Hablar de 50, 60 o 70 millones de euros por un futbolista ha dejado de provocar sorpresa. Cantidades que hace no demasiado tiempo estaban reservadas para algunas de las grandes estrellas del fútbol mundial aparecen ahora con frecuencia en negociaciones por jugadores jóvenes, promesas todavía por consolidar o piezas destinadas simplemente a completar las plantillas de los grandes clubes.
El mercado de fichajes vuelve a demostrar este verano hasta dónde ha llegado esa escalada. El Tottenham ha superado los 300 millones de libras en incorporaciones y solamente el fichaje de Sávio procedente del Manchester City ha alcanzado los 75 millones de libras, con otros diez posibles en variables. Manchester United, por su parte, ha pagado hasta 70 millones por Carlos Baleba, mientras que Nottingham Forest ha acordado una operación de 50 millones por Liam Delap.
Las cifras llaman todavía más la atención cuando el rendimiento deportivo no siempre acompaña inmediatamente al precio. El mercado ya no parece valorar únicamente lo que un futbolista ha demostrado sobre el césped. La edad, el potencial, la duración del contrato, la necesidad del club comprador, la capacidad económica de las grandes ligas y hasta el miedo a que otro equipo se adelante entran en una negociación que puede disparar el coste de una operación.
También existe un efecto dominó. Cuando un club vende a uno de sus jugadores por una cantidad elevada, el resto del mercado sabe que dispone de dinero para gastar. El precio de su siguiente objetivo aumenta y esa misma operación sirve después como referencia para negociar la siguiente. Poco a poco, una cifra que parecía excepcional acaba convirtiéndose en el nuevo punto de partida.
Sin embargo, hay quienes consideran que hablar de jugadores "sobrevalorados" simplifica demasiado el funcionamiento actual del fútbol. Los ingresos de los grandes clubes también han crecido, especialmente en competiciones como la Premier League, y un fichaje no se paga únicamente por el rendimiento inmediato. Se compra talento, pero también años de contrato, potencial de reventa, impacto comercial y la posibilidad de evitar que ese mismo futbolista refuerce a un rival.
El propio mercado termina siendo, además, el que establece el precio. Si varios clubes están dispuestos a pagar 60 millones por un jugador, resulta difícil sostener que su valor real sea necesariamente inferior. Otra cuestión es si la inversión acaba teniendo sentido deportivo.
Ahí aparece el debate. ¿Estamos ante la consecuencia lógica de una industria que mueve cada vez más dinero o se ha creado una burbuja en la que cualquier futbolista con una buena temporada alcanza precios desproporcionados? En El Regate queremos conocer tu opinión. ¿Crees que los precios actuales responden al crecimiento económico del fútbol o consideras que los clubes están pagando cantidades muy superiores al valor real de los jugadores? Participa en nuestra encuesta y vota.
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