran medida por mi padre y por mi forma de ser. Vivíamos lejos de ciudades grandes y cosmopolitas como Barcelona, Valencia, Madrid o Bilbao.
Cuando eras un adolescente negro en las categorías inferiores del fútbol y respondías a los insultos racistas, te miraban como si fueras un bicho raro. Con el tiempo comprendes que debes desarrollar tu propio carácter.
Cuando destacas en una actividad como el fútbol, consigues un altavoz para expresar lo que piensas. La gente empieza a conocerte, aunque tus palabras no siempre sean bien recibidas. Si protestabas, eras considerado un “mal negro”, uno de esos que Malcolm X identificaba con el negro del campo.
Recuerdo que, con motivo del Día Internacional contra el Racismo, concedí una entrevista en Valencia que terminó siendo censurada. Dije que deseaba a los nazis de las gradas lo mismo que ellos me deseaban a mí. Después de haber soportado insultos durante toda mi vida, aquella entrevista fue vetada en una democracia.
Ese episodio me hizo todavía más consciente de quién era y de quién quería ser. También me permitió comprender la naturaleza institucional del racismo.
A partir de los veinte años tuve muy claro que era necesario construir un instrumento político y una organización negra al servicio de la juventud afrodescendiente. En ello influyó muchísimo el rap político.
P: El final de los años ochenta y el principio de los noventa fueron muy agitados. Eras futbolista y un joven negro con conciencia social. ¿Cómo viviste las huelgas y movilizaciones estudiantiles asociadas a la figura del Cojo Manteca?
R: Mis hermanos y yo crecimos en Cantabria y estuvimos parcialmente aislados de la revolución cultural afro que se estaba produciendo en Madrid y Barcelona a finales de los ochenta y principios de los noventa.
La información nos llegaba tarde y mal, pero nos buscábamos la vida para encontrarla. Supimos de las huelgas estudiantiles, de la formación de grupos negros en la Universidad de Alcalá, de organizaciones como FOJAH, Los Colours o los Panteras Negras, además de la Movida madrileña y del rock radical vasco.
Veíamos aquellas luchas por televisión. Aunque estaba rodeado casi exclusivamente de blancos, sabía que existían otros jóvenes negros que estaban levantando la cabeza y dando la cara.
La sociedad blanca mayoritaria te obligaba, de manera consciente o inconsciente, a negar tu identidad negra, a pasar desapercibido, a no significarte y a blanquearte. Uno terminaba rebelándose contra eso.
Pensabas: “Estoy aquí solo, lo que me hacen no está bien y hay hermanos en otros lugares dando la cara. ¿Qué hago yo aquí solo?”.
Las movilizaciones del Cojo Manteca, en 1987 y 1988, me pillaron haciendo el servicio militar. Quise entrar en la Policía Militar y no me dejaron. Al principio pensé que era por ser negro, aunque luego comprendí que probablemente se debía a que procedía de Cantabria, considerada entonces parte de la llamada Zona Norte.
P: Muchos afroespañoles de aquella generación aseguran que Malcolm X los despertó y los hizo “salir del armario”. ¿Fue también tu caso?
R. Sí. En mi caso, el impacto principal no fue Louis Farrakhan, sino Malcolm X, al que llegué a través de Public Enemy, de las letras de sus canciones, de las contraportadas de sus discos y de lo que decía Chuck D.
Tuve un amigo musulmán marroquí que estaba en España practicando voleibol. Manteníamos conversaciones y debates muy intensos. Él conseguía libros y textos a través de Francia y me ayudaba a traducirlos al castellano.
La literatura fue determinante para el despertar de la conciencia negra de mi generación. Leía todo lo que encontraba. Aquellos libros me ayudaron a comprender el racismo y a descubrir un mundo en el que los negros no éramos un cero a la izquierda, como nos habían enseñado en el colegio, el cine y la televisión.
