Hay partidos que se ganan con fútbol. Otros, con carácter. Y luego está este. España sobrevivió a una batalla más que a un partido, salió de pie de un campo convertido en una trinchera y cerró su pase a dieciseisavos de final como primera de grupo No fue una noche para los amantes del fútbol bonito; fue una madrugada para los que creen que los Mundiales también se conquistan sabiendo sufrir.
La selección de Luis de la Fuente sabía que el empate le bastaba, pero jamás dio la sensación de conformarse. Uruguay, necesitada de una victoria para seguir con vida, salió con el cuchillo entre los dientes, presionando cada balón como si fuera el último. España respondió con paciencia, intentando imponer su personalidad con la pelota, aunque durante muchos minutos el partido se jugó más al ritmo de las interrupciones, los choques y las faltas que al del balón.
Desde el punto de vista táctico, el encuentro exigió una adaptación constante por parte de España. La presión alta y los marcajes individuales planteados por Marcelo Bielsa dificultaron la salida limpia desde atrás, obligando a Rodri y Pedri a recibir continuamente bajo presión. La selección trató de generar superioridades por dentro para atraer rivales y liberar las bandas, especialmente la derecha, donde Marcos Llorente y Lamine Yamal fueron los principales focos ofensivos. Sin embargo, la intensidad física impuesta por Uruguay redujo el ritmo de circulación español y convirtió el encuentro en una batalla de duelos individuales más que de posesiones largas.
Los primeros minutos dejaron claro que la noche sería larga. Uruguay convirtió cada disputa en un duelo físico y el árbitro, completamente superado, permitió que el listón del contacto creciera hasta límites desesperantes. Los españoles no encontraban la fluidez que habían mostrado ante Arabia Saudí. Rodri y Pedri sufrían para enlazar pases, Merino apenas aparecía y únicamente Lamine Yamal conseguía romper la monotonía con su descaro habitual. Cuando la inspiración escasea, siempre aparece alguien dispuesto a encender la luz. Y esa luz fue Álex Baena.
Corría el minuto 41 cuando Marcos Llorente puso un balón al área y Baena, de espaldas, se giró para sacar un disparo inocente, casi tímido. Lo que parecía un balón sencillo terminó convirtiéndose en un regalo inesperado gracias a un error de Fernando Muslera. El veterano guardameta dejó escapar un balón que parecía tener dueño y España encontró petróleo donde apenas había arena.
El gol, además, fue consecuencia de una acción trabajada por la selección. España consiguió atraer la presión uruguaya hacia un costado antes de cambiar el sentido del ataque. Llorente encontró el espacio para centrar y Baena atacó la frontal del área con inteligencia, aprovechando el desajuste defensivo. Aunque el disparo no llevaba excesiva potencia, la jugada reflejó la insistencia española por buscar soluciones desde las bandas ante la imposibilidad de progresar con claridad por el carril central.
El descanso no calmó los ánimos. Todo lo contrario. Bielsa cambió a Muslera, pero Uruguay decidió cambiar el balón por las patadas. Cada ataque español terminaba con un golpe, una entrada al límite o una protesta. El árbitro contemplaba el espectáculo con pasividad. España dejó de pensar únicamente en ganar y comenzó también a preocuparse por salir sin lesionados.
Con el paso de los minutos, el partido exigió una versión mucho más pragmática de España. La selección redujo riesgos en salida, priorizó las vigilancias defensivas y buscó ataques más directos cuando recuperaba el balón. Lejos de desesperarse por no dominar con claridad, el equipo entendió que el contexto invitaba a minimizar errores y proteger la ventaja. Esa capacidad para interpretar distintos registros de juego es una de las señas de identidad que ha desarrollado el conjunto de Luis de la Fuente durante este torneo.
En medio del caos apareció la madurez competitiva de esta selección. Sin hacer un fútbol brillante, supo administrar la ventaja con inteligencia. Laporte y Cubarsí despejaban todo lo que caía por el área, Rodri recuperó el mando en el centro del campo y los cambios aportaron oxígeno. Dani Olmo dio frescura entre líneas, Fabián ayudó a conservar la posesión y Ferran Torres estuvo a centímetros de cerrar definitivamente el encuentro con un disparo que se estrelló contra el larguero.
Uruguay fue perdiendo el control a medida que se le escapaba el Mundial. La desesperación acabó convirtiéndose en violencia y el tiempo fue consumiendo las últimas esperanzas charrúas mientras España defendía el resultado con la serenidad de quien sabe exactamente lo que está haciendo. No era una actuación para enmarcar, pero sí una victoria que demuestra que los campeones no siempre deslumbran; a veces simplemente sobreviven.
El pitido final confirmó mucho más que un triunfo. España termina la fase de grupos invicta, líder y con la sensación de haber aprendido una lección importante. Porque los Mundiales no siempre premian al que mejor juega, sino al que sabe adaptarse a cualquier escenario.
No hubo exhibición, ni goleada, ni fuegos artificiales. Solo un equipo que entendió que para alcanzar la cima primero hay que atravesar las tormentas. Y España, aunque terminó llena de golpes y con las botas embarradas, salió del campo con lo único que realmente importa en un Mundial: el billete a las eliminatorias, la ilusión intacta aunque con deberes pendientes.
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