José Legrá fue uno de los grandes púgiles de la historia del boxeo español y uno de los rostros más reconocibles de una época. Siete veces campeón de Europa y dos veces campeón del mundo, el conocido como el “Cassius Clay español” se convirtió en un icono cuya popularidad desbordó ampliamente los límites del cuadrilátero.
Cubano de nacimiento y español de adopción, Legrá ocupó durante años un lugar privilegiado en aquella televisión en blanco y negro en la que boxeadores, toreros, cantantes y estrellas del espectáculo disfrutaban de una relevancia que hoy pertenece, en gran medida, a los futbolistas.
Han pasado dos semanas desde su muerte y la España que deja atrás poco tiene que ver con aquella en la que alcanzó la fama. El país es hoy una sociedad democrática, plural y mucho más diversa, mientras que la afición por el boxeo ha perdido buena parte de la presencia social que tuvo durante el franquismo y la Transición. Sin embargo, siguen abiertos debates sobre diversidad, racismo, representación y memoria histórica.
Durante décadas, José Legrá y Antonio Machín fueron dos de los hombres negros más reconocibles de España. Hoy existen nuevos referentes, entre ellos futbolistas como Nico Williams y Lamine Yamal. Para entender quién fue Pepe Legrá, qué dimensión alcanzó su figura y qué aportó a aquella España, conversamos con periodistas, amigos y personas que lo conocieron personalmente.
Así conocí a Pepe Legrá
Vi a José Legrá por primera vez en 1983, un año después de mi comunión. Había terminado el Mundial de España, conquistado por Italia gracias a Paolo Rossi, y, si no recuerdo mal, aquel acto era un homenaje de despedida a un diplomático estadounidense.
Se celebraba en el Club de Suboficiales del Aire, en Cuatro Vientos, en un ambiente donde todavía pesaban los ecos del juicio por el 23-F. Era un encuentro organizado por sectores del exilio ecuatoguineano y del círculo afroespañol. Acudieron empresarios, abogados, miembros del clero, funcionarios y numerosas figuras de aquella comunidad.
Presidían la reunión el teniente del Aire Benjamín Siale y Nicolás Asama, que fue oficial de la Armada. También estaban presentes personas vinculadas a distintos sectores políticos y sociales de la época, así como buena parte del entorno de PANDECA y miembros de la comunidad ecuatoguineana residente en España. Pero hubo un momento en el que todo lo demás dejó de importar.
Tras los acordes del himno de España entró Pepe Legrá. De su brazo iba una mujer blanca y, de forma completamente espontánea, la sala se vino abajo. La gente rompió a aplaudir, el protocolo saltó por los aires y muchos se levantaron para saludarlo, abrazarlo y pedirle un autógrafo. Su ovación fue mucho mayor que la dedicada al diplomático norteamericano. Legrá respondió poniéndose en pie y levantando la mano. Tío Rufo, que ejercía de maestro de ceremonias, terminó fundiéndose con él en un abrazo.
Yo era un niño y no sabía realmente quién era aquel hombre negro de sonrisa enorme que acababa de provocar semejante reacción. Como otros chavales presentes, me quedé impactado. Para ser sincero, entonces casi me interesaba más conseguir un autógrafo de Gilberto, futbolista afrohondureño del Real Valladolid cuyo rostro aparecía en los cromos y que también se encontraba en la sala.
En casa escuchábamos el disco The Greatest, de George Benson, dedicado a Muhammad Ali. Quizá por eso, con el tiempo, aquella primera imagen de Legrá terminó quedándose grabada en mi memoria. Así fue como conocí a Pepe Legrá. Después llegaron Mike Tyson, Poli Díaz y otras figuras del boxeo. Con los años volví a coincidir con él en varias ocasiones: en la Cadena SER, durante el adiós a Carlos Mendo, en el despacho de Marcos García Montes y, por última vez, durante un encuentro del Club Internacional de Prensa en un restaurante de María de Molina.
En aquella última ocasión me preguntó por mi familia. Le conté que tío Rufo había muerto y sus ojos se llenaron de tristeza. Apenas unos segundos después recuperó su tono teatral y bromista y exclamó: “¿Pero Obiang sigue en el poder?”. Ese era Legrá: pletórico de alegría, capaz de pasar de la tristeza a la carcajada en cuestión de segundos.
Cuando los boxeadores eran estrellas
El periodista y escritor Javier Algarra, que también fue corresponsal de RTVE en Londres, sitúa la figura de Legrá en una época en la que las jerarquías de la fama eran completamente diferentes. “Cuando era niño, en Barcelona, veía con mi padre combates de boxeo por televisión, aunque todavía no era muy aficionado. Recuerdo que entonces los toreros, los boxeadores y las tonadilleras eran los guapos, no los futbolistas ni los modelos como ocurre hoy”, explica.