Hasta entonces parecía que todo lo bueno de la historia lo habían hecho los blancos. Prácticamente nunca se hablaba de las mujeres ni de personas negras o racializadas relevantes. Las referencias africanas se reducían muchas veces a personajes serviles. Se nos quería convencer de que la única gran personalidad negra era Martin Luther King.
Después fui descubriendo a Frederick Douglass, Marcus Garvey, la UNIA, los Panteras Negras, Winnie Mandela y Nelson Mandela.
El impacto de Malcolm X no tuvo tanto que ver con la religión musulmana como con su capacidad para movilizar y para provocar respeto. En los campos de fútbol había visto de todo: insultos, amenazas de muerte, plátanos lanzados desde las gradas y gritos de mono.
Yo no quería que quienes me insultaban me tuvieran miedo, pero sí que me respetaran. Y descubrí por primera vez a un hombre negro al que el poder blanco temía y respetaba. Así fue como conocí realmente a Malcolm X, cuando tenía unos 19 o 20 años.
P: Después de colgar las botas terminaste la carrera y comenzaste a enseñar cine, una de tus grandes pasiones. Haz lo que debas fue un éxito y consolidó a Spike Lee como director. ¿Qué recuerdas de aquella película?
R: Malcolm X y Haz lo que debas son mis dos películas preferidas. Son obras de culto que habré visto cientos de veces.
A finales de los años ochenta y principios de los noventa había cuatro cines en Torrelavega. Yo iba prácticamente todas las semanas y veía las cuatro películas que se proyectaban.
Recuerdo perfectamente el cartel de Haz lo que debas. Cuando vi que casi todos los personajes eran negros pensé que no podía perdérmela. La película comenzó con Fight the Power, de Public Enemy. Miré a mi novia de entonces, que hoy es mi mujer, y le dije: “Madre de Dios, esto va a ser impresionante”.
Me entraron ganas de levantarme, saltar, gritar y bailar. En la sala habría unas quince personas. Yo entendí inmediatamente de qué hablaba la película, mientras observaba las caras de algunos espectadores blancos que salían diciendo que no les había gustado o que no la habían entendido.
A mí me pareció una auténtica maravilla. Pensé que así era como los negros teníamos que mostrarnos. Al mismo tiempo caí en el error de creer que aquello solo sucedía en Estados Unidos y que en España no existían esos problemas.
Cuando años después se estrenó Malcolm X, yo ya había leído la autobiografía. Denzel Washington me impresionó profundamente y sigue siendo uno de mis actores preferidos. Ya lo había visto en Tiempos de gloria, junto a Morgan Freeman, pero su interpretación de Malcolm X reafirmó todavía más mis ideas.
Salí del cine enfadado y con la sensación de que tenía que hacer algo, de que debía llamar a todos mis amigos negros, aunque en ese momento prácticamente estaba solo. Desde entonces he seguido la carrera de Spike Lee y la de otros directores negros, como Antoine Fuqua.
P. Durante la lucha contra el apartheid, estudiantes africanos residentes en España se movilizaron y figuras del deporte y la música apoyaron públicamente a Nelson Mandela y al Congreso Nacional Africano. Ruud Gullit llegó a dedicarle el Balón de Oro. ¿Te imaginas hoy a Messi o a Cristiano Ronaldo haciendo algo semejante?
R. Aquellos eran tiempos de lucha y de compromiso por parte de muchos deportistas. Yo viví la campaña contra el apartheid con mucho enfado.
Empecé a comprender lo que Marcus Garvey planteaba en su obra: que los africanos y afrodescendientes debían organizarse y buscar soluciones colectivas porque quienes no sufrían el racismo no siempre iban a ayudarnos.
Veía películas sobre Steve Biko, escuchaba canciones y conocía la existencia de conciertos antirracistas con artistas como Peter Gabriel o Paul Simon. Sin embargo, el domingo iba al campo y continuaban gritándome “Ku Klux Klan” o aquel “Wilfred, cabrón, recoge el algodón”.
El racismo es un problema que afecta directamente a las personas negras, mientras que para muchos blancos es una cuestión externa que pueden abandonar cuando termina una película o un concierto.
Por eso viví aquella época con mucha frustración. Cuando Mandela llegó a la Presidencia de Sudáfrica, muchos afroespañoles nos sentimos decepcionados. En aquel momento yo no comprendía su apuesta por la reconciliación.
Con los años he aprendido a entender mejor el contexto, pero entonces esperaba más justicia para los millones de personas que seguían sin vivienda, sin agua y sin tierra. No esperaba que Mandela fuera un asesino, pero tampoco quería que se limitara a poner la otra mejilla.
P: Estás impartiendo charlas sobre el racismo en el deporte. ¿Qué piensas de gritos como “musulmán el que no vote”, “Lamine Yamal come jamón” o de lo que sucede con Vinícius? ¿Por qué, tres décadas después, continúan produciéndose estas situaciones?
R: Tú también has sido futbolista, así que sabes lo que ocurría y todavía ocurre en los campos españoles. Es lo mismo que sucede en la vida cotidiana de muchas personas negras.
Ocurrió con Anelka cuando se negó a entregar su camiseta al presidente francés Jacques Chirac. Ocurrió con Samuel Eto’o cuando quiso abandonar La Romareda. Y ahora sucede con Vinícius cuando señala a los espectadores racistas o se enfrenta a periodistas que pretenden normalizar determinadas conductas.
Continúa pasando porque nunca ha existido una apuesta real y sostenida para combatir el racismo. Lo que vemos en los campos de fútbol es solo una pequeña parte del racismo presente en la sociedad. Los estadios son un reflejo de lo que viven diariamente las personas negras.
En el fútbol sucedía lo mismo. Bastaba con fallar un pase o cometer una falta. Los insultos racistas eran tan habituales que los dabas por hechos antes de empezar el partido. Era casi como si te dieran los buenos días.
Recuerdo especialmente un partido en el que me encaré con otro jugador y terminé expulsado, igual que le ocurrió a Vinícius en Mestalla. Sentía tanta rabia por la injusticia y la impotencia que casi estaba llorando.
Aquel jugador me dijo: “Eres peor persona que tu hermano Vicente”. Había escuchado durante años insultos como “mono”, “negro de mierda”, “hijo de puta”, “bájate del árbol” o “lávate”, pero aquella frase fue una de las que más me dolieron.
Lo más duro era que tus propios compañeros no concedían importancia a lo que estaba ocurriendo. Esa falta de solidaridad era lo que más te quemaba. Fue lo que me ayudó a comprender la dimensión social del racismo.
P: ¿Cómo notaste el cambio en la percepción social? ¿Cómo se pasa de ser considerado “el negro de la casa” a ser percibido como una amenaza?
R: Comencé a notarlo especialmente cuando aumentó la inmigración en mi ciudad. Digo “aumentó” porque migrantes ha habido siempre en la historia de la humanidad.
De repente cambió la manera en la que algunas personas nos miraban a mis hermanos y a mí. Torrelavega es una ciudad pequeña, de unos 60.000 habitantes. Cuando éramos niños, los negros éramos prácticamente mi padre, mis tres hermanos y yo.
Cuando comenzaron a llegar más personas procedentes del norte de África y de otros países africanos, dejamos de ser los cinco negros de siempre y pasamos a formar parte de una comunidad de miles de personas.
Siempre utilizo un ejemplo inspirado en Malcolm X: cuando éramos cinco, éramos las mascotas; cuando llegaron dos mil, empezaron a vernos como una jauría. Dejamos de resultarles tan simpáticos porque ya no éramos una excepción inofensiva.
Ahí se entiende cómo funciona una parte del racismo. La sociedad puede tolerar a una persona negra aislada, siempre que no cuestione nada y acepte el lugar que se le ha asignado. El problema aparece cuando esa persona descubre su dimensión colectiva, reclama derechos y comienza a disputar espacios de poder.
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