Algarra se aficionó mucho más al boxeo cuando llegó a Madrid, de la mano de amigos como los periodistas Javier Azpitarte y Jaime Ugarte y el actor Andoni Carreño. Eran los años posteriores al combate de Poli Díaz contra Pernell Whitaker y de púgiles como Manel Berdonce, el Tigre de Tetuán. Fue en ese ambiente donde conoció a Pepe Legrá, ya retirado pero todavía convertido en una leyenda para los aficionados.
“Había nacido en la localidad cubana de Baracoa, donde le apodaban el Puma de Baracoa. De allí marchó a La Habana, donde se consolidó como deportista profesional. Después de la revolución cubana y la desaparición del boxeo profesional, terminó viniéndose a España, donde se convirtió en nuestro gran ídolo”, recuerda. Para Algarra resulta difícil explicar hoy hasta dónde llegaba aquella fama.
“Decir que era popular es poco. ¿Qué niño del franquismo no conocía al boxeador negro que salía en televisión? Era tan famoso que aparecía en el primer canal, y entonces no salía cualquiera”. En su recuerdo, Legrá compartía espacio en el imaginario popular con figuras como El Cordobés, Tony Leblanc, Pedro Chicote o Pedro Carrasco.
“Fue una imagen muy vinculada al régimen y, cuando este ya hacía aguas, primero con el asesinato de Carrero Blanco y después con la muerte del propio Franco, colgó los guantes. Pero nunca dejó de ser el tío divertido”, resume.
Legrá y Machín, dos referentes negros en una España homogénea
Para Alejandro Perales, periodista, profesor de la Universidad Europea y presidente de la Asociación de Usuarios de la Comunicación, es difícil comprender hoy la verdadera dimensión pública de Legrá sin recordar cómo funcionaba el ecosistema mediático de aquellos años.
“Era muy famoso cuando yo era pequeño. Lo recuerdo del NO-DO, de la televisión... En aquel tiempo, el boxeo, junto a los toros y el fútbol, estaba entre los grandes espectáculos de masas”. Perales utiliza una comparación con la España actual para transmitir aquella dimensión.
“En aquella España prácticamente solo teníamos dos negros famosos: José Legrá, boxeador, y Antonio Machín, cantante, como ahora tenemos referentes como Nico Williams y Lamine Yamal”, señala. A su juicio, ambos constituyeron dos de las principales referencias negras de la España franquista e incluso de parte de la Transición, aunque sus personalidades y la manera de proyectarse públicamente eran muy distintas.
“Legrá hablaba muy bien del Caudillo y era muy simpático, elegante y expresivo. A la gente le hacía gracia; cumplía con aquel estereotipo del negro alegre, guapo, despreocupado y atlético. Machín, en cambio, era mucho más solemne”, explica. Dos personalidades diferentes que consiguieron ocupar un enorme espacio público en un país donde la diversidad racial visible era todavía muy limitada.
“Ir por la calle con él era un escándalo”
Uno de quienes mejor conocieron a Legrá fue el abogado Marcos García Montes, amigo personal del boxeador y vinculado durante años a algunas de las mayores figuras del pugilismo español. “Era un tío especial, un campeón. A José Legrá lo conocí muy bien. Te puedo contar prácticamente su vida entera porque, además de amigo suyo, fui abogado de muchos de los boxeadores más importantes: Urtain, Pedro Carrasco, Sombrita, Miguel Velázquez o José Manuel Ibar ‘Urtain’, entre otros”, recuerda. García Montes había vivido en Estados Unidos y conocido de cerca el movimiento por los derechos civiles.
“Yo venía de Estados Unidos, donde había vivido todo el movimiento de los derechos civiles, y estaba muy sensibilizado con la historia del doctor Martin Luther King. Era una época en la que el boxeo era casi tan importante como el fútbol”. Los combates llenaban entonces el Palacio de Deportes de Madrid. “Había una afición inmensa. En una de aquellas veladas, Kid Tunero, su preparador, me presentó a Pepe. Me encontré a un tío con mucho humor, al que le encantaba reír. He conocido pocas personas tan sinceras y con un corazón tan grande”.
Aunque Legrá le consultaba cuestiones relacionadas con contratos, García Montes subraya que lo fundamental entre ambos fue siempre la amistad. Su popularidad, recuerda, trascendía completamente el cuadrilátero. “En aquellos años había grandes estrellas del espectáculo, futbolistas como Kubala, Gento o Di Stéfano y toreros enormemente populares. Legrá estaba también entre esos personajes que acaparaban la televisión. Ir por la calle con él era un escándalo”.
Aquella fama lo llevó también al cine. En 1970 participó junto a la vedette Susana Yáñez en El cuadrilátero. García Montes recuerda igualmente su relación con figuras del régimen franquista, aunque rechaza extraer de ello una identificación política automática. “Se relacionó con ministros del régimen, como José Solís, pero no porque fuera facha. Era lo que ocurría también con muchos artistas que actuaban entonces”, sostiene.
Los últimos años de Legrá
El abogado recuerda también la difícil situación económica que atravesó el antiguo campeón en sus últimos años y lamenta lo que considera una falta de reconocimiento institucional. Según García Montes, tanto él como el periodista José María García prestaron ayuda económica a Legrá cuando atravesó dificultades y parte de su entorno desapareció.
“Hoy un deportista de élite puede cobrar un dineral por una noche, pero entonces no se ganaba tanto. Los boxeadores podían vivir bien e invertir algo, pero también había promotores que se aprovechaban de ellos”, explica. En sus últimos años, Legrá vivió en una residencia después de sufrir problemas de salud. García Montes considera que España todavía tiene una deuda con su memoria.
“Ahora que se hacen campañas contra el racismo habría que empezar por honrar a Pepe, porque le dio mucho a España. Le dio una dimensión internacional cuando prácticamente nadie nos conocía y tuvo un palmarés impresionante”. Para el abogado, su legado también debería formar parte de la memoria colectiva del país. “Eso también es memoria histórica. Debería tener una calle en Madrid y un busto en el Consejo Superior de Deportes”, reivindica.
El hombre que bailaba sobre el cuadrilátero
El periodista y cineasta Javier Martín-Domínguez, corresponsal durante años en Asia y Estados Unidos, conserva sobre todo la imagen de un hombre extraordinariamente carismático.
“Proyectaba una imagen afable y sencilla. Era carismático, guapo y tenía una enorme locuacidad para ser boxeador. Se convirtió en un héroe muy popular de aquella televisión en blanco y negro, como era también la España franquista y subdesarrollada en la que vivíamos”. Su manera de pelear ayudó a construir el personaje.
“Destacaba por su sonrisa constante, su verbo arrollador y aquel baile sobre el cuadrilátero. No paraba de moverse, con un ritmo ágil, técnico y preciosista y un juego de piernas que mareaba a sus contrincantes”.
Martín-Domínguez lo resume con una imagen muy sencilla: “Legrá fue un mito de nuestra infancia, luchador y siempre alegre. Un cubano al que habíamos hecho uno de los nuestros”. También establece inevitablemente la comparación con Antonio Machín.
“Machín nos inundaba con su música al son de las maracas, pero su personalidad quizá era menos cercana. Legrá era más carismático. Ambos aparecían tan próximos que, en aquella España tan homogénea, el distinto color de su piel no hizo que los viéramos en un mundo aparte”. Para Martín-Domínguez, aquella presencia cotidiana tuvo consecuencias que iban más allá de la música y del deporte.
“Su aportación profesional y vital a la España de entonces creo que fue de gran calado. Su negritud era parte de lo que apreciábamos y queríamos. Nos ayudaron a entender muchas cosas”.
¿Fue más famoso que Nico Williams y Lamine Yamal?
Comparar épocas siempre resulta complicado. Pero cuando surge la pregunta sobre si Legrá llegó a ser más popular que referentes actuales como Nico Williams o Lamine Yamal, Martín-Domínguez recuerda una diferencia esencial: la televisión de entonces no tenía prácticamente competencia.
“Aquella televisión tan novedosa y única entraba en todas las casas y era casi la única fuente de entretenimiento. Veías los combates o escuchabas las maracas aunque no quisieras. Ahora no sabemos dónde mirar por la sobreabundancia de estímulos”.
El periodista evita, no obstante, minusvalorar el impacto de las nuevas generaciones. “Nico y Lamine han cautivado también el alma española con su esfuerzo y su carisma”, concluye.
Y ahí quizá se encuentre una de las claves para entender el fenómeno Legrá. Su figura perteneció a un país con una sola televisión, pocos grandes ídolos deportivos y todavía menos referentes negros. Ese contexto multiplicó inevitablemente su notoriedad, pero no explica por sí solo el recuerdo que conservan quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo.
Porque, décadas después de abandonar el cuadrilátero, quienes hablan de José Legrá terminan regresando casi siempre al mismo lugar: su sonrisa, su sentido del humor, su particular forma de expresarse y aquella capacidad para entrar en cualquier habitación y conseguir que, por unos instantes, todo el mundo mirara hacia él.
